Juan José Millás 

Castigar la mentira

12.03.2016 | 05:30
Castigar la mentira
Sabemos, gracias a la encuesta del CIS, que la preocupación por la corrupción ha subido ocho puntos, pero ignoramos lo que ha crecido la corrupción en sí misma. No hay termómetro para medir esa fiebre subterránea. Mientras el Centro de Investigaciones Sociológicas llevaba a cabo su estudio, saltaban como liebres, por todo el paisaje, nuevos casos de sobornos, de comisiones, de viajes en yate y hoteles de lujo.
Era como hacer una encuesta sobre el consumo de munición en medio de una balacera. Si hubiéramos dejado el termómetro cinco minutos más en la boca del paciente, habría crecido el doble, quizá el triple. En proporción al menos a los casos que se descubren cada día. Vivimos sobre un pudridero todavía sin sanear.
– Hemos abierto al paciente, pero lo hemos cerrado sin hacer nada porque no había por dónde meter el bisturí.
He ahí una frase procedente de la jerga médica que todos hemos escuchado alguna vez. A partir de ese instante, solo cabe confiar en los cuidados paliativos, que son los que están aplicando, por poner un ejemplo, a Rita Barberá. El Senado, del que los mismos políticos dicen que no sirve para nada, se ha convertido en una unidad del dolor. Pero el dolor que habría que tratar es el de la ciudadanía, desconcertada ante tanto análisis clínico y tan escasa medicación.
– Nos pasamos la vida en Urgencias –le oí decir en el metro a una mujer, hablando de su hija enferma.
Nosotros, como país, también perdemos muchas horas en la sala de espera de un servicio de urgencias que no funciona como debiera. De aquí a la UVI no hay más que cuatro pasos. Pues claro que estamos preocupados por la corrupción, señoras y señores del CIS, señoras y señores diputados, señoras y señores senadores. Pero no parece que la corrupción esté preocupada por nosotros. Ahora mismo, por poner un ejemplo al alcance de cualquiera, el PP acaba de decirle al juez que no conserva las facturas de la obra de Génova, pagada supuestamente con dinero negro. ¿Se lo cree alguien? Evidentemente, no. Se han destruido, como los discos duros de Bárcenas. Empecemos por ahí, por castigar la mentira.
Juan José Millás 

Una historia de complicidades

09.03.2016 | 01:24
Una historia de complicidades
Hace años, con la idea de escribir un reportaje sobre El Corte Inglés, contacté con uno de sus directivos, Juan Hermoso, que me invitó a desayunar en uno de los centros de la calle de Serrano de Madrid. Le expliqué que, según mi punto de vista, El Corte Inglés y la clase media española habían crecido al mismo tiempo, de modo que al mirarse se reconocían como en un espejo.
– Qué bien nos ha ido a los dos –se decían en ese cruce de miradas.
¿Cuándo percibí por vez primera esa complicidad entre la clase media de entonces (ahora de capa caída) y los famosos almacenes? Un día en el que cenando en casa de unos amigos, tras celebrar yo la calidad de las viandas, me respondieron, casi al unísono, con cierta afectación:
– ¡Es que son del supermercado de El Corte Inglés!
También por aquella época, hacer un regalo envuelto en el papel de unos grandes almacenes significaba que el obsequiante no se había molestado mucho en buscar lo más apropiado para la persona homenajeada. Hubo un momento, sin embargo, en el que el papel de regalo de El Cortes Inglés se convirtió en una señal de prestigio. Algo está pasando aquí, me decía yo, atento a cualquier manifestación que mereciera una crónica. Estaba también lo de «si no le gusta le devolvemos su dinero» y la picaresca que trajo consigo: la de aquella gente, por ejemplo, que se compraba un vestido de fiesta el jueves y lo devolvía el lunes. Aquí hay materia, pensaba un servidor.

