Juan José Millás 

Se lo merece

15.09.2016 | 05:30

Se lo merece
Descubro en un esquinita del periódico una esquela poco mayor que un sello de correos. Ignoraba que las había tan pequeñas, y tan baratas, porque supongo que será barata. Se aprecia sin dificultad el nombre de la fallecida, pero para leer el de los deudos hay que esforzar los músculos oculares o utilizar la lupa. Es esta calidad de reto para la vista lo que me conduce a leerla. Doña Beatriz, que así se llamaba la finada, falleció en Washington, aunque había nacido en una localidad de Cuenca en 1929. Ochenta y siete años.
Su hermana, sus sobrinos y todos sus familiares españoles ruegan una oración por su alma. Inevitablemente, me uno al sentimiento general de pérdida y rezo una oración laica por su eterno descanso. Luego recorto la esquela (la esquelita) y la pegó al corcho que tengo delante de la mesa de trabajo.
Durante los siguientes días, cada vez que levanto la vista de la pantalla del ordenador o del cuaderno, me encuentro con ella y me conmueve como cuando la descubrí. Es evidente que quienes la pagaron tuvieron que preguntar por los diferentes precios y tamaños. Está claro también que no la encontraron más pequeña (ni más barata). Quizá para ellos seguía siendo cara, pero decidieron ponerla de todos modos, casi invisible entre las páginas de un periódico grande, como el náufrago que arroja una botella con mensaje al océano. Cómo la descubrí yo entre aquella inmensidad de letras, constituye un misterio.
Pero ahora pensemos en doña Beatriz, 87 años, nacida en una localidad de Cuenca y fallecida en Washington. ¿Qué pudo conducirla allí, tan lejos, en qué año se marchó? La esquela no habla de marido ni de hijos. Solo una hermana, dos sobrinos, una sobrina política y tres sobrinos nietos. La relación se cierra con «todos sus familiares españoles», abarcando o intentando abarcar una generalidad dispersa a la mayoría de la cual quizá no ha llegado el mensaje. Esta mujer tuvo que ser muy querida por su hermana, los sobrinos, la sobrina política, los sobrinos nietos. De otro modo no se entiende la existencia de una esquela tan menesterosa y tan rica al mismo tiempo.
Descanse en paz, amiga, estamos seguros de que se lo merece.
Juan José Millás 

Protoespejos

14.09.2016 | 05:30

Protoespejos
Al perro no le extraña la huella de su pata sobre la tierra húmeda. A nosotros, sí. La nuestra y la de los otros. Si te acercas a la playa a primera hora de la mañana, con la marea baja, verás los dibujos que han hecho los dedos de las gaviotas. La arena es un espejo en el que permanece durante algún tiempo la imagen de quien ya no está. Las huellas tienen algo de imagen especular, y de molde, por cierto. Poca gente se sustrae a la fascinación que producen sobre la arena casi virgen.
En ocasiones, alguien que ha madrugado más que tú ha dejado marcada las plantas de sus pies al caminar por la orilla. No es raro que tengas la tentación de colocar tu pie sobre esas señales, aunque al final la evitas por pudor. Se produciría un exceso de intimidad entre tu pie y el del desconocido o desconocida que madrugó más que tú.
No es raro, en cambio, que en la segunda vuelta del paseo matinal busques tus propias marcas e intentes acoplarte a ellas por un juego cuyo significado ignoras. Como reescribir sobre lo escrito. Son numerosas las caligrafías que deja nuestra presencia aquí y allá. Lo raro es que esas caligrafías, pese a su abundancia, sigan causándonos admiración. Entonces piensas en la que tuvo que producir en los hombres de las cavernas. Hay cuevas en cuyas paredes aparecen manos.
Los hombres o las mujeres de la época, se tiznaban las palmas y los dedos para dejarlos impresos en la pared. ¡Qué asombro, verse fuera de sí! Esas manos son un protoespejo. Recuerdo ahora que con la llegada de las primeras impresoras domésticas, mucha gente caía la tentación de imprimirse una mano (y hasta el culo). Parece absurdo, pero su contemplación posterior, en la cuartilla, nos sumía en reflexiones confusas que solían resolverse en una risa.
La gente que no sabe firmar imprime en los documentos oficiales la huella de sus dedos, que ya no figura sin embargo en los modernos carnets de identidad. Bajar a la playa pronto, antes de que se llene, tiene sus compensaciones. Una de ellas, la de recuperar la extrañeza, específica de la inteligencia humana, de observar los moldes de nuestros pies sobre la tersa lámina de arena que deja el mar al retirarse.

