A ver qué hacen
Juan José Millas
20.02.2017 | 05:30
La revista Play Boy, que había renunciado a los desnudos, vuelve a
ellos. Creyeron que los cuerpos ya no vendían y resulta que sí, que el
cuerpo vende, entre otras cosas porque el espíritu no se puede
fotografiar. Lo que debe intentar la revista en esta nueva época es que
el desnudo devenga en metáfora del espíritu. Ya advertimos que no
resulta fácil. Los desfiles de moda funcionan porque tienen alma. Te
pasas media hora sentado frente a la pasarela y al cabo te levantas con
la impresión de que has asistido a un desfile de fantasmas, y no solo
por la delgadez de las modelos, sino por la extraña sintaxis que el
modisto establece entre sus cuerpos y su ropa.
Un año me
enviaron a cubrir la Semana de la Moda de París y, aunque no tenía
experiencia, comprendí de qué iba la cosa. Y la cosa iba del espíritu.
Fue como hacer una semana de ejercicios espirituales.
Del mismo
modo que hay gente que, aun vestida, parece desnuda, hay personas que,
aún desnudas, parecen vestidas. Play Boy debería reflexionar sobre estas
cuestiones fronterizas. Lo que estaba agotado, en fin, no era el
desnudo, sino el desnudo sin alma (también ha perdido interés el vestido
sin sustancia). No es lo mismo fotografiar el cuerpo como esencia que
como existencia. La mayoría de las fotografías de desnudos son de
carácter existencial. En otras palabras, identifican al modelo o a la
modelo con su cuerpo. Los buenos fotógrafos consiguen que el cuerpo sea
una mera posesión, un accidente. Lo interesante es lo que ocurre detrás
del accidente.
Todo esto suena un poco metafísico,somos
conscientes. Pero a la gente le gusta la metafísica, porque de física
estamos hasta las narices. Y en esta época, debido a los catarros, más.
Con la escritura ocurre algo parecido a lo que sucede con la fotografía.
Lo que busca el lector no es la frase, sino lo que se oculta detrás de
ella. La escritura literaria, lo hemos dicho infinidad de veces, sirve
para fingir que cuentas una cosa cuando en realidad estás hablando de
otra. La que interesa, es la otra. Una escritura visible que no contenga
otra invisible es como la fotografía de un cuerpo visible que no
contenga otro invisible. A ver cómo resuelven el dilema los de Play Boy.
Un vacío insufrible
Juan José Millás
18.02.2017 | 02:10
Hay tantas aplicaciones para el móvil como estrellas en el cielo. Y
algunas, aunque todavía brillen, están muertas. Cuando se colapsa una
estrella, aparece en su lugar un agujero negro. El móvil, en su
pequeñez, contiene un universo de una complejidad insoportable. Hasta
cuando lo tenemos apagado ocurren en su interior fenómenos astrales.
Ayer
busqué en el mío una aplicación vieja y había desaparecido. Percibí en
la pantalla un punto oscuro capaz de tragarse la agenda telefónica.
Llevamos en el bolsillo una galaxia sin ser conscientes de ello. Pero,
hablando de aplicaciones, he aquí que un cura, Ricardo Latorre, ha
inventado una que sirve para confesarse. Se llama Confesor Go y con ella
puedes localizar al sacerdote más cercano. Si prefieres confesarte en
inglés, al más cercano que hable inglés.
Unas aplicaciones
mueren, pero nacen otras. Yo espero la aplicación total, que debe de
estar al caer. La aplicación total acabará con todas las aplicaciones
como ´El Quijote´ acabó con las novelas de caballerías y, si se
descuida, acaba con la novela a secas.
No sabemos en qué
consistirá la aplicación total, pero sí para qué serviría: para
clausurar la ansiedad que nos genera el resto de las aplicaciones.
Teniéndola, no necesitarías de ninguna otra al modo en que teniendo ´El
Quijote´ sobran todos los libros. No lo digo yo, lo dicen los
estudiosos.
De hecho, no hay novela buena que no sea un remedo
de la de Cervantes. Todo el mundo quiere escribir ´El Quijote´ como todo
el mundo quiere comer en Zalacaín. Pero ni ´El Quijote´ ni Zalacaín
están al alcance de todas las economías.
