Juan José Millás 

¡Lo dice la banca!

12.05.2016 | 05:30
¡Lo dice la banca!
Si es verdad que la clase media es el adhesivo que sujeta los cromos, el álbum se está quedando vacío. Peor que vacío: con las casillas sucias por el engrudo seco, testigo del desastre. Significa que tres millones de personas han pasado en los últimos años de la clase media a la baja. Abres el álbum de fotos de la clase media y no ves a la tía Julia, ni al tío José, ni a los primos Clara y Fortunato. ¿Dónde están? En el álbum de los pobres, del que se ha caído también un montón de gente que ha pasado al de la indigencia.
El único álbum que ha crecido es el de los ricos de siempre, que ahora son más ricos que nunca. La desigualdad, la brecha, el espanto, elijan ustedes el sinónimo. Como decía Groucho, salimos de la nada y a base de trabajar y trabajar hemos llegado a la más profunda de las miserias. Y la tendencia sigue. Ignoramos cuál es límite de esta disimilitud trazada por los poderes financieros y ejecutada por sus brazos políticos, no sabemos hasta dónde se puede estirar la goma sin que se rompa, pero los señores del dinero están en ello. En que se rompa.
De la clase media se ha dicho con frecuencia que es la que proporciona estabilidad al conjunto. A más clase media, mayor fortaleza. ¿Por qué entonces nos la estamos cargando de este modo? Porque en esa clase hay mucho ahorro. Con el dinero que guarda en los calcetines, un bróker levanta en dos días un imperio.
La clase media es conservadora. Ahorra para mañana, para el futuro, para la universidad de los hijos, para las enfermedades. Si el banco le aconseja que meta ese dinero en Preferentes, lo mete en Preferentes porque la clase media cree en el sistema, en los valores del sistema. De ahí que haya caído tanta gente de clase media en estafas como Afinsa o Fórum Filatélico.
Eran valores seguros, porque los sellos, en el peor de los casos, siempre conservarían su valor facial, etc. Discurso no les falta a estos salteadores. Lo raro es que reciba tantos apoyos políticos. Una sociedad sin clases medias es como una salsa sin trabar. Un asco de salsa, un asco de sociedad en el que da vergüenza mirarse. Pero es ahí hacia donde nos dirigimos. No lo digo yo, lo dice una fundación del BBVA. ¡Lo dice la banca!
Juan José Millás 

Trátala bien

11.05.2016 | 05:30
Trátala bien
Ha venido el técnico informático a echarle un vistazo a ´la Máquina´. Él se refiere de este modo a mi ordenador. La Máquina es un pequeño portátil de tres o cuatro quilos. Parece una ironía llamarlo de este modo, como llamar Melenas a un calvo. Pero el técnico siempre se expresa de forma literal. Cuando dice Máquina quiere decir máquina.
Casi nunca viene a casa, pues lo arregla todo a distancia. Entra desde su ´máquina´ en la mía y le hace un chequeo completo en apenas una hora. Mientras él hurga en sus entrañas, observo cómo el puntero se desliza por la pantalla sin que yo toque el ratón y se me ponen un poco los pelos de punta. Ese hombre conoce mi ordenador mejor de lo que yo conozco mi cabeza. Si tenemos en cuenta que el ordenador es una sucursal de la cabeza, podemos deducir que no tengo secretos para mi técnico. A veces me da pudor encontrarme con él de este modo, cara a cara. Por fortuna es muy discreto y finge no saber nada de mí. Hoy ha venido a limpiar por dentro la Máquina. Ahora está levantando el teclado, que es como levantar la tapa de los sesos, mientras canturrea ´Las lágrimas de un día´, una canción antiquísima, de mi infancia, que no coincide con la suya. Si la buscas en Internet, aparece después de ´Las lágrimas de Amancio Ortega´, el dueño de Zara, que por lo visto lloró hace poco.
El asunto me inquieta porque el otro día, con motivo del aniversario de la muerte de mi madre, sentí la necesidad imperiosa de escucharla y la encontré en YouTube. ¿No es raro que al técnico le venga esa melodía a la cabeza justo cuando está hurgando en las tripas del portátil?
Y bien, por establecer algún tipo de comunicación, le digo que el ordenador está unos días rápido y, otros, lento. El hombre levanta la cabeza de la máquina y dice:
– ¿Y tú?
– ¿Yo qué?
– ¿Tú no estás unos días rápido y otros lento?
– Pues sí.
El técnico vuelve a lo suyo como si yo mismo hubiera dado respuesta a mi pregunta. Al despedirse, me dice:
– Trata bien a la Máquina. Es muy buena.
Juan José Millás 