Cuando le expliqué todo esto a Juan Hermoso, estuvo de acuerdo conmigo, y me dio muy buenas palabras, pues es un hombre que derrocha simpatía. Pero no llegamos a más. Se lo perdoné al averiguar otra cosa insólita: que la función del gabinete de prensa de El Corte Inglés no era, como el de todas las grandes empresas, generar noticias sobre la marca, sino evitarlas. Fantástico, ¿no? Años después, y con motivo de su 75 aniversario, veo en la prensa una magnífica campaña de publicidad en la que late aquella idea: «Tu historia es nuestra historia». Me pregunto si El Corte Inglés sufre también las dificultades por las que atraviesa ahora la clase media con la que creció. En todo caso, felicidades. Y que volvamos a crecer.
Juan José Millás 

Un deseo conmovedor

08.03.2016 | 05:30
Un deseo conmovedor
Pedro Sánchez aspira a ser un político estándar. Por eso hizo un discurso estándar en el que reconocíamos el modelo, el patrón, la pauta.
Ignoro si esa ambición es buena para un político, pero supongo que sería nefasta para un poeta. Digo esto porque tuve hace tiempo, en el taller de escritura creativa, un alumno que ambicionaba ser un escritor del montón. Me reprochaba que no le enseñara cómo escribir de un modo convencional. A mí me aturdía su demanda, aunque de otro lado me resultaba muy conmovedora.
– No te entiendo –le decía.
– ¿No entiendes que quiera ser un escritor normal? ¿Por qué asociar siempre la escritura a la extravagancia, incluso a la locura? Mi padre es un médico normal y funciona. Mi madre es una ingeniera aeronáutica normal y funciona. Mi tío tiene una autoescuela normal que funciona.
Todo, en mi vida, está rodeado de normalidad, de una normalidad que funciona. ¿Por qué no puedo aspirar yo a ser un escritor normal?
Me acordé de una frase que le escuché a Gonzalo Suárez, hacia el segundo plato de un almuerzo, en un restaurante japonés en el que incurrimos con frecuencia: «Qué gran invento es la normalidad»., dijo. Gonzalo Suárez no es un escritor normal, ni un cineasta normal, ni siquiera una persona normal. Le pregunté si él habría preferido ser normal y cambió de tema. Pero tenemos pendiente una discusión sobre este asunto.

Me conmovía, digo, el deseo de mi alumno. Pensaba yo que solo se puede aspirar a la normalidad desde la anormalidad. En cierto modo, Jorge, que así se llamaba, escondía un loco bajo aquella apariencia suya tan reglamentaria. Me conmovía y me daba un poco de miedo, para decirlo todo. Desapareció un día del taller y al poco nos enteramos de que había sufrido un brote psicótico del que por fortuna está recuperado.
Quizá ahora mismo escribe una novela normal que será, sin duda, un éxito.
Observar en el debate de investidura la pulsión a la normalidad de Pedro Sánchez me puso un poco los pelos de punta. Es que llegó a mostrarse más normal incluso que Albert Rivera. No dejaba yo de preguntarme qué había debajo de tanta moderación. El caso es que no hubo investidura.
Juan José Millás 

La dichosa zona de confort

05.03.2016 | 05:30
La dichosa zona de confort
Apenas se utiliza ya la expresión ´masa crítica´, de moda hace algún tiempo y con la que los sociólogos se referían a la cantidad de gente que hacía falta para que sucediera algo. Quizá ha devenido obsoleta porque los sucesos más importantes de nuestra época ya no dependen de la cantidad. Veamos, el 10% de la población mundial posee los recursos del 90% restante. Como masa crítica, ese 10% es una basura comparado con el 90%, pero dispone de ejércitos, policías, medios de comunicación, universidades, además de cantidades notables de desvergüenza. No tengo ni idea, hablo por hablar, lo que sí sé es que la expresión ha pasado a mejor vida, al menos en los artículos periodísticos y en las mesas redondas de media tarde. A mí, la masa crítica me dio muchas esperanzas. Creía que si la pobreza aumentaba en la progresión geométrica que veníamos advirtiendo, los pobres podrían llevar a cabo una revolución incruenta. Bastaría con que alcanzaran una masa crítica tal que su mera presencia hiciera recapacitar a los más ricos. Pero los más ricos han recapacitado en el sentido contrario: se han dado cuenta de que pueden ser más ricos todavía. No importa la cantidad de refugiados, por ejemplo, que se agolpe ante una frontera, ni los niños que lleven de la mano, ni los ancianos que transporten a hombros, ni la rabia con la que golpeen las vallas que les cortan el paso. Basta con unos botes de gases asfixiantes para disolverlos. El dueño de la masa crítica es el dueño de los botes de humo. Dispones de tanta masa crítica como rifles poseas.