Mientras llega la
aplicación total, no tenemos otra que entretenernos en las parciales. A
la que nos señala las gasolineras más cercanas y los restaurantes
japoneses de los alrededores, podemos añadir ahora la de los
confesionarios abiertos en las inmediaciones. E insistimos: puedes
solicitar que te confiesen en inglés, lo que para algunos pecados
resulta menos violento que la utilización del español. Todo lo que
necesitamos se encuentra, en fin, al alcance de un clic.
Y sin
embargo, cada vez que encendemos y apagamos el móvil sentimos un vacío
insufrible. Menos mal que en sus entrañas también cabe ´El Quijote´.
Prehistoria
Juan José Millás
16.02.2017 | 05:30
Nada muere tanto que no pueda resucitar. Durante muchos años creímos
que la realidad estaba prácticamente terminada y que además nos había
salido bien, una realidad de corte y confección, diríamos, nada de
prêt-à-porter o platos precocinados, no, todo a medida o recién salido
del horno. Recuerden que por entones se acuñó el término «mileurista»
para dar nombre a los desfavorecidos del sistema cuando ahora mismo mil
euros son un salario alto. Quedaban retoques, cómo no. Siempre hay que
ajustar un poco los bajos del vestido, o las mangas, o añadir un sofrito
casero al caldo de pollo industrial. Y en eso estábamos, en los
retoques, cuando de súbito, la pobreza y la desigualdad estallaron como
una tormenta en medio de la tarde de un verano feliz.
-Que no cunda el pánico -decía el entonces presidente Zapatero-, no es más que una desaceleración.
Todo
estaba en orden, pero de momento había que levantar la manta sobre la
que habíamos colocado la merienda campestre y huir hacia los coches
protegiéndonos de la lluvia con el periódico destinado a encender la
barbacoa. Y ahí seguimos, dentro del coche, esperando que pase una
tormenta de verano que no era una tormenta de verano, sino una reedición
de nuestros peores fantasmas. Acababan de resucitar de golpe la
posguerra, los años de la emigración, las colas frente a las oficinas
del paro, los enfermos crónicos sin asistencia, la universidad para
ricos, la justicia para ricos. Volvían los cirios domésticos para los
cortes de la luz, el frío, las estufas de butano, los braseros de leña o
de carbón, los desahucios, los plazos impagados del robot de cocina,
las muertes, los catarros? Volvía el moco endémico a las narices de los
niños.
Por fortuna no volvía, aún no, la inflación, que se comía
el poder adquisitivo de los sueldos como la termita deglute la madera.
Pero empezaban, empiezan ya, las nuevas amenazas. Nada muere tanto que
no sea capaz de resucitar. La inflación, sin ir más lejos, que debilita
la pensión de los jubilados, ya empieza a asomar su mano por las
rendijas de la tumba. Y hasta la prehistoria se aprecia en los rostros
de los refugiados que aguardan, hambrientos, a las puertas de Europa.
Las acelgas
Juan José Millás
14.02.2017 | 05:30
Mucho congreso, mucho Rajoy, mucho Iglesias, pero lo cierto es que
fui al mercado y no había cola en el puesto de frutas y verduras. Por
los precios. Por las heladas en Grecia, Italia e Israel, también por los
temporales en España. Investigando, podemos averiguar cuántas
coliflores han muerto, cuántas lechugas se malograron. Las acelgas, un
plato humilde, pueden de súbito ponerse por las nubes. Yo las adoro,
rehogadas con ajo. No pregunté su precio porque las vi muy tristes, más
que nunca, lo que da una idea de la situación si pensamos que se trata
de una verdura cuya condición es la congoja. El mercado, en general,
parecía afligido. Allí donde hay que contar los céntimos para adquirir
un cuarto de judías verdes, está garantizado el desconsuelo.
