Juan José Millás
Languidecemos
17.11.2015 | 05:30
En la primera página de un libro ya percibes si hay o no hay atmósfera
y, en caso de haberla, si te pertenece. Entiendo por atmósfera la capa
moral en la que se desenvuelve la vida de los personajes. Esa capa no se
crea, en la mayoría de los casos, de un modo consciente, sino que surge
como un exudado de la acción. No hay momento más feliz para el lector
que aquel en el que toma un volumen de la mesa de novedades de una
librería, lo abre, lee las primeras líneas y su olfato recibe un aliento
que le resulta de forma simultánea familiar y extraño. Familiar porque
en esa escritura reconoce lo que busca, y extraño porque no es fácil dar
con un conjunto de valores a los que uno se acomoda o incomoda de
manera inmediata. Entrar en un libro del gusto de uno se parece mucho a
entrar en una casa que no conocías, pero que la haces tuya desde que te
abren la puerta.
Hay temporadas en las que el ejercicio de leer
se vuelve áspero, no siempre por culpa de los libros. El caso es que no
halla uno nada que lo conmueva. Leemos, sí, cosas que nos interesan,
pero de las que solo disfrutamos con nuestro costado racional mientras
el irracional aúlla por falta de alimentos. Es frecuente que en esas
ocasiones volvamos a los clásicos, a nuestros clásicos, que no siempre
coinciden con los del canon. Languidecemos, en fin, hasta que un día, de
súbito, llega a nuestras manos una novela cuya atmósfera nos
proporciona un alivio semejante al que siente un pez devuelto al agua
después de haber sido capturado. Me ha ocurrido recientemente con ´El
comensal´, un relato breve de Gabriela Ybarra, una primera novela de una
joven de 32 años cuya pericia narrativa es, cuando menos, sorprendente.
´El
comensal´ pertenece al género de la pérdida y del duelo por la pérdida.
Se nuclea en torno a dos muertes, la del abuelo paterno y la de la
madre de la protagonista. Dos muertes que en principio nada tienen que
ver entre sí, pero que se anudan de forma enigmática en la conciencia de
la narradora. Leyéndola se asiste una vez más a ese misterio por el que
la vida de otro, que poco o nada tiene que ver con la tuya, deviene en
una cuestión de orden personal. Como si, más que una novela, se tratara
de una carta dirigida a ti.
Juan José Millás
Me salvó un topo
14.11.2015 | 02:33
A mí ya no me hace falta leer el periódico para ignorar qué opino del
mundo. Lo ignoro sin leerlo. Ahora bien, es cierto que leyéndolo lo
ignoro de otro modo. De una forma más culta. Diríamos que al leerlo
adquiero no una opinión, pero sí una prótesis de opinión. Creo que nos
ocurre a muchos. Ayer cené con el grupo de antiguos alumnos con el que
me reúno una vez al año y todos se mostraban ansiosos por enseñar sus
nuevas prótesis mentales. Dado que los últimos meses han sido ricos en
acontecimientos políticos, estaban llenos de ellas, yo también. Pero de
súbito sentí su artificialidad, lo que me hundió en el desconcierto.
De
vez en cuando, alguien se dirigía a mí para preguntarme qué opinaba
sobre este asunto o este otro. Tenía opiniones sobre todos ellos, pero
ya no las sentía como mías, sino como cuerpos extraños implantados en mi
mente. Tuve un sentimiento de irrealidad o de despersonalización que me
provocó a su vez un ataque de angustia.
Conozco estas acometidas
de mi débil psiquismo, aunque hacía tiempo que no sufría ninguna, lo
que me había proporcionado, durante los últimos años, una seguridad
insensata. Empecé a traspirar copiosamente, y enseguida no daba abasto
para achicar el sudor de mis cejas, donde se acumulaba tras recorrer la
frente. Después del sudor, a veces, venía el desmayo, la lipotimia, así
que pedí disculpas, me levanté y me apresuré en dirección al baño, que
estaba en el sótano, por lo que tuve que bajar medio a ciegas una
escalera que parecía conducir al infierno.
