Juan José Millás 

Ideas muertas

02.07.2016 | 01:30
Ideas muertas
Escuché en la radio la expresión «muerte térmica» y tomé nota mental de ella. Al llegar a casa la busqué en la Wikipedia. Decía que «tiene su origen en la segunda ley de la termodinámica, según la cual la entropía tiende a aumentar en un sistema aislado». Me detuve ahí, para no hacerme un lío, dando por hecho que por ´entropía´ se entendía una forma de desorden relacionada con la pérdida de calor. La segunda ley de la termodinámica, pese a sus complejidades, es muy popular. Se utiliza bastante en los discursos filosóficos. En términos groseros, significa que todo va a peor. Los años que discurren desde el nacimiento hasta la muerte están marcados por la entropía. Morimos de muerte térmica, fallecemos por fugas de calor, como la caldera de gas.
Es lo que le acaba de ocurrir a la mía. «Está vieja y llena fugas», me ha dicho el técnico. Que la caldera de la calefacción muera de muerte térmica tendría su gracia de no ser por lo cara que sale su sustitución. De modo, pensé, que la entropía tiende a aumentar en los sistemas aislados. Le di muchas vueltas al asunto, como el niño que observa el interior de un juguete de cuerda que ha destripado por curiosidad. El cuerpo es un sistema aislado.
Podemos abrazarnos a otros cuerpos, confundirnos con ellos, pero al final, básicamente, cada uno de nosotros somos un sistema aislado. Pensé en ello al pie del estanque, en cuyo fondo un par de peces rojos se mueven a cámara lenta, en busca de una larva de mosquito. El estanque es un sistema aislado. Si no me ocupara de él, caería en un proceso entrópico y los peces morirían en cuestión de semanas.
¿El Universo es un sistema aislado? Parece que sí. Por eso está condenado a muerte. A muerte térmica. La idea del Universo como un sistema aislado produce vértigo. Conviene no obsesionarse con ella. En realidad, conviene no obsesionarse con ninguna idea, sobre todo cuando se trata de ideas aisladas, condenadas a deteriorarse por fugas de energía. Las ideas desaparecen también por muerte térmica. Llega un punto en el que no dan más de sí, o de no, y se colapsan al modo de una estrella en el interior del cerebro. Lo que no sabemos es si estas ideas muertas se transforman en agujeros negros.
Juan José Millás 

Volver a fumar

29.06.2016 | 05:30
Volver a fumar
Dice mi vendedor de periódicos que cuando se jubile, desaparecerá el quiosco. A nadie le interesa. En mi barrio, hasta hace poco, había diez de los que solo quedan cuatro. En España se han cerrado miles en poco tiempo. Esta caída es paralela a la de la prensa de papel, que agoniza despacio pero firme. Conozco gente que hace años no podía comenzar el día sin la lectura de su diario de referencia, y que ahora ni se acuerda de él. Escucha la radio, picotea un poco en internet y sale con la impresión de estar informada. Ha cambiado la idea que teníamos de estar informados. Cuando un servidor de ustedes era joven, poseer una opinión sólida costaba lo suyo. De hecho, admirábamos a la gente con opinión, que no abundaba porque el talento, por suerte o por desgracia, es un bien escaso. En la actualidad, por apenas unos céntimos, puedes obtener toneladas de opiniones. En los chinos de mi barrio, si compras un pack de una docena de cervezas, te regalan seis opiniones.
El domingo estuve comiendo en la casa de unos amigos donde había jóvenes de entre veinte y treinta años. Ninguno tenía trabajo, pero les salían las opiniones por la orejas. No solo sobre política, sino sobre cine, literatura, filosofía y cocina asiática. Inundaron el jardín de opiniones y se fueron a echar la siesta. Cuando llegué a casa y observé mis libros, muchos de ellos estropeados por el uso, sentí un complejo de inferioridad enorme. He alcanzado una edad considerable, dedicando gran parte de mi vida a la lectura y al estudio, y apenas tengo opiniones sólidas sobre nada. Se lo dije a mi quiosquero:
-Cada día tengo menos opinión.
-La ausencia de opinión –dijo para consolarme- no es incompatible con la sabiduría.
Ya vamos viendo que mi quiosquero no es un vendedor de periódicos normal. Sabe cómo reforzar la vanidad de sus clientes. Le tengo mucho aprecio. Cuando fumábamos los dos, echábamos un cigarrillo comentando las portadas de los periódicos del día. Ahora los periódicos los guarda en el interior porque vive más de la venta de chuches. Cuando se jubile, lo mismo vuelvo a fumar para compensar con la nicotina la falta de opinión.
Juan José Millás 