Asignaturas fundamentales

13.09.2016 | 01:23

Asignaturas fundamentales
Hay miedos retóricos y miedos de los que no se habla hasta que se halla una forma retórica en la que contenerlos. La lengua crea diques para contener el miedo al modo en que el hormigón crea presas para contener el agua. De vez en cuando las presas se quiebran y poblaciones enteras quedan anegadas. Los muertos y los desaparecidos se cuentan por miles y los cuerpos de los seres humanos flotan junto a los de animales con la boca llena de lodo. Los padres colocan diques de palabras frente al miedo que amenaza a los niños cuando se hace de noche o cuando estalla la tormenta. Cada palabra es como un ladrillo o un bloque de cemento que ellos mismos, a medida que se hacen mayores, aprenden a utilizar. Al igual que las grandes presas, los grandes muros de palabras necesitan mantenimiento. Siempre hay grietas que cubrir aquí o allá. De vez en cuando conviene descender a los cimientos para comprobar el estado de las primeras piedras, colocadas en lo más hondo por nuestros antepasados.
La herramienta para mantener la lengua es la gramática. Siempre necesitaremos gente que sepa gramática, y que la transmita, en la confianza de que alguno de los iniciados dé el salto desde ella a la retórica y nos relate con habilidad un cuento tranquilizador. Los cuentos tranquilizadores son con frecuencia de miedo, porque el miedo es un dique contra el terror. Las palabras nos acercan al terror en la misma medida en la que nos separan de él. Nos acercamos para separarnos, para establecer tabiques, divisiones, fronteras. En casi todas las casas, para el niño al menos, existe la habitación del miedo. Puede ser la despensa, el sótano, el cuarto de la parte de atrás. Pero, sea cual sea, está delimitada por cuatro paredes y se accede a ella a través de una puerta que se decide traspasar o no.
La lengua sirve para decidir si se traspasa y con qué medios. Hay algo profundamente oscuro en el fondo del alma humana. Algo cuya negrura no se parece a ninguna otra. La luz con la que se accede a esa estancia horrible es la que proporcionan las palabras ordenadas de acuerdo con una gramática consensuada. El desorden gramatical añade confusión a las tinieblas. De ahí que la retórica fuera una asignatura fundamental entre los antiguos.
Juan José Millás 