Si bien desaparecen unas expresiones, nacen otras. Ahora se habla mucho de la ´zona de confort´. Se nos invita desde todos los ámbitos a abandonar nuestra zona de confort, como si la mayoría habitáramos en un paraíso mental, pues ´zona de confort´ alude a una región del pensamiento. Vivimos en la zona de confort quienes pensamos que el salario mínimo no debería ser el que es o que las relaciones laborales no deberían ser las que son. Atendiendo exclusivamente a nuestro número, deberíamos constituir la masa crítica del mundo. En cambio, se nos empuja a abandonar esas ideas ´confortables´, viejas, aseguran, para los tiempos que corren. ¿Está o no está todo patas arriba?
Juan José Millás 

Expresiones fósiles

01.03.2016 | 05:30
Expresiones fósiles
El «ático de González» va a quedar como una expresión acuñada, una especie de fósil que sirve para lo que sirven los fósiles: para estudiar el pasado. Le echas un vistazo a la aventura de ese inmueble en el que el expresidente de la Comunidad de Madrid veraneaba o pasaba los fines de semanas, y te sale una novela. Primero, dice él, lo tenía alquilado, por un precio muy inferior a su valor, a una especie de empresa fantasma, radicada en un paraíso fiscal. Luego, asegura él, lo compró a ese mismo dueño del que no sabemos nada.
La fiscalía sospecha que siempre fue de González, aunque se inventó una personalidad jurídica para alquilárselo a sí mismo. Hay gente con problemas de doble personalidad, yo mismo, pero no se sabe de nadie que se desdoble en una identidad jurídica. Nadie dice de sí mismo, por poner un ejemplo, que al tiempo de ser Fulano de Tal es El Corte Inglés. Para desdoblarse en El Corte Inglés, además de un poco de esquizofrenia, has de tener delirios de grandeza. Desde luego, para poseer un ático en Marbella, y en el piso de arriba de la nieta de Franco, un poco de delirio no viene mal. A nosotros, lo que nos extraña es que el interfecto hable con esa naturalidad de la operación. Como si fuera normal tener tratos con personas jurídicas que actúan desde paraísos fiscales. No resulta normal, desde luego, para la gente de la clase media, ni siquiera para la gente con posibles.
Lo común, cuando uno alquila un chalé en la sierra, es que, después de firmar el contrato, te tomes un café con el propietario, que aprovechará para explicarte las características de la caldera de gas. La caldera de gas tiene su idiosincrasia, que no sabemos a ciencia cierta qué quiere decir, pero alude, nos parece, a su personalidad. Del mismo modo que cuando llevas al niño a la guardería por primera vez pones al tanto a la cuidadora de sus costumbres, cuando alquilas un apartamento en la sierra, su dueño te advierte sobre las veleidades de la caldera y el modo de suavizarlas. Eso es lo normal. Pero la gente que rodeó a Esperanza Aguirre tenía gustos caros y secretos inconfesables que lo están empapando todo, como la lluvia fina de la que hablaba Aznar. «Lluvia fina», otra expresión fósil cuyo estudio dejamos para más adelante.
Juan José Millás 

