Juan José Millás 

Oraciones gramaticales

01.05.2016 | 05:30
Oraciones gramaticales
Dicen los candidatos que la ventaja de estas segundas elecciones es que ahora nos conocemos todos un poco mejor. No sé, quizá se conozcan mejor entre ellos; tal vez nosotros hayamos averiguado rasgos que ignorábamos del carácter de este o aquel. ¿Pero qué saben ellos de nosotros? Poco. No tienen ni idea, por ejemplo, del cansancio que nos produce el conjunto de los argumentos precocinados con el que cada grupo culpa al otro del fracaso de las negociaciones.
Parecen robots dotados de un número limitado de frases que utilizan de manera mecánica desde la hora del desayuno a la de cena. En el telediario de las nueve repiten con la misma expresión las oraciones gramaticales pronunciadas en el informativo de las ocho de la mañana. Las llamo oraciones gramaticales porque carecen de otro valor que no sea el de la mera forma.
El contenido, si alguna vez lo tuvo, se ha filtrado por los poros como el agua por una vasija de arcilla mal cocida. Todas sus frases están mal cocidas, cuando no crudas.
Acabo de escuchar, y no es más que un ejemplo, a Pedro Sánchez hablar por la radio de la importancia que representa para el proyecto socialista la presencia de Eduardo Madina. Es tan necesario que el 20 D lo colocó en el número siete de las lista, donde las posibilidades de salir eran nulas. Y con el agravante de privilegiar a Irene Lozano, que había dicho desde UPyD lo que no está escrito del PSOE, y a la advenediza Zaida Cantera. Si lo piensas, a Sánchez solo le faltó escupir a Madina en la cara. Y en cierto modo lo hizo.
A la pregunta de qué puesto le va a adjudicar ahora, responde con toda la jeta que el mismo, pues siente por él un aprecio sin límites y quiere contar con su talento político en la nueva etapa que se abre, etc.
„¿Y a Irene Lozano? –le preguntan.
Y responde que no va a modificar las listas, adornando el disparate con más gramática vacía, más sujetos, más verbos, más complementos directos o circunstanciales no siempre debidamente colocados.
Apenas cuatro horas después nos enteramos de que la propia Irene Lozano se marcha por propia iniciativa y, suponemos, porque le da vergüenza su situación dentro de un partido al que detesta. ¿Nos vamos conociendo?
Juan José Millás 

Naturalezas muertas

30.04.2016 | 05:30
Naturalezas muertas
Oigo en la tele del vecino, que está a todo volumen, que somos el país más ruidoso del mundo después del Japón. Bueno, los ruidos anidan allá donde encuentran unas condiciones favorables para reproducirse y España es uno de ellos. En los alrededores de mi mesa hay una familia de ruidos que entra en acción a las ocho de la mañana, cuando yo llevo una o dos horas trabajando.
Se manifiestan con una serie de pitidos semejantes a los de las señales horarias de la radio. Descansan a las ocho y diez y regresan media hora más tarde para taladrarme los tímpanos durante otros diez minutos. He tratado de localizar la fuente, pero cuando me acerco a una esquina parece que proceden de la otra. La acústica es así de misteriosa.
Un amigo experto calcula que esos ruidos deben de estar alojados en una de esas postales de Navidad que al abrirlas liberan una musiquilla impertinente. Tengo dos cajas llenas de correspondencia antigua que no me atrevo a abrir porque vendría a ser como exhumar un cadáver al objeto de hacerle una segunda autopsia. Y no estoy ahora mismo para segundas autopsias, ni siquiera para primeras.
„¿Cuánto le durará la pila? -pregunto al experto.
„Es imprevisible -dice-, lo mismo dura más que tú.
Significa que mis hijos podrían heredar mis ruidos. Parece raro, pero yo mismo heredé uno de mi padre. Se trata de un ruido interno, que se produce a la altura de los bronquios y que aumenta en las épocas de estrés. Un pequeño silbido, acompañado de una ligera dificultad respiratoria destinada a recordarme que soy mortal.
¿Más ruidos de orden personal? Sí, el ladrido de mi perro, que murió hace cinco o seis años y que me parece escuchar al caer la tarde, cuando salíamos a pasear. En ocasiones, en vez de un ladrido, emite un lamento que parece venir de más allá. Del Japón, por citar un sitio alejado.
Con todo, los peores ruidos no son los de la ciudad, sino los del campo. Desde la invención de las sierras mecánicas ya no hay naturalezas silenciosas, solo muertas. Siempre te encuentras a alguien talando un árbol por los alrededores.
Mientras escribo estas líneas, escucho a través de las paredes el informativo que emite la tele del vecino, que casualmente es japonés.
Juan José Millás 

