A ver qué hacen

20.02.2017 | 05:30 La revista Play Boy, que había renunciado a los desnudos, vuelve a ellos. Creyeron que los cuerpos ya no vendían y resulta que sí, que el cuerpo vende, entre otras cosas porque el espíritu no se puede fotografiar. Lo que debe intentar la revista en esta nueva época es que el desnudo devenga en metáfora del espíritu. Ya advertimos que no resulta fácil. Los desfiles de moda funcionan porque tienen alma. Te pasas media hora sentado frente a la pasarela y al cabo te levantas con la impresión de que has asistido a un desfile de fantasmas, y no solo por la delgadez de las modelos, sino por la extraña sintaxis que el modisto establece entre sus cuerpos y su ropa.
Un año me enviaron a cubrir la Semana de la Moda de París y, aunque no tenía experiencia, comprendí de qué iba la cosa. Y la cosa iba del espíritu. Fue como hacer una semana de ejercicios espirituales.
Del mismo modo que hay gente que, aun vestida, parece desnuda, hay personas que, aún desnudas, parecen vestidas. Play Boy debería reflexionar sobre estas cuestiones fronterizas. Lo que estaba agotado, en fin, no era el desnudo, sino el desnudo sin alma (también ha perdido interés el vestido sin sustancia). No es lo mismo fotografiar el cuerpo como esencia que como existencia. La mayoría de las fotografías de desnudos son de carácter existencial. En otras palabras, identifican al modelo o a la modelo con su cuerpo. Los buenos fotógrafos consiguen que el cuerpo sea una mera posesión, un accidente. Lo interesante es lo que ocurre detrás del accidente.
Todo esto suena un poco metafísico,somos conscientes. Pero a la gente le gusta la metafísica, porque de física estamos hasta las narices. Y en esta época, debido a los catarros, más. Con la escritura ocurre algo parecido a lo que sucede con la fotografía. Lo que busca el lector no es la frase, sino lo que se oculta detrás de ella. La escritura literaria, lo hemos dicho infinidad de veces, sirve para fingir que cuentas una cosa cuando en realidad estás hablando de otra. La que interesa, es la otra. Una escritura visible que no contenga otra invisible es como la fotografía de un cuerpo visible que no contenga otro invisible. A ver cómo resuelven el dilema los de Play Boy.

Un vacío insufrible

18.02.2017 | 02:10 Hay tantas aplicaciones para el móvil como estrellas en el cielo. Y algunas, aunque todavía brillen, están muertas. Cuando se colapsa una estrella, aparece en su lugar un agujero negro. El móvil, en su pequeñez, contiene un universo de una complejidad insoportable. Hasta cuando lo tenemos apagado ocurren en su interior fenómenos astrales.
Ayer busqué en el mío una aplicación vieja y había desaparecido. Percibí en la pantalla un punto oscuro capaz de tragarse la agenda telefónica. Llevamos en el bolsillo una galaxia sin ser conscientes de ello. Pero, hablando de aplicaciones, he aquí que un cura, Ricardo Latorre, ha inventado una que sirve para confesarse. Se llama Confesor Go y con ella puedes localizar al sacerdote más cercano. Si prefieres confesarte en inglés, al más cercano que hable inglés.
Unas aplicaciones mueren, pero nacen otras. Yo espero la aplicación total, que debe de estar al caer. La aplicación total acabará con todas las aplicaciones como ´El Quijote´ acabó con las novelas de caballerías y, si se descuida, acaba con la novela a secas.
No sabemos en qué consistirá la aplicación total, pero sí para qué serviría: para clausurar la ansiedad que nos genera el resto de las aplicaciones. Teniéndola, no necesitarías de ninguna otra al modo en que teniendo ´El Quijote´ sobran todos los libros. No lo digo yo, lo dicen los estudiosos.
De hecho, no hay novela buena que no sea un remedo de la de Cervantes. Todo el mundo quiere escribir ´El Quijote´ como todo el mundo quiere comer en Zalacaín. Pero ni ´El Quijote´ ni Zalacaín están al alcance de todas las economías.
Mientras llega la aplicación total, no tenemos otra que entretenernos en las parciales. A la que nos señala las gasolineras más cercanas y los restaurantes japoneses de los alrededores, podemos añadir ahora la de los confesionarios abiertos en las inmediaciones. E insistimos: puedes solicitar que te confiesen en inglés, lo que para algunos pecados resulta menos violento que la utilización del español. Todo lo que necesitamos se encuentra, en fin, al alcance de un clic.
Y sin embargo, cada vez que encendemos y apagamos el móvil sentimos un vacío insufrible. Menos mal que en sus entrañas también cabe ´El Quijote´.