Electrodomésticos

29.02.2016 | 05:30
Electrodomésticos
Tiempo ha hizo fortuna el neologismo ´aspiracional´, que ha desaparecido sin haber llegado a entrar en el diccionario. Procedía del mundo del márquetin y se utilizaba para adjetivar un producto deseable, especialmente en términos de cultura. Uno aspiraba, por ejemplo, a que sus hijos estudiasen una carrera, sobre todo si uno solo tenía estudios primarios. Así, una buena universidad privada devenía producto ´aspiracional´. Lo ´aspiracional´, como decimos, poseía connotaciones que guardaban relación con el intelecto.
A mucha gente le gustaría conducir un BMW, pero se trata de un anhelo demasiado materialista para entrar en esa categoría. Un yate es para mucha gente deseable, pero tampoco se le habría aplicado el adjetivo en cuestión. La pregunta es si el término ha pasado a mejor vida por feo o porque lo que nombraba ha desaparecido. Leer el Quijote debería ser ´aspiracional´, pero el director de la RAE acaba de quejarse del poco interés del Estado en festejar el cuarto centenario de la muerte de Cervantes. La cultura está convirtiéndose en algo con lo que no queda más remedio que convivir, pero cuya existencia nos amarga la vida. Vean, si no, lo pesada que está la gente del teatro con el asunto del IVA. ¡Qué cruz!, exclaman los políticos.
En tiempos remotos, cuando se decía de alguien que era una ´persona con aspiraciones´, se entendía que alimentaba esperanzas nobles. Pero las esperanzas nobles, como algunas especies animales, se encuentran en vías de extinción. ¿Qué esperanzas nobles había en Undargarín, el ´duque empalmado´, según su propia definición, cuando ascendió de clase social? Ninguna. Fue allí para forrarse. De la propia infanta, su esposa, se decía con orgullo que era la primera mujer de la casa Casa Real con estudios superiores (cursó Políticas en la Complutense de Madrid). ¿Para qué, visto lo visto? ¿Para qué deseaba el otrora justiciero del PSOE Juan Pedro Hernández Moltó presidir Caja Castilla La Mancha? ¿Para reactivar la economía de la región? Nada de eso. Acaban de condenarlo a dos años de cárcel por malo.
De modo que si en una cena de matrimonios escucha usted el palabro ´aspiracional´, tenga la seguridad de que se habla de un electrodoméstico.

La moral

27.02.2016 | 01:45
La moral
Los alemanes que hace unos días bailaban, eufóricos, alrededor de las llamas de un centro de asilados de Bautzen, impidiendo a los bomberos llevar a cabo su trabajo, ven la tele. Todo el mundo la ve, ¿por qué ellos no? Significa que deben de estar al tanto de las penalidades de las familias que huyen de la guerra o del hambre con bebés a cuestas, con mujeres embarazadas, con ancianos enfermos. Conocerán sin duda la foto del pequeño Aylan, arrojado por las olas, como el cadáver de un pez, a las costas de Turquía. Nombramos a Aylan a sabiendas de que se ha quedado un poco antiguo, pues los horrores no han dejado de crecer desde su muerte, pero quizá su nombre todavía les suene.
Si los alemanes de los que hablamos le echan un vistazo al periódico que encuentran cada mañana en la barra del bar, se tropezarán, como cualquiera, con las imágenes de barrios sirios destruidos por las bombas, las ventanas de las casas sin marcos, como los ojos de las calaveras. Son gente informada, en fin, no marcianos recién caídos en este perro mundo que ellos colaboran a que sea más perro. ¿Cómo entonces pueden alegrarse de que arda un modesto y pequeño refugio encargado de recoger a esta pobre gente? ¿Cómo es posible que ellos mismos, según se sospecha, hayan provocado el incendio? Pues es posible por las mismas razones por las que los gobiernos de la vieja y culta Europa escuchan los lamentos de los ahogados sin cortarse las venas. Quizá cuando todo esto aparezca en los libros de Historia, dentro de cuarenta años, sintamos un estremecimiento semejante al que nos produce ahora la narración del Holocausto. O quizá no.
Casi de forma simultánea a este baile ritual bárbaro, Cameron regresaba a Londres después de haberse cargado, con la complicidad de los 28, una de las vigas maestras de la UE. Quede dicho en su descargo que la demolieron con la excusa paradójica de no acabar con la Unión, y de que se trataba de una viga moral. La moral, digámoslo rápido, nos la sopla. No hicimos este invento para ser mejores, sino para que se forraran unos cuantos que están en ello, y con qué ganas. He ahí otra forma de corrupción legal, no la que han llevado a cabo estos tontos del PP, que van a acabar todos en la cárcel.