No sé qué decirle

10.09.2016 | 05:30

No sé qué decirle
Si removiéramos la tierra de los jardines de una urbanización cualquiera, hallaríamos cosas sorprendentes. Cadáveres de gatos y de perros, por ejemplo. Hay un servicio gratuito de los ayuntamientos que se encarga de recoger e incinerar a las mascotas muertas, pero es más fuerte el atavismo de tenerlas cerca, aunque ya no sean capaces de maullar pidiéndonos la comida ni de darnos la patita para demostrar sus habilidades. Encontraríamos también un número considerable de loros y de canarios, quizá alguna tortuga, algún hámster y, excepcionalmente, desde luego, algún marido, alguna esposa, algún padre, alguna cuñada? La gente confía mucho en la discreción de su jardín, más que en la de su caja fuerte, que en ocasiones entierra también debajo del pino, repleta de dinero negro o de documentación comprometida. Dentro de miles años, cuando los antropólogos, al excavar, den con uno de estos yacimientos de antiguos adosados, se quedarán sin respiración al ver lo que la gente confiaba a su subsuelo.
Yo entierro libros. A la vista de que no me puedo desprender de ellos (no los quieren ni en las bibliotecas), y que no me caben en la casa, los envuelvo en gasas, para que se momifiquen, hago un agujero de dos palmos o más, según el grosor del volumen, y los abandono a su suerte. He comprobado que la hierba crece mejor sobre unos títulos que sobre otros. Es más, he advertido que algunos títulos matan cualquier vegetal que intente medrar sobre sus páginas, trátese de una hortensia o de un geranio. La idea de enterrar libros, en lugar de quemarlos o guillotinarlos, me hacía gracia hasta que los gatos del vecindario comenzaron a desenterrarlos, ignoro si con intención de leerlos o qué.
Hay mañanas en las que me asomo al jardín y aparecen cuatro o cinco volúmenes sobresaliendo del césped como esa mano del asesinado que tarde o temprano brota entre dos flores. Su aspecto es infernal, pues la humedad hincha el papel otorgando a las páginas un aspecto de vísceras sobre las que los moscardones se comen las letras. A los pocos días de inhumarlos devienen en auténticos cadáveres. Mi mujer ha empezado a verlos y me ha preguntado que de qué va esto. Con franqueza, no he sabido qué decirle.
Juan José Millás 

Un misterio literario

01.09.2016 | 05:30

Un misterio literario
Hace mil años leí un cuento, creo que de Cornell Woolrich, en el que un policía acude a la casa de un sospechoso para interrogarle acerca de la desaparición de su esposa. El sospechoso recibe al policía con afabilidad, le invita a un café y charlan sentados a la mesa del salón sin que el representante de la ley obtenga confesión o dato alguno que confirme sus recelos. Pero al salir de la casa le acompaña una sensación de incomodidad extraña, indefinible, que no le abandona a lo largo de los días siguientes. Durante la conversación vio algo sin percibir que lo veía, como nos ocurre tantas veces. Lo que vio, y que le produjo el sentimiento de incomodidad aludido, fue que la lámpara del salón no colgaba del centro de la estancia, como suele ser habitual.
Cuando el policía se da cuenta, vuelve a la casa del sospechoso y descubre el porqué de esa asimetría: la mujer desaparecida había sido asesinada y emparedada detrás de un falso tabique de la habitación. De ahí que la lámpara hubiera quedado desplazada del centro. Un detalle pequeño, pero revelador, que me ha venido a la memoria al leer en la prensa la historia de una mujer asesinada, también presuntamente por su marido, y emparedada en el cuarto de contadores de la vivienda que ocupaba el matrimonio. Desaparecida desde el mes de junio, la familia había colgado carteles con su foto por diversos lugares de Torrevieja, Alicante, donde ocurrieron los hechos.
El emparedamiento es un recurso literario. Se da también en Poe, entre otros, de ahí que impresione cuando uno lo ve saltar a la realidad, y cuando comprueba que funciona, pues el marido y presunto culpable, no fue detenido hasta descubrir el cadáver. En este caso, el detalle delator no fue una asimetría, sino la cantidad anormal de insectos (moscas sobre todo) que alborotaban el aire cada vez que se abría la puerta del cuarto de contadores. ¿Por qué? Porque el emparedamiento estaba mal hecho. Tenía fisuras por las que escapaba el olor que atrajo a los insectos y que condujo a investigar a los vecinos. ¿Cómo se puede construir un sarcófago en un lugar tan visitado sin que nadie, de no ser por el olor y las moscas, se hubiera dado cuenta? He ahí un misterio digno de una investigación literaria.
Juan José Millás 