Los nuevos ogros

10.05.2016 | 05:30
Los nuevos ogros
Hay épocas poco propicias para la literatura infantil. Para que haya cuentos infantiles tiene que haber niños, y los hay, pero no sabemos dónde.
Acaban de decir en el telediario que muchos hoteles, junto a las ofertas económicas de fin de semana, garantizan al cliente que no habrá niños por los alrededores. Hoteles sin niños. Me pregunto si habrá también hoteles sin viejos, sin adolescentes, hoteles, no sé, sin tuertos o con el ojo de cristal obligatorio. Lo de hoteles sin niños es ilegal, pero no nos escandaliza. Son un incordio. Tampoco los encuentras en los restaurantes porque molestan a la clientela. Hoy, para ver niños, tienes que irte a un parque infantil. El problema es que si te ven allí, sin un niño propio o prestado, pueden pensar que eres un pederasta. Parece más prudente ver hormigas que niños. Yo, para ver niños, me voy al parque con mi nieta. Mi nieta es la coartada.
Fingiendo que la vigilo a ella, me fijo en todos los demás y puedo asegurar que son un espectáculo. Observar a un grupo de niños, ahora que escasean, y hay que buscarlos en estas reservas con toboganes y columpios, resulta estimulante. Dios mío, te dices, si supieran que tienen prohibida la entrada en muchos hoteles, ¿qué pensarían? Perros no. Niños no. Pongámonos en la cabeza del director de un hotel que ha tomado esta decisión. Está el hombre dándole vueltas a cómo sacarle más partido a la hora del gin-tonic. Quizá bajaría más gente a tomárselo si no hubiera niños dando la lata. De manera que, ignorante de las leyes y del sentido común, llama a la agencia de publicidad y le encarga una campaña de publicidad que ni Herodes habría mejorado. Si a este hombre insensible no le preocupa que se extingan los niños, debería preocuparle que desapareciera la literatura infantil. La literatura infantil buena es también la mejor literatura para adultos. Sin darse cuenta, los directores de los hoteles sin niños se han convertido en los ogros y brujas de los cuentos de la tradición oral. Si un par de hermanitos (Hansel y Gretel, por ejemplo) se perdieran por los pasillos de uno de estos establecimientos de cuatro estrellas y acabaran sin querer en el despacho del director, serían devorados ipso facto.
Juan José Millás 

Rinitis

07.05.2016 | 05:30
Rinitis
De una dolencia habitual se dice que es crónica. Mi madre nos advertía de los catarros mal curados porque cronificaban la tos. Los avances en medicina están convirtiendo en crónicas enfermedades que hasta hace poco eran mortales. Se dice de estas enfermedades que no te mueres de ellas, sino con ellas. Todo esto viene a significar que la cronificación no siempre es indeseable. La campaña electoral ha devenido crónica desde hace varios años.
Algunos jóvenes serán incapaces de recordar un solo momento de su vida sin campaña. Tendríamos que remontarnos mucho en el tiempo para recordar un telediario de sábado o domingo que no abriera con un mitin o cualquiera de sus sucedáneos. Pero nos hemos acostumbrado a la campaña como a la tos del catarro mal curado. Quiere decirse que la vida sigue. Acabo de venir de la plaza, donde he tenido que hacer cola en varios establecimientos, lo que me ha permitido escuchar las conversaciones de la gente. Y nadie hablaba de la campaña, ni de la repetición de las elecciones, ni del gobierno provisional. Convivimos con la interinidad política como con la rinitis primaveral. No es que nos guste la rinitis, pero por la mañana, en la ducha, nos limpiamos las narices con agua con sal, que es astringente, y vamos tirando sin necesidad de contar a nadie la historia de nuestras mucosidades. Si alguien hace alusión a ello, le decimos:
– Nada, un catarro mal curado.
En política, vivimos las consecuencias de unas elecciones mal curadas. Mal tratadas, cabría decir. Observados con perspectiva los resultados del 20D, nos parece que los partidos podrían haber llegado a un arreglo. Tuvieron cuatro meses para diseñar el edificio, pero no fueron capaces, qué le vamos a hacer. Por fortuna, su incapacidad no ha provocado un desastre, solo pequeñas molestias que se pueden aliviar con remedios caseros. Dado que todos los líderes han expresado su deseo de gastar menos en esta segunda vuelta, sus mítines serán menos ruidosos, sus declaraciones, quizá, menos altisonantes, de forma que usted, la macroeconomía y yo prestaremos menos atención a sus discursos. A menos que haya alguien que hable al fin con esperanza y fundamento de la economía doméstica.
Juan José Millás 