Momentos

28.06.2016 | 05:30
Momentos
Reflexión a partir del telediario 
Estaba viendo el telediario en la casa de un amigo donde me habían invitado a cenar, cuando el adolescente de la familia se volvió a su padre y le preguntó:
-Papá, dime, ¿el mundo es una mierda?
El telediario al que asistíamos era terrible, como casi todos (en mi casa apago la tele cuando hay niños delante), de manera que la pregunta del joven estaba más que justificada. ¿El mundo es una mierda? ¿Qué responder a un hijo en tales circunstancias? Mi amigo se aclaró la garganta y titubeó. Al fin dijo:
-El mundo es una producción nuestra, hijo. No podemos hablar de él como si lo hicieran otros. Tenemos en nuestras manos hacerlo peor o mejor.
-O sea, que es una mierda –concluyó el joven antes de retirarse a su habitación.
Durante la cena, mi amigo discutió con su mujer. Ella no estaba de acuerdo en que el adolescente viera los telediarios.
-¿A qué edad debería empezar a verlos? –preguntó mi amigo.
-No lo sé, pero todavía no –dijo ella.
Luego se dirigieron a mí para ver qué pensaba. Les dije que el mundo era, en efecto, una mierda, pero que jamás me había atrevido a confesárselo a mis propios hijos.
-Pero si es así, deben saberlo –argumentó mi amigo.
-¿De qué modo justificarías entonces haber contribuido a su nacimiento? –pregunté.
-Por amor. Los hemos traído por amor –dijo él.
La conversación terminó ahí porque comprendimos que íbamos cayendo poco a poco en una espiral malsana, pesimista, en una espiral triste como la televisión. Nos tragamos la cena sin apetito y a continuación nos servimos unos gin-tonics para levantar el ánimo. Regresé a casa muy tarde, paseando, pues mis amigos viven cerca, y vi la luna llena, hermosísima. Se había levantado un poco de aire que venía de la sierra y que me despejaba la cabeza, ahuyentando de ella los malos augurios. Se me ocurrió una historia para un cuento y decidí que tomaría notas antes de meterme en la cama. El mundo era una mierda, a qué negarlo, pero tenía momentos que valían la pena.
Juan José Millás 

Depende

25.06.2016 | 01:45
Depende
Escuché por la radio que el populismo consiste en aplicar soluciones sencillas a problemas complejos. Se dice con frecuencia esta frase. Pruebe usted a pronunciarla al revés. ¿Acaso no somos muy dados a aplicar soluciones complejas a problemas sencillos? El hambre en el mundo, sin ir más lejos, es un problema sencillo. No es que no haya comida para todos, es que está mal repartida. Estos días ha aparecido en la prensa, a doble página, un anuncio cuya cabecera decía así: «Redistribuir la riqueza, al Parlamento».
Argumentaba que solo había dos caminos posibles para España: redistribuir la riqueza o sufrir un aumento de los recortes para el 90% de la población. E incluía una serie de propuestas que no eran ideológicas, sino de sentido común. ¿No es una locura que el 10% de la población posea tanto como el 90% restante? Entre los firmantes de la propuesta, que eran casi dos mil, no había gente desquiciada ni extremista.
Estaban, por ejemplo, el pintor Antonio López, el actor Manuel Galiana, y un conjunto de personas jubiladas que piensan más en el futuro de sus hijos o nietos que en su propio presente. Dejemos, pues, de buscar complejidades de método allá donde solo hace falta voluntad política. Con la mitad del dinero oculto en los paraísos fiscales podríamos dar de comer a un continente y aliviar las penalidades de los sesenta y cinco millones de refugiados que vagan como fantasmas por el mundo. ¿Es difícil acabar con esa forma de delincuencia? Depende.
Si los gobiernos están de parte de los delincuentes, sí, claro. En España los hemos amnistiado y han pagado menos de lo que les habría correspondido de cumplir a tiempo con sus obligaciones fiscales. La complejidad, en fin, está en la cabeza de nuestros dirigentes, meros peones de ese pequeño porcentaje de la población mundial que posee el 90% de las riquezas del planeta. Lo que ocurre es que el planeta es de todos. Bastaría con que cambiara la idea que tenemos de justicia y de sentido común para que esos miles de niños que atraviesan solos las fronteras, expuestos a ser violados, raptados y explotados, gozaran de la protección que merecen. El problema es que nos empeñamos en adoptar soluciones complejas a problemas sencillos.