Desarreglos morales

27.04.2016 | 05:30
Desarreglos morales
Si el desconcierto cotizara en Bolsa, el Ibex 35 estaría en niveles anteriores a la crisis. Un hombre confuso puede hacer gracia. Un país perplejo, no. Si Ortega viviera, escribiría la España perpleja en vez de la España invertebrada. Todas nuestras figuras públicas, desde Rajoy a Iglesias, pasando por Sánchez y Rivera, por una u otra razón, producen asombro. En ocasiones, miedo, como cuando viene a casa un médico de urgencias que no sabe si auscultarte o tomarte la temperatura. Ayer tuve una migraña muy fuerte y salí al parque para ver si el aire fresco hacía algo con ella. Saludé a tres vecinos que habían salido a lo mismo. Teníamos neuralgias perfectamente intercambiables. Al llegar a casa, mi mujer me preguntó dónde estaba la caja del Ibuprofeno, es decir, que también ella. Deduje que se trataba de una cosa general. No eran mis vecinos ni mi mujer ni yo quienes teníamos neuralgia, era el país entero. Estamos mal.
Entonces nos enteramos de que la banca española en su conjunto, salvo dos o tres excepciones, se había dejado chantajear por Ausbanc. ¿Por qué? ¿Acaso tenía motivos? Hemos de suponer que sí, de otro modo no se entiende. Resulta que el ultramarinos de la esquina es capaz de resistirse a las presiones del gánster que le ofrece protección a cambio de una nómina, y las grandes corporaciones caen rendidas ante la amenaza de que hablen mal de ellas en una revista parroquial.
Algo raro pasa aquí. Tan raro, que muchos jueces cobraban también de Ausbanc. No que estuvieran a sueldo de Al Capone cuando en los mentideros se sabía ya que era Al Capone, sino que recibían migajas. Las migajas que proporciona una conferencia, una mesa redonda, una intervención de las de aquí te pillo, aquí te mato. Los jueces, Dios mío. Leer el periódico con una neuralgia de ojo izquierdo (o derecho, no hay en la frase intencionalidad política) es tremendo, lo mismo que escuchar la radio o ver la tele. Deberíamos salir en el The New York Times con este titular: España, un país jaquecoso. Y no hay fármaco que lo remedie porque no se trata de un desajuste químico, sino de un desarreglo moral. Ahora mismo me meto en la cama.
Juan José Millás 