Me lavé la cara, respiré
hondo, pensé en un prado verde por el que corría un topo que enseguida
se metió en un agujero. El prado verde es un recurso habitual para estas
situaciones de estrés, pero el topo apareció de forma ajena a mi
voluntad. Quiero decir que no se ocurrió a mí, sino al prado. ¡Qué
misterio!, pensé regresando a la mesa más o menos recompuesto, dándole
vueltas al asunto del topo. Alguien me preguntó entonces qué pensaba del
problema catalán, del que se hablaba en ese instante, y no tuve
inconveniente en utilizar la prótesis mental que sustituía a mi
auténtica opinión, todavía por descubrir. Creo que me salvó el topo. El
topo inesperado.
Juan José Millás
Incentivación
10.11.2015 | 05:30
Odio mi vida-, le dice una chica de instituto a otra, en el autobús, volviendo a casa después de las clases.
–
Te la cambio –dice su amiga o compañera abandonando la pesada mochila
en el suelo-, al menos tu padre tiene curro y no se pasa todo el día
tirado en el sofá, delante de la tele.
– ¿Llamas curro a lo de mi padre?
– Ya lo sé, es una basura, pero te la cambio, te cambio la vida. Si me das tiempo para ahorrar, te la compro.
Uno
es testigo a lo largo de la semana de conversaciones terribles. Dos
crías de quince años no deberían hablar con esa amargura. Me pregunto a
quién representan temiéndome que a una parte significativa de la
población. Vuelvo la vista y veo a un joven de barba incipiente que
observa con minuciosidad inquietante a los pasajeros del bus. Los mira
como si calculara si la vida de ellos es más llevadera o menos que la
suya. Quizá está pensando con quién se cambiaría. Con éste sí, con éste
no, con aquél quizá. Solo se fija en los hombres, lo que quiere decir
que no se ha planteado cambiar de sexo. Al menos está de acuerdo con
algo de lo que le sucede. El sexo es, en efecto, algo que nos sucede,
pero la situación en la vida debería ser el producto de una
planificación. Si estudio Económicas, haré esto y si Física Nuclear esto
otro. Ahora, la planificación no funciona. Si eres bueno quizá acabes
en la cárcel. No hay más que ver la cantidad de malhechores que siguen
fuera de ella. En la antigüedad había una figura llamada ´alarma social´
que habría impedido a los Pujol o a Rato circular libremente.
Que
dos crías se planteen intercambiar sus vidas porque cada una está hasta
la coronilla de la propia es preocupante, sobre todo si no fueran dos,
sino doscientas mil. De continuar progresando a este ritmo, podría darse
el caso de que España entera quisiera ser otra. Francia, no, porque no
aceptaría el intercambio, ni Alemania, ni Bélgica? Somos capaces de
imaginar los países que estarían encantados del trueque, pero ninguno
nos conviene. Así que no nos queda más remedio que ser lo que somos.
Pero sería bueno que lo incentivaran, como en otro tiempo incentivaban
las horas extras o las nocturnas.
Juan José Millás
Anonadado
07.11.2015 | 00:58
Si es cierto que ´cultura´, ´bizarro´ y ´haber´, por este orden, fueron
las palabras más buscadas en la versión digital del diccionario de la
RAE a lo largo de último año, alguien nos debería una explicación,
porque no tiene sentido lo mires por donde lo mires. Se rompe uno la
cabeza intentando hallar los vínculos entre los tres términos y no hay
manera. Se entiende, quizá, la búsqueda de ´haber´ por el miedo a
confundirlo con ´a ver´. Bueno, algo es algo. Pero por qué la gente
busca ´cultura´ con esa pasión. Tal vez por la curiosidad de averiguar
qué es eso que gravan con el 21% de IVA (lo dicen en la tele a todas
horas)
– Niño, ¿has visto ya qué rayos es la cultura?
– Sí, mama, aquí dice que es el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su propio juicio.
– ¿Y por qué le meten un impuesto de ese calibre?
– Por eso mismo, mama, porque el Gobierno no quiere que desarrollemos un juicio propio.