Por el déficit

03.05.2016 | 05:30
Por el déficit
Telepizza sale a Bolsa y se la pega. No será por mi culpa, pues he utilizado más de lo que debiera sus servicios. Salir a Bolsa y pegársela parece un modo de ir por lana y salir trasquilado. Pero a Telepizza no le ocurre nada que no le ocurra a cualquier persona normal de este país, al fin y al cabo se trata de una pizzería de clase media cuya emisión de títulos habría cubierto en otros tiempos sin problemas. En los tiempos del ahorro, queremos decir. Ahora estamos en pleno desahorro, quizá en una época de ahorro inverso. No sé si es a lo que los economistas llaman déficit. Se nota en que la gente come menos y pide menos viandas a domicilio. No sé nada de números, pero cuando vi el anuncio de la salida a Bolsa, me dije: se la van a pegar. Y es que no preguntan ustedes a la gente que entiende y que es, paradójicamente, la que no sabe.
La que sabe es la que nos ha llevado al desastre.

Y es que no preguntan ustedes a la gente que entiende y que es, paradójicamente, la que no sabe. La que sabe es la que nos ha llevado al desastre. A ver, yo calculé los partidos importantes de fútbol que se televisan al año, los multipliqué por un número secreto, y me salieron las pizzas a domicilio que se consumirían al año que viene en España. Pocas. La gente tira de lo que hay en la cocina. De seguir así, pronto comenzaremos a comernos la nevera. Empiezas a rascar un trozo de nata antediluviano adherido a sus paredes y con ella te llevas un trozo de plástico. Y están los cubitos de hielo, que se pueden masticar.
– ¿Queréis picar unos cubitos? -preguntamos a la familia, reunida en torno a Madrid-Barça.
– Pero dales una vuelta en el microondas –dirá un cuñado gracioso.
Lo de Telepizza ha sido una locura. Es como si hubiéramos salido a Bolsa usted o yo. Vale uno más cuanto más se ignora lo que vale. Por eso, supongo, El Corte Inglés sigue siendo una sociedad limitada. La Bolsa solo mide lo tangible cuando en la actualidad el valor más seguro es el intangible. Algunas empresas han empezado a darse cuenta y hablan de ello, de su intangible, pero en general no saben lo que dicen. Mucha gente mirará ahora las pizzas de Telepizza con aprensión, como si se hubieran contaminado del trastazo financiero. Yo seguiré pidiéndolas (pero solo en días de fútbol, por el déficit).
Juan José Millás 