Tristeza de guerra o de posguerra. Vivimos una guerra de la que no somos
conscientes. Se manifiesta en la desarticulación de los movimientos
sociales, en el precio imposible de las alcachofas, en los salarios
bajos, en la emigración forzada, en la creciente brecha entre ricos y
pobres. Cada cuarto de hora, alguien te cuenta que en el último año
apenas ha logrado trabajar cuatro meses; a veces, cinco; en ocasiones,
solo unas semanas. ¿Y de qué vives? De la pensión del abuelo, de los
ahorros de los padres, del comedor social. De la limosna, en fin. La
limosna está de nuevo en vías de institucionalización.
Pero si
las heladas y los temporales afectan tanto al puesto de frutas y
verduras del mercado de mi barrio, ¿cómo afectará a los refugiados que
duermen sobre el barro en Grecia o en Turquía? Conocemos el número de
brócolis que se han perdido por culpa del mal tiempo, no el número de
personas que han perdido, por congelación, los dedos de los pies, un
fragmento de la nariz o la oreja derecha.
¿Cuántas orejas han
echado a perder las heladas, los temporales, el granizo? Como en todas
las guerras, la verdad es la primera víctima.
La información se
filtra, se manipula, se desvía, la información destaca lo banal y oculta
lo terrible para que la población civil no se desanime. Pero de un par
de cosas puedo dar fe: de que en el puesto de frutas y verduras, cuando
llegué a media mañana con ánimo de corresponsal de guerra, no había
nadie. Y de que las acelgas lloraban lágrimas verdes. ¡Qué lástima!
Nada interesante
Juan José Millás
13.02.2017 | 05:30
He aquí que hace poco, en el transcurso de un congreso de cardiología
celebrado en Asturias, un paciente murió a la vista de los 150 médicos
inscritos mientras se le implantaba una válvula aórtica a través de un
catéter. Un coágulo mandó al traste el espectáculo médico, que se
retransmitía a través de una gigantesca pantalla de plasma. El paciente,
pobre, tenía 86 años y quizá era la primera vez que salía en la tele.
En la tele pasan pocas cosas, de ahí que cuando ocurra algo se convierta
en noticia. Me lo decía el martes un amigo morboso con el que me tomaba
un gin tonic en la terraza de un bar con estufas eléctricas.
-Yo cambio de canal cada poco para ver si a alguien le ocurre algo en directo.
-Algo como qué.
-No sé, un atragantamiento, una lipotimia, un ataque de angustia.
A
mi amigo morboso le parece que en un aparato que funciona 24 horas al
día, siete días a la semana, deberían ocurrir más accidentes. No
comprende que un telediario llegue a término sin que se haya desprendido
un foco del techo. Por lo tanto, más que escuchar lo que le pasa al
mundo, su atención se centra en lo que les ocurre a los periodistas que
cuentan lo que le pasa al mundo.
-Y nunca les ocurre nada –añade con tono de sospecha, como si ese no ocurrir fuera el resultado de una conspiración.
Le
digo que hay un modo de leer novelas semejante a la forma en la que él
ve la tele, es decir, no atendiendo a lo que el narrador cuenta de los
personajes, sino a lo que nos relata de sí mismo.
-¿Por ejemplo? –dice.
-No
sé -digo yo-, si el narrador asegura que cuando el protagonista salió a
la calle hacía una tarde velazqueña, cabe suponer que conoce a
Velázquez y que quizá ha estado en el Museo del Prado. Sin querer, te
acaba de contar algo de sí mismo.
Mi amigo morboso asiente con la
cabeza y pregunta si podría darse el caso de que el narrador muriera o
fuera asesinado antes de que acabara la novela. Le digo que sí, aunque
con expresión dubitativa, y él hace un gesto de desesperación, como si
tampoco en las novelas sucediera nada de interés
La guerra
Juan José Millás
08.02.2017 | 05:30
Mucha gente habla ya en voz baja de la posibilidad de que el euro se
vaya al carajo. Bastaría, quizá, con que Le Pen ganara las elecciones en
Francia. Le pregunto a un amigo economista, que trabaja en un
periódico, por qué apenas se escribe sobre esta posibilidad y me dice
que por el consenso.
-¿Qué consenso?
-Bueno -añade-, se ha establecido un acuerdo tácito según el cual no debemos ni mencionar el asunto.
-¿Pero la posibilidad es real?