– Lo difícil, creo yo, sería desarrollar un juicio ajeno.
–
Qué va, mama, mucha gente se cree que estamos mejor ahora que cuando
comenzó a gobernar Rajoy. En eso consiste desarrollar un juicio ajeno.
– No aproveches para hablar de política.
– No es política, mama, es nomenclatura.
Uno
entendería que la segunda palabra más buscada hubiera sido
nomenclatura. Pero no: ha sido bizarro. Si hay mucha gente que utiliza
ese término en las conversaciones cotidianas, es que uno está
completamente fuera de la realidad, signifique lo que signifique
realidad (y bizarro, claro). Se lo pregunto al hijo adolescente del
vecino:
– ¿Tú utilizas bizarro?
– Mucho, está de moda entre los colegas.
– A ver, ponme un ejemplo.
– No sé, Risto Mejide es muy bizarro.
– ¿Pero qué quiere decir bizarro?
– Bizarro significa bizarro, la misma palabra lo dice.
Se monta bizarramente en la bici y me deja en la puerta de casa, anonadado, que voy a ver qué quiere decir.
Juan José Millás
Mala gente
05.11.2015 | 05:30
Imaginemos que nos gusta fusilar. No en tiempos de paz, claro, porque en
tiempos de paz a ver quién se atreve. Nos gusta fusilar en momentos de
revueltas populares o antipopulares, en épocas de confusión, cuando
nadie se fija mucho en lo que haces. Esta es la nuestra, nos decimos
mientras arden por doquier las pasiones más bajas, cuando la gente
denuncia por denunciar o porque debe dinero al denunciado. O porque ese
primo nuestro nos cae mal desde siempre, sin más explicaciones. Como
ocurre, en fin, en las guerras civiles, donde la gente mata a la misma
persona a la que hace dos días le pedía un par de ajos para hacer un
sofrito. Tienes que pensar a quien le prestas los ajos, hay vecinos que
no soportan que les hagas un favor. Bueno, pues estamos ahí, en esa
situación en la que podemos tirar la piedra y esconder la mano o fusilar
sin problemas legales porque la ley es precisamente su ausencia. Nos
apuntamos a un pelotón de fusilamiento y preguntamos al jefe dónde
fusilamos esta noche. En tal barranco, o frente a la tapia de tal
cementerio, nos dice el mandamás. Y nosotros, dóciles frente a la
autoridad, nos subimos a la caja del camión, junto a los fusilables, que
van con las manos atadas a la espalda y hacemos el camino gastando
bromas y escupiendo de medio lado y mirando con superioridad a los
pobres infelices que dentro de dos horas estarán enterrados en una
cuneta o abandonados en un vertedero. A lo mejor, en un acto de
generosidad supremo, ofrecemos una calada del cigarrillo que acabamos de
encender al que va a nuestro lado.
Bien, ya tenemos una imagen
más o menos precisa de lo que es ir a fusilar y de lo perverso que hay
que ser para participar de una de esas expediciones. Pero nosotros
disfrutamos matando, torturando, haciendo sufrir en general. Así que el
camión se detiene no sabemos dónde, hacemos bajar a los presos, les
obligamos a cavar su tumba mientras contamos unos chistes, y luego los
colocamos en fila para fusilarlos por orden. En ese instante, vemos que
una de nuestras víctimas va en pijama. ¿Quién sería capaz de matar a un
hombre en pijama, con la vulnerabilidad que eso produce? Nosotros, pese a
lo malos que somos, no, desde luego. Pero así es como fusilaron a
Lorca, pobre, en pijama. Qué mundo.
Juan José Millás
Un belén
04.11.2015 | 01:04
A medida que nos hacemos mayores las Navidades nos recuerdan a los que
faltan. Las próximas, en cambio, nos recordarán a los que sobran,
empezando por los políticos en campaña. Convocar las elecciones tan
cerca de las fiestas es de una maldad indescriptible. Los anuncios de
colonias caras, mezclados con los eslóganes políticos baratos, nos
sumirán en una confusión olfativa y mental sin precedentes. La
alternancia entre la sofisticación de los plateados o dorados navideños y
el cutrerío mitinero confundirán la vigilia con el sueño, igual que la
combinación de villancico e himno. Los más pequeños de la casa viajarán
de la niñez a los asuntos a unas edades no aptas para combinados tan
fuerte.