Prehistoria

16.02.2017 | 05:30 Nada muere tanto que no pueda resucitar. Durante muchos años creímos que la realidad estaba prácticamente terminada y que además nos había salido bien, una realidad de corte y confección, diríamos, nada de prêt-à-porter o platos precocinados, no, todo a medida o recién salido del horno. Recuerden que por entones se acuñó el término «mileurista» para dar nombre a los desfavorecidos del sistema cuando ahora mismo mil euros son un salario alto. Quedaban retoques, cómo no. Siempre hay que ajustar un poco los bajos del vestido, o las mangas, o añadir un sofrito casero al caldo de pollo industrial. Y en eso estábamos, en los retoques, cuando de súbito, la pobreza y la desigualdad estallaron como una tormenta en medio de la tarde de un verano feliz.
-Que no cunda el pánico -decía el entonces presidente Zapatero-, no es más que una desaceleración.
Todo estaba en orden, pero de momento había que levantar la manta sobre la que habíamos colocado la merienda campestre y huir hacia los coches protegiéndonos de la lluvia con el periódico destinado a encender la barbacoa. Y ahí seguimos, dentro del coche, esperando que pase una tormenta de verano que no era una tormenta de verano, sino una reedición de nuestros peores fantasmas. Acababan de resucitar de golpe la posguerra, los años de la emigración, las colas frente a las oficinas del paro, los enfermos crónicos sin asistencia, la universidad para ricos, la justicia para ricos. Volvían los cirios domésticos para los cortes de la luz, el frío, las estufas de butano, los braseros de leña o de carbón, los desahucios, los plazos impagados del robot de cocina, las muertes, los catarros? Volvía el moco endémico a las narices de los niños.
Por fortuna no volvía, aún no, la inflación, que se comía el poder adquisitivo de los sueldos como la termita deglute la madera. Pero empezaban, empiezan ya, las nuevas amenazas. Nada muere tanto que no sea capaz de resucitar. La inflación, sin ir más lejos, que debilita la pensión de los jubilados, ya empieza a asomar su mano por las rendijas de la tumba. Y hasta la prehistoria se aprecia en los rostros de los refugiados que aguardan, hambrientos, a las puertas de Europa.