Oraciones gramaticales

01.05.2016 | 05:30
Oraciones gramaticales
Dicen los candidatos que la ventaja de estas segundas elecciones es que ahora nos conocemos todos un poco mejor. No sé, quizá se conozcan mejor entre ellos; tal vez nosotros hayamos averiguado rasgos que ignorábamos del carácter de este o aquel. ¿Pero qué saben ellos de nosotros? Poco. No tienen ni idea, por ejemplo, del cansancio que nos produce el conjunto de los argumentos precocinados con el que cada grupo culpa al otro del fracaso de las negociaciones.
Parecen robots dotados de un número limitado de frases que utilizan de manera mecánica desde la hora del desayuno a la de cena. En el telediario de las nueve repiten con la misma expresión las oraciones gramaticales pronunciadas en el informativo de las ocho de la mañana. Las llamo oraciones gramaticales porque carecen de otro valor que no sea el de la mera forma.
El contenido, si alguna vez lo tuvo, se ha filtrado por los poros como el agua por una vasija de arcilla mal cocida. Todas sus frases están mal cocidas, cuando no crudas.
Acabo de escuchar, y no es más que un ejemplo, a Pedro Sánchez hablar por la radio de la importancia que representa para el proyecto socialista la presencia de Eduardo Madina. Es tan necesario que el 20 D lo colocó en el número siete de las lista, donde las posibilidades de salir eran nulas. Y con el agravante de privilegiar a Irene Lozano, que había dicho desde UPyD lo que no está escrito del PSOE, y a la advenediza Zaida Cantera. Si lo piensas, a Sánchez solo le faltó escupir a Madina en la cara. Y en cierto modo lo hizo.
A la pregunta de qué puesto le va a adjudicar ahora, responde con toda la jeta que el mismo, pues siente por él un aprecio sin límites y quiere contar con su talento político en la nueva etapa que se abre, etc.
„¿Y a Irene Lozano? –le preguntan.
Y responde que no va a modificar las listas, adornando el disparate con más gramática vacía, más sujetos, más verbos, más complementos directos o circunstanciales no siempre debidamente colocados.
Apenas cuatro horas después nos enteramos de que la propia Irene Lozano se marcha por propia iniciativa y, suponemos, porque le da vergüenza su situación dentro de un partido al que detesta. ¿Nos vamos conociendo?
Juan José Millás 

Naturalezas muertas

30.04.2016 | 05:30
Naturalezas muertas
Oigo en la tele del vecino, que está a todo volumen, que somos el país más ruidoso del mundo después del Japón. Bueno, los ruidos anidan allá donde encuentran unas condiciones favorables para reproducirse y España es uno de ellos. En los alrededores de mi mesa hay una familia de ruidos que entra en acción a las ocho de la mañana, cuando yo llevo una o dos horas trabajando.
Se manifiestan con una serie de pitidos semejantes a los de las señales horarias de la radio. Descansan a las ocho y diez y regresan media hora más tarde para taladrarme los tímpanos durante otros diez minutos. He tratado de localizar la fuente, pero cuando me acerco a una esquina parece que proceden de la otra. La acústica es así de misteriosa.
Un amigo experto calcula que esos ruidos deben de estar alojados en una de esas postales de Navidad que al abrirlas liberan una musiquilla impertinente. Tengo dos cajas llenas de correspondencia antigua que no me atrevo a abrir porque vendría a ser como exhumar un cadáver al objeto de hacerle una segunda autopsia. Y no estoy ahora mismo para segundas autopsias, ni siquiera para primeras.
„¿Cuánto le durará la pila? -pregunto al experto.
„Es imprevisible -dice-, lo mismo dura más que tú.
Significa que mis hijos podrían heredar mis ruidos. Parece raro, pero yo mismo heredé uno de mi padre. Se trata de un ruido interno, que se produce a la altura de los bronquios y que aumenta en las épocas de estrés. Un pequeño silbido, acompañado de una ligera dificultad respiratoria destinada a recordarme que soy mortal.
¿Más ruidos de orden personal? Sí, el ladrido de mi perro, que murió hace cinco o seis años y que me parece escuchar al caer la tarde, cuando salíamos a pasear. En ocasiones, en vez de un ladrido, emite un lamento que parece venir de más allá. Del Japón, por citar un sitio alejado.
Con todo, los peores ruidos no son los de la ciudad, sino los del campo. Desde la invención de las sierras mecánicas ya no hay naturalezas silenciosas, solo muertas. Siempre te encuentras a alguien talando un árbol por los alrededores.
Mientras escribo estas líneas, escucho a través de las paredes el informativo que emite la tele del vecino, que casualmente es japonés.