-Es muy real.
El
euro salió de fábrica lleno de defectos, incluido el de un dispositivo
clandestino que disimulaba sus emisiones de CO2. Lo del CO2 es un decir,
por compararlo con los coches que polucionan más de lo que demuestran
sus indicadores. Pero el euro fue desde el principio, según muchos
expertos, un carburante lleno de impurezas. Comenzó su existencia
encareciéndonos la vida y ahora amenaza con suicidarse para
arruinárnosla. Mi amigo me habla de un sistema fiscal común que no se
llevó a cabo y de otras cuestiones de orden técnico que finjo entender
con asentimientos de cabeza.
El caso es que si el euro se
vaporiza y no tenemos otra que regresar a la peseta, las consecuencias
serán gravísimas, sobre todo para aquellas personas que tienen
hipotecas.
Por lo visto, y sin que tampoco logre entenderlo del
todo, éstas se pondrían por las nubes. La deuda privada (y también la
pública) crecería hasta extremos insoportables, lo que implicaría una
devaluación que nos haría más pobres. Significa que sería malo para los
que deben dinero y para los que tienen ahorros. Eso, de entrada, pero
hay otras cuestiones todavía peores que prefiero ignorar.
En
realidad, prefiere ignorarlas todo el mundo. Por eso la noticia del
posible regreso a la peseta apenas sale en la radio, en la tele o en los
periódicos. No es que se nos haya prohibido hablar de ello
públicamente, es que el horizonte resulta tan terrorífico que nos lo
prohibimos a nosotros mismos. Escribo este artículo debajo de las
mantas, tiritando de frío y miedo. Ha empezado una guerra que no se
llama guerra, pero que mata tanto o más.
¡Qué difícil!
Juan José Millás
07.02.2017 | 05:30
Cuando se establece la distinción entre el «espíritu» y la «letra» de
la ley, se quiere decir que a veces, aplicando un artículo en su
literalidad, se vulnera su esencia. El juez por tanto no debe actuar de
manera mecánica, como el que aplica una plantilla, sino como un
intérprete capaz de traducir lo que la ordenanza quería decir cuando
dijo esto o lo otro. En el fondo, se trata de una diferencia semejante a
la que establecemos entre cuerpo y alma. Somos víctimas y beneficiarios
de esta dualidad que metaforiza otras muchas de las que estamos
constituidos: apariencia y realidad; esencia y existencia; forma y
fondo, etc. Ahora bien, esto no significa que cada una de las frases que
pronunciamos al cabo del día tenga un sentido literal y otro figurado,
de forma que nos podamos acoger a uno u otro según nos convenga. Si yo
digo que te voy a matar, lo más probable es que lo esté diciendo en
sentido figurado. Pero si te digo que quedamos a las cinco en la puerta
del cine significa que quedamos a las cinco en la puerta del cine.
Parece
mentira que haya que recordar esto, pero nos obliga a ello el
neolenguaje en curso, según el cual cuando uno afirma que la Generalitat
tiene los datos fiscales de todos los habitantes de Cataluña, no ha
querido afirmar que la Generalitat tiene los datos fiscales de todos los
habitantes de Cataluña. Tal es al menos lo que aseguró el exjuez
Santiago Vidal hace unos días.
Cierto -vino a confesar- declaré
que la Generalitat disponía de los datos fiscales de todos los
contribuyentes catalanes, pero no había que entender la frase en su
literalidad.
¿Estamos ante un caso de cara dura o de confusión
mental? Es difícil saberlo porque vivimos rodeados de caraduras y de
confusos mentales. Pero no deberíamos acostumbrarnos a ello. Cuando uno,
en campaña electoral, promete que bajará los impuestos, tendría que
cortarse las venas en público si los sube (lo de cortarse las venas no
hay que interpretarlo en su sentido literal, bastaría con que dimitiera,
por ejemplo). En cualquier caso, lo que no puede de ningún modo es
alegar que hablaba en sentido figurado. En la mayoría de las ocasiones,
no hay sentido figurado que valga. Cuando son las diez de la noche, son
las diez de la noche. No sé si nos vamos explicando.
¡Qué difícil es todo!