Las acelgas

14.02.2017 | 05:30 Mucho congreso, mucho Rajoy, mucho Iglesias, pero lo cierto es que fui al mercado y no había cola en el puesto de frutas y verduras. Por los precios. Por las heladas en Grecia, Italia e Israel, también por los temporales en España. Investigando, podemos averiguar cuántas coliflores han muerto, cuántas lechugas se malograron. Las acelgas, un plato humilde, pueden de súbito ponerse por las nubes. Yo las adoro, rehogadas con ajo. No pregunté su precio porque las vi muy tristes, más que nunca, lo que da una idea de la situación si pensamos que se trata de una verdura cuya condición es la congoja. El mercado, en general, parecía afligido. Allí donde hay que contar los céntimos para adquirir un cuarto de judías verdes, está garantizado el desconsuelo.
Tristeza de guerra o de posguerra. Vivimos una guerra de la que no somos conscientes. Se manifiesta en la desarticulación de los movimientos sociales, en el precio imposible de las alcachofas, en los salarios bajos, en la emigración forzada, en la creciente brecha entre ricos y pobres. Cada cuarto de hora, alguien te cuenta que en el último año apenas ha logrado trabajar cuatro meses; a veces, cinco; en ocasiones, solo unas semanas. ¿Y de qué vives? De la pensión del abuelo, de los ahorros de los padres, del comedor social. De la limosna, en fin. La limosna está de nuevo en vías de institucionalización.
Pero si las heladas y los temporales afectan tanto al puesto de frutas y verduras del mercado de mi barrio, ¿cómo afectará a los refugiados que duermen sobre el barro en Grecia o en Turquía? Conocemos el número de brócolis que se han perdido por culpa del mal tiempo, no el número de personas que han perdido, por congelación, los dedos de los pies, un fragmento de la nariz o la oreja derecha.
¿Cuántas orejas han echado a perder las heladas, los temporales, el granizo? Como en todas las guerras, la verdad es la primera víctima.
La información se filtra, se manipula, se desvía, la información destaca lo banal y oculta lo terrible para que la población civil no se desanime. Pero de un par de cosas puedo dar fe: de que en el puesto de frutas y verduras, cuando llegué a media mañana con ánimo de corresponsal de guerra, no había nadie. Y de que las acelgas lloraban lágrimas verdes. ¡Qué lástima!

Nada interesante

13.02.2017 | 05:30 He aquí que hace poco, en el transcurso de un congreso de cardiología celebrado en Asturias, un paciente murió a la vista de los 150 médicos inscritos mientras se le implantaba una válvula aórtica a través de un catéter. Un coágulo mandó al traste el espectáculo médico, que se retransmitía a través de una gigantesca pantalla de plasma. El paciente, pobre, tenía 86 años y quizá era la primera vez que salía en la tele. En la tele pasan pocas cosas, de ahí que cuando ocurra algo se convierta en noticia. Me lo decía el martes un amigo morboso con el que me tomaba un gin tonic en la terraza de un bar con estufas eléctricas.
-Yo cambio de canal cada poco para ver si a alguien le ocurre algo en directo.
-Algo como qué.
-No sé, un atragantamiento, una lipotimia, un ataque de angustia.
A mi amigo morboso le parece que en un aparato que funciona 24 horas al día, siete días a la semana, deberían ocurrir más accidentes. No comprende que un telediario llegue a término sin que se haya desprendido un foco del techo. Por lo tanto, más que escuchar lo que le pasa al mundo, su atención se centra en lo que les ocurre a los periodistas que cuentan lo que le pasa al mundo.
-Y nunca les ocurre nada –añade con tono de sospecha, como si ese no ocurrir fuera el resultado de una conspiración.
Le digo que hay un modo de leer novelas semejante a la forma en la que él ve la tele, es decir, no atendiendo a lo que el narrador cuenta de los personajes, sino a lo que nos relata de sí mismo.
-¿Por ejemplo? –dice.
-No sé -digo yo-, si el narrador asegura que cuando el protagonista salió a la calle hacía una tarde velazqueña, cabe suponer que conoce a Velázquez y que quizá ha estado en el Museo del Prado. Sin querer, te acaba de contar algo de sí mismo.
Mi amigo morboso asiente con la cabeza y pregunta si podría darse el caso de que el narrador muriera o fuera asesinado antes de que acabara la novela. Le digo que sí, aunque con expresión dubitativa, y él hace un gesto de desesperación, como si tampoco en las novelas sucediera nada de interés