Me pregunto y le pregunto

26.04.2016 | 05:30
Me pregunto y le pregunto
Leo una entrevista con Risto Mejide en la que le preguntan por su epitafio. «Su anuncio aquí», responde llevando a las últimas consecuencias su pasión por la publicidad. «Su anuncio aquí». Genial. No sería raro que el neoliberalismo rampante (signifique lo que signifique rampante), tomándose su ironía al pie de la letra, se pusiera a ello. Cierro los ojos y trato de hacerme una idea. Veo las tumbas con sus crucecitas y sus ramos de flores y en cada lápida un anuncio de Coca Cola o de Aero-Red. Este último, el de Aero-Red, me seduce. Por alguna razón inexplicable, resulta pertinente que un cadáver promocione un fármaco contra la acumulación de gases. Las lápidas de los fallecidos por accidente de tráfico deberían reservarse para las marcas de los automóviles en los que perdieron la vida. Siempre me he preguntado por qué los fabricantes de coches no hacen homenajes póstumos a sus víctimas involuntarias.
Sería fantástico que Audi o Volkswagen, por poner dos ejemplos, rindieran honores póstumos a los caídos por su marca. Continúo realizando mi paseo imaginario por las avenidas de ese cementerio fantástico y entro ahora en una calle en cuya primera tumba se anuncia una empresa de reformas. El problema es que está medio rota, lo que parece una contradicción, pues también la muerte, como la vida, tiene sus contradioses. Ahora paso por delante de un panteón enorme, de gente muy rica evidentemente, financiado por Mercadona. Creo que esta empresa no hace publicidad pura y dura, pero quizá podría sacársele algo de patrocinio. Estén atentos los supermercados pequeños porque, si la idea prende, adquirirán los espacios importantes las grandes firmas de distribución y a ustedes solo les quedarán las migajas, es decir, los nichos, donde la publicidad de su empresa será más barata pero también menos efectiva. Releo lo escrito y me da la impresión de que me está saliendo una columna un poco siniestra. Todo por culpa de Mejide sobre cuya lápida nunca pondría «Su anuncio aquí», ya que habría cola para comprar ese ese espacio. Lo que me pregunto, y le pregunto a Risto, es qué producto funcionaría mejor una vez conocida la identidad del difunto que reposa debajo del reclamo.
Juan José Millás 

Para las urgencias

23.04.2016 | 05:30
Para las urgencias
La sucursal del banco de la esquina va a cerrar. Casi mejor. A mí me descubrieron unos ahorros en el fondo de la cuenta y me llamaron para ofrecerme unas acciones que no han dejado de caer desde entonces. Se referían a ellas como un ´valor-refugio´, pero yo sospecho que cuando me las vendieron ya conocían su futuro. La relación con el banco es como el juego de la Oca: si no caes en la Posada, caes en la Muerte o en la Cárcel. En la época de las Preferentes no me llamaron porque no tenía ahorros, pero seguro que me habrían liado también. ¿Cómo no fiarte de gente tan cercana? Ahora bien, si eres rico, en vez de ofrecerte acciones moribundas, te abren en Panamá una cuenta con la que ganas lo que la clase media pierde en los productos tóxicos. Por eso está bien que comiencen a cerrar sucursales. Si el Banesto de Conde no hubiera tenido tantas oficinas, tampoco habría habido tantos pequeños accionistas estafados. Las abrió a cientos, a miles, para captar pequeños capitales de las periferias o de los núcleos rurales. La sinapsis entre las oficinas funcionaba mejor que mi cabeza tras la primera calada de la mañana al Camel. Los incautos caían en la red nerviosa mientras a Conde lo hacían doctor honoris causa. Cuando las neuronas estallaron, miles de humildes accionistas perdieron sus ahorros.

Ahora los grandes bancos corren riesgos porque, paradójicamente, son pequeños. Significa, lo entendamos o no, que cuanto más crecen, menor es su tamaño. Y a eso achacan las pérdidas que sufren en la Bolsa. A eso y a los problemas de Brasil, que nos cae tan lejos. Pero no pasa nada porque se van a concentrar de nuevo. Cuando dos bancos se deciden a copular, lo primero que hacen es cerrar oficinas, para atraerse mutuamente. En la naturaleza hay animales que desprenden sustancias aromáticas que enloquecen al macho o a la hembra. En las finanzas, dejan caer sucursales que huelen a despidos o a jubilaciones anticipadas. Hay tantos ritos de apareamiento como estrellas en el cielo. Total, que la sucursal de la esquina de mi barrio va a cerrar, de lo que me alegro porque a mí es fácil venderme cualquier cosa. Ojalá en su lugar pongan una tienda de chinos, para las urgencias.
Juan José Millás 