Un negocio

30.08.2016 | 05:30

Un negocio
Nada ejemplifica mejor la idea de la política como espectáculo (véase Guy Debord, con perdón) que la exigencia del PP, Ciudadanos y grupos mediáticos afines de que el PSOE colabore a la construcción de un Gobierno al que inmediatamente tendrá que aplicarse a derribar. Es como pedirle a un médico que invente una enfermedad y su remedio, por este orden. No estoy seguro, pero creo que dicha práctica es habitual en el sector, ya que, si el número de patologías se estanca, el mercado de los medicamentos no crece. Pero si el número de medicamentos no crece, las industrias farmacéuticas reducen personal, dejan de dedicar recursos a la investigación y, en fin, se acaba el mundo. Y el mundo ya se acaba lo suficiente cada día para que aticemos el fuego con nuestra inconsciencia. Lo entendemos, pero nos extraña.
– ¿No te das cuenta de que esto es un juego? -le gritan a Sánchez-. Si no juegas a darnos el poder, tampoco podrás jugar a quitárnoslo.
Si el líder del PSOE insiste en no jugar, lo tachan de aburrido, de aguafiestas, de cenizo y de antipatriota. Cuando de pequeños jugábamos a policías y ladrones, todo el mundo quería ser policía (era tendencia entonces, no sé ahora). Se imponía por tanto una negociación infantil de forma que algunos niños aceptaran ser ladrones para poder pasar la tarde del sábado.
– Ya os tocará a vosotros ser policías –decían los afortunados a los ladrones de ficción.
Ya te tocará a ti ser Gobierno, le dice Rajoy con paciencia infinita a Sánchez. Pero como Sánchez se resiste, le busca las vueltas. Lo de convocar las elecciones el día de Navidad, echándole a él la culpa, es un modo de fastidiarle que ya veremos en qué acaba.
Ese juego de gobierno y oposición, que llaman alternancia, fue el que condujo al 15 M a la conclusión de que no nos representaban. Intuíamos que era así, pero jamás pensamos que llegara a escenificarse con la claridad actual. El PSOE queda de este modo como el que rompe las reglas de un juego que no debería serlo. A menos que la política sea, como la industria farmacéutica, un negocio con el que algunos se forran.
Juan José Millás 

Fuera del temario

27.08.2016 | 05:30

Fuera del temario
Sigo las negociaciones entre PP y Ciudadanos con el mismo espíritu con el que me habría matriculado en un curso de verano de la Menéndez Pelayo (o de la Complutense, no hay doble intención). ¿En un curso sobre qué? Sobre retórica y artes escénicas. Me interesan mucho las lucubraciones acerca de lo que es y no es corrupción, así como los equilibrios lingüísticos para dejar fuera aquello que, siéndolo, no interesa que sea. La primera hazaña verbal de los representantes de ambos partidos ha sido digna de una medalla olímpica. Han quedado en que la prevaricación, la malversación de caudales públicos y el fraude no son corrupción, al menos en el caso del diputado popular Óscar Clavell. Lo mejor es que han conseguido explicarlo. Yo acudo a las universidades de verano para adquirir recursos retóricos que me permitan pensar lo contrario de lo que pienso, sobre todo cuando lo que pienso va en contra de mis intereses, incluso de mis intereses más mezquinos, que son el pan nuestro de cada día.

Rivera da la impresión de haber matriculado a los suyos en uno de esos cursos para que aprendan a pensar lo contrario de lo que piensan y a fingir que se enfadan cuando les dicen no. Se trata de una asignatura fundamental si lo que pretendes, por ejemplo, es que gobierne un partido imputado por corrupción bajo la apariencia de que ese mismo partido odia la corrupción. No es fácil, ¿verdad? Pues para eso están los recursos verbales tipo «no es lo mismo meter la mano que meter la pata». La frase se le ocurrió en su día a Juan Cotino, solo que la dijo al revés.
– Yo puedo haber metido la mano, pero no la pata.
Inmediatamente se dio cuenta de la autoacusación y rectificó ante las cámaras con una sonrisa de bondad que casi cuela. Lo que le ocurrió a Cotino se llama ´lapsus´, una situación verbal en la que el inconsciente se impone al consciente. Y el inconsciente, como los niños, siempre dice la verdad. A Cotino deberían hacerle doctor honoris causa de la universidad de verano en la que se llevan a cabo las negociaciones entre PP y Ciudadanos, cuyo director en la sombra debería ser Bárcenas, que increíblemente se ha quedado fuera del temario. Para la secretaría, sugerimos a Rita Barberá. De nada.