Quienes aman la Navidad y quienes la odian deberían
organizarse para evitar que su amor o su odio quede contaminado para
siempre por el aluvión de las promesas electorales de consumo.
Resulta
increíble que la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia no
haya intervenido para evitar este desafuero. De no actuar con rapidez,
veremos a Rajoy, a Sánchez y a Rivera a la puerta de los grandes
almacenes, disfrazados de Reyes Magos, repartiendo programas a los niños
que hayan ido a ver a Baltasar. Resultará muy significativo averiguar
quién hace de Rey negro y quién, en contra de las tradiciones más
arraigadas, actúa de Papá Noel. El asunto apesta. Si se cumplen las
fechas que los expertos vienen manejando, la toma de posesión del nuevo
gobierno coincidiría con el comienzo de las rebajas de enero. Su imagen
quedará asociada a la rotación infernal de los productos de usar y
tirar.
Tendremos un presidente low cost, unos ministros low cost y
unos secretarios de estado low cost. Esta sensación se multiplicaría si
en Cataluña, tal como prevén algunos analistas, hubiera que repetir las
elecciones también por esas mismas fechas. Hagan algo, no podemos mirar
cómo beben los peces en el río y defendemos a la vez de las mentiras
ambientales que corromperán la atmósfera navideña cual gases de efecto
invernadero. O miramos a los peces o nos defendemos de las mentiras. Se
va a montar un belén, tiempo al tiempo.
Juan José Millás
Movimientos mentales
03.11.2015 | 05:30
Cerca del quiosco hay una cafetería en la que recala mucha gente después
de comprar el periódico. Estoy hablando de las nueve de la mañana,
cuando yo mismo, con mi ejemplar debajo del brazo, tomo asiento en la
terraza acristalada del establecimiento, pido un té verde y empiezo su
lectura. Desde mi mesa observo los movimientos de los otros lectores.
Hay quien echa un vistazo al sumario, como el que prepara los jugos
gástricos al repasar el menú, y quien le da la vuelta y empieza
directamente por la última. Hay quien va al editorial, a las cartas al
director, a la sección de cultura y hay quien lee el diario siguiendo el
itinerario que le propone el editor (empezando por el principio y
terminando por el final).
En todo caso, advierte uno, atrincherado
detrás de su propio papel, que no solo se lee el periódico para saber
qué ha pasado. Lo que ha pasado lo sabemos de sobra y con independencia
de nuestra voluntad. Vivimos asaeteados por lo que ha pasado, incluso
por lo que va a pasar. Desde que te levantas hasta que te acuestas tu
cerebro, además de ser atravesado por miles de millones de neutrinos,
recibe cientos de impactos informativos procedentes de la radio, la
tele, la cuenta de twitter, el correo electrónico o las llamadas
telefónicas de tu madre. Eso sin contar con la información o
desinformación de las vallas publicitarias del metro, de los adhesivos
del autobús y de la cartelería en general que inunda las calles. Lo
sabemos o lo desabemos todo, según, de modo que a estas alturas no
leemos los periódicos de papel para informarnos ni para desinformarnos,
sino para darnos gusto.
Quizá a usted no le interese lo que ocurre
estos días en Argentina, pero si tropieza con una crónica bien escrita,
la lee. Como efecto secundario, se informa. Significa que los lectores
de periódicos de papel que van quedando sienten, leyéndolos, un placer
que se parece mucho al de la lectura creativa, aquella que implica una
forma de interactuación con lo que se lee. No creo que leer la prensa en
internet proporcione este tipo de gozo. A internet se acude sobre todo
en busca de titulares o flashes. No deja de ser curioso que el medio más
aparentemente interactivo sea el que menos movimientos mentales genere.