Lo común es asombroso

20.04.2016 | 05:30
Lo común es asombroso
Si no existieran las abejas, pero se le ocurrieran a un novelista, ¿en qué género incluiríamos su hallazgo? ¿Y cómo lo resumiríamos?
– ¿De qué va el libro que estás leyendo?
– De unos animales pequeños, con alas, capaces de construir arquitecturas perfectas de cera, a base de hexágonos, en los que almacenan el néctar extraído de las flores para transformarlo en un alimento delicioso llamado miel.
– Ya.
– Viven en grupos formados por obreras, zánganos y reinas. Los zánganos fecundan a la reina, las obreras recolectan la miel y el polen, y las reinas procrean.
– Ya, ya.
– Las obreras tienen dos estómagos, uno individual y otro social. En el primero guardan aquella comida de la que pueden hacer uso para su mantenimiento y, en el segundo, el que pertenece a la comunidad.
– Muy interesante.
– Tienen en el interior del abdomen un aguijón extraíble, como un sable, dotado de un veneno muy potente, para defenderse de sus enemigos.
– ¡Qué bien!
Quien dice las abejas, dice las hormigas, algunas de cuyas especies roban las larvas de los hormigueros ajenos y convierten en esclavas a los adultos resultantes. Significa que no dan ni golpe. Dependen tanto de las esclavas que, si estas abandonaran la comunidad, morirían de inanición, pues son incapaces de moverse incluso en situaciones límite.

Quien dice las hormigas, dice los insectos en general. Los insectos son una novela alucinante, literalmente hablando. No es raro que tengan el protagonismo que tienen en los casos de delirium tremens. Claro que si abandonamos el mundo de los insectos e imaginamos que no existen los mamíferos, pero que se le ocurren, no sé, a una cucaracha escritora, saldría también una historia fuera de lo común.
La verdad es que tomamos por común lo asombroso. Estas manos mías, por ejemplo, golpeando sobre el teclado del ordenador, hablando de abejas, de hormigas, hombres?
Juan José Millás 

Todos muertos

19.04.2016 | 05:30
Todos muertos
Los deberes que ponen a los niños en el colegio son en realidad para los padres. Unos padres que bastante tienen con lo suyo. Lo que yo veo es que, gracias al móvil inteligente y a las nuevas tecnologías, cuando la familia coincide, exhausta, en el salón, no ha terminado la jornada de trabajo. A veces, el deber consiste en escribir un twitter o en responder a los 18 correos electrónicos que se han acumulado en la bandeja mientras volvías al hogar en el metro. Recibo con frecuencia correos en los que aparece la leyenda «enviado desde mi móvil». Significa que el usuario no ha tenido tiempo de sentarse frente al ordenador con la tranquilidad precisa para responder a la pregunta de un colega o un jefe. En los correos «enviados desde mi móvil» el lenguaje pierde sangre, o sintaxis, por todos los costados. Parecen textos escritos por alguien a punto de morir, como las palabras rotas que pronuncia un infartado antes de rodar por la escalera.
Leídos con un poco de atención, estos mensajes y correos retratan a una sociedad al borde de la embolia. No es un nuevo lenguaje como algunos pretenden, es el lenguaje de los moriturus del circo romano. Que no expiren no quiere decir que no mueran. La única explicación al éxito de las series de zombis es que son realistas. Cuando el padre, la madre y los hijos se encuentran en casa al caer la noche, todos están muertos. Unos, muertos de miedo; otros, de agotamiento; algunos, literalmente muertos. Pero los padres han de continuar trabajando desde el ordenador, porque no hay horarios, y los hijos tienen que hacer los deberes del cole.
-¿Y si vemos una de zombis? –propone el más pequeño.
Y es lo que hacen, descongelar una pizza y verse a sí mismos durante un rato en la tele. Esos muertos vivientes que invaden las ciudades en busca de un pedazo de carne humana son ellos, somos nosotros. Ese canibalismo metaforiza la situación actual. El paro, los bajos salarios, el agujero de la Seguridad Social, las amenazas de futuro, la corrupción galopante, las imágenes de los refugiados sirios?, todo ello junto conforma un panorama sociopolítico que da miedo. El miedo que vemos reflejado en las series de zombis. Y encima, los deberes de los niños.