Nadie sabe nada

22.06.2016 | 05:30
Nadie sabe nada
He leído muchos artículos sobre el Brexit y ninguno me aclara nada. He preguntado en las comidas con amigos inteligentes y todos ponen el gesto enigmático de quien, sin tener ni idea, pretende que no se note demasiado.
–¿Pero nos arruinamos si Inglaterra se va?
–Bueno, arruinarse, arruinarse?
Las Bolsas tampoco se manifiestan de un modo fiable. Bajan porque tienen la obligación de bajar ante cualquier escenario que rompa la rutina, pero no tanto como para que demos fiabilidad a sus aspavientos.
– Se recuperará a los tres días del Brexit, si llegara a producirse –asegura un tipo con barba, sentado en una de las esquinas de la mesa.
-¿Y si no se produce el Brexit?
– Subirá un poco, como para decir que se alegra.

Deduzco que ni las penas serán excesivas si los británicos se van, ni las alegrías exageradas si se quedan. No obstante, como soy una persona voluntariosa, sigo buscando artículos de opinión sobre el asunto. Todos tienen algo en común: que son un coñazo. Y otra cosa: que no se aclaran. A lo más que llegan es a explicarte lo que sabes: que el Reino Unido está mal cosido a Europa. El hecho de que no entraran en el euro ya indican que el costurón se nota aunque lo observes desde el sur. Se asoma uno a la ventana de su casa, mira en la dirección precisa y, más que un puente o un túnel, lo que observa es una cicatriz de color rosado que supura un poco. ¿Cuándo y cómo se produjo la herida? Habría que preguntárselo a los historiadores, pero ahora anda uno detrás de los economistas, por si los ahorros.
Bien visto, Europa entera se desangra por las uniones resultantes de la Unión, valga la paradoja. Hay un problema general de pegamento, o de costura. De hecho, uno de los efectos posibles de la salida de los británicos, sería que se iniciase una desbandada. Pero para que haya desbandada tiene que haber países descolgados. Y tal es la impresión que producen los países del sur, incluida Francia, que tras la última reforma laboral (inspirada en la nuestra) está más cerca de Marruecos que de Bruselas.
Juan José Millás 

Ritos fúnebres

21.06.2016 | 05:30
Ritos fúnebres
Estábamos jugando mis hermanos y yo a los cojos, cuando entró mi padre en la habitación y dijo que Dios nos podría castigar dejándonos cojos de verdad. Lo cierto es que si no jugábamos a los cojos, jugábamos a los mancos o a los tuertos, a veces a los ciegos. El único juguete de que disponíamos era el propio cuerpo, de modo que explotábamos al cien por cien todas sus prestaciones. Dios no nos castigó, al menos de la forma en que imaginaba nuestro padre, lo que en alguna medida nos decepcionó, apartándonos un poco de la Iglesia.
Luego nos fuimos haciendo mayores y dejamos de hacer tonterías con el cuerpo como dejas de hacer tonterías con el móvil cuando te acostumbras a él. La vida es un continuo acostumbrarse y desacostumbrarse. De súbito, cuando la relación con el cuerpo se estabiliza, aparecen, no sé, las muelas del juicio tratando de hacerse un lugar en unas mandíbulas que no dan de sí. No pasa nada, te las quitas y aquí paz y después gloria.