La guerra

08.02.2017 | 05:30 Mucha gente habla ya en voz baja de la posibilidad de que el euro se vaya al carajo. Bastaría, quizá, con que Le Pen ganara las elecciones en Francia. Le pregunto a un amigo economista, que trabaja en un periódico, por qué apenas se escribe sobre esta posibilidad y me dice que por el consenso.
-¿Qué consenso?
-Bueno -añade-, se ha establecido un acuerdo tácito según el cual no debemos ni mencionar el asunto.
-¿Pero la posibilidad es real?
-Es muy real.
El euro salió de fábrica lleno de defectos, incluido el de un dispositivo clandestino que disimulaba sus emisiones de CO2. Lo del CO2 es un decir, por compararlo con los coches que polucionan más de lo que demuestran sus indicadores. Pero el euro fue desde el principio, según muchos expertos, un carburante lleno de impurezas. Comenzó su existencia encareciéndonos la vida y ahora amenaza con suicidarse para arruinárnosla. Mi amigo me habla de un sistema fiscal común que no se llevó a cabo y de otras cuestiones de orden técnico que finjo entender con asentimientos de cabeza.
El caso es que si el euro se vaporiza y no tenemos otra que regresar a la peseta, las consecuencias serán gravísimas, sobre todo para aquellas personas que tienen hipotecas.
Por lo visto, y sin que tampoco logre entenderlo del todo, éstas se pondrían por las nubes. La deuda privada (y también la pública) crecería hasta extremos insoportables, lo que implicaría una devaluación que nos haría más pobres. Significa que sería malo para los que deben dinero y para los que tienen ahorros. Eso, de entrada, pero hay otras cuestiones todavía peores que prefiero ignorar.
En realidad, prefiere ignorarlas todo el mundo. Por eso la noticia del posible regreso a la peseta apenas sale en la radio, en la tele o en los periódicos. No es que se nos haya prohibido hablar de ello públicamente, es que el horizonte resulta tan terrorífico que nos lo prohibimos a nosotros mismos. Escribo este artículo debajo de las mantas, tiritando de frío y miedo. Ha empezado una guerra que no se llama guerra, pero que mata tanto o más.

¡Qué difícil!

07.02.2017 | 05:30 Cuando se establece la distinción entre el «espíritu» y la «letra» de la ley, se quiere decir que a veces, aplicando un artículo en su literalidad, se vulnera su esencia. El juez por tanto no debe actuar de manera mecánica, como el que aplica una plantilla, sino como un intérprete capaz de traducir lo que la ordenanza quería decir cuando dijo esto o lo otro. En el fondo, se trata de una diferencia semejante a la que establecemos entre cuerpo y alma. Somos víctimas y beneficiarios de esta dualidad que metaforiza otras muchas de las que estamos constituidos: apariencia y realidad; esencia y existencia; forma y fondo, etc. Ahora bien, esto no significa que cada una de las frases que pronunciamos al cabo del día tenga un sentido literal y otro figurado, de forma que nos podamos acoger a uno u otro según nos convenga. Si yo digo que te voy a matar, lo más probable es que lo esté diciendo en sentido figurado. Pero si te digo que quedamos a las cinco en la puerta del cine significa que quedamos a las cinco en la puerta del cine.
Parece mentira que haya que recordar esto, pero nos obliga a ello el neolenguaje en curso, según el cual cuando uno afirma que la Generalitat tiene los datos fiscales de todos los habitantes de Cataluña, no ha querido afirmar que la Generalitat tiene los datos fiscales de todos los habitantes de Cataluña. Tal es al menos lo que aseguró el exjuez Santiago Vidal hace unos días.
Cierto -vino a confesar- declaré que la Generalitat disponía de los datos fiscales de todos los contribuyentes catalanes, pero no había que entender la frase en su literalidad.
¿Estamos ante un caso de cara dura o de confusión mental? Es difícil saberlo porque vivimos rodeados de caraduras y de confusos mentales. Pero no deberíamos acostumbrarnos a ello. Cuando uno, en campaña electoral, promete que bajará los impuestos, tendría que cortarse las venas en público si los sube (lo de cortarse las venas no hay que interpretarlo en su sentido literal, bastaría con que dimitiera, por ejemplo). En cualquier caso, lo que no puede de ningún modo es alegar que hablaba en sentido figurado. En la mayoría de las ocasiones, no hay sentido figurado que valga. Cuando son las diez de la noche, son las diez de la noche. No sé si nos vamos explicando.
¡Qué difícil es todo!