A lo mejor, después del suceso de esas muelas, pasas diez años como si no tuvieras cuerpo. Lo olvidas, aunque te levantas y te acuestas con él, porque no da problemas. Hasta que, vaya por Dios, te sale una hernia o comienzas a sufrir ardor de estómago. Ya digo, el cuerpo va y viene.
Se pasa la vida así, yendo y viniendo. Parece que en la vejez, como en la infancia, lo tenemos más cerca. ¿Pero quién va a ponerse en la vejez a jugar a los tuertos, a los mancos o a los cojos? Pues un grupo de jubilados (la mitad hombres y la mitad mujeres) a los que sorprendí ayer, en el parque. Estaba dando mi paseo matinal cuando los vi hacer cosas raras. Al acercarme, comprobé que jugaban a hacerse el muerto, o la muerta, según su condición. Dirigía el juego una monitora joven que impartía instrucciones y calificaba la calidad de la defunción de cada uno.
-Ese rictus -decía- no es suficientemente cadavérico. Tienes los músculos labiales demasiados rígidos.
Comprendí que hacían una especie de yoga, aunque un yoga un poco fúnebre y siniestro, que poseía sin embargo un poderoso atractivo.
Cuando repararon en mi presencia, no sabiendo qué hacer, les dije que Dios les castigaría y seguí andando.
Juan José Millás 

Nos vuelven idiotas

18.06.2016 | 01:16
Nos vuelven idiotas
Pedro Sánchez, que anhela la presidencia del Gobierno, continúa reprochando a Pablo Iglesias que haya aspirado a la vicepresidencia, como si el deseo de gobernar ocultara alguna inclinación patológica. ¿Por qué entonces, cabría preguntarse, se presenta él a las elecciones? ¿Debemos sentirnos mezquinos los contribuyentes por desear que gane nuestro candidato? ¿No es normal que quien carece de apoyos suficientes para la presidencia se conforme con la vicepresidencia?
Todo esto es muy raro, como si un padre alentara a su hijo a estudiar Arquitectura al tiempo de afearle su afición a realizar maquetas de edificios. El líder del PSOE debería hacérselo mirar. Y muchos de nosotros también, pues a fuerza de escuchar esa crítica feroz hemos llegado a interiorizar que un político con ambiciones de poder es despreciable. Si Sánchez carece de tales ambiciones, debería dedicarse a otra cosa.
Esto es solo una muestra de las incoherencias con las que viene desarrollándose esta campaña, en la que a Albert Rivera le ha tocado (o ha asumido) el papel de desarrollar la teoría loca de Sánchez respecto al poder. Así, lo que Rivera echa en cara a Iglesias es que quiere controlar a los espías (asociados, entre otras tareas, a la vicepresidencia). Bueno, tampoco habría nada de malo en esto.
Los servicios de inteligencia son una de las vigas maestras de cualquier proyecto gubernativo. Pero Rivera se refiere a los espías como si fueran la escoria de la sociedad. La pretensión de obtener alguna influencia sobre ellos implicaría el deseo de hacer un trabajo sucio. Como ocuparse de la recogida de basuras. Tanto Rivera como Sánchez pintan la vicepresidencia de un gobierno (incluso de uno en el que ellos fueran presidentes) como una institución apta solo para ser dirigida por maleantes o personas sin escrúpulos. ¿Se dan cuenta de los que dicen? ¿Nos damos cuenta nosotros de lo que nos dicen?
Estas invectivas absurdas, que sin embargo nos tragamos dócilmente desde el rabo hasta las orejas, son posibles, creo yo, porque los canales de televisión emiten, junto a sus series y programas basura, unos vapores malignos que salen por los poros de las pantallas de los televisores y nos vuelven idiotas.