No molestar

13.06.2017 | 05:30
Como no somos muy listos, necesitamos ayuda. Para eso está, por ejemplo, el Tribunal Constitucional. ¿Tienes dudas acerca del significado de tal cual artículo de la Carta Magna? Acudes a los jueces del TC y en dos, tres años, o cinco años, no sé, te lo aclaran. Como acabo de decir, no somos listos, pero tampoco somos tan bobos como para no haber comprendido en su momento que la amnistía fiscal de Montoro era una amnistía fiscal pensada para gente que siempre cae de pie porque tiene influencias. Sabíamos, como ahora nos confirman los sabios, que «supone la abdicación del Estado ante su obligación de hacer efectivo el deber de todos de concurrir al sostenimiento de los gastos». Quizá no habríamos sabido expresarlo de una forma tan clara (aunque habríamos evitado la rima entre dos palabras tan próximas «abdicación» y «obligación»), pero en el fondo, aun sin utilizar palabra alguna, teníamos la seguridad de que se estaba premiando a los defraudadores y humillando por tanto a quienes por estas fechas cumplimos con nuestras obligaciones fiscales.
No somos muy inteligentes, ya digo, pero tampoco somos completamente idiotas. Significa que ya entonces, con varios años de adelanto sobre el Constitucional, nos pareció que con aquella amnistía se legitimaba la conducta de los evasores.
No necesitamos darnos el tiempo que se han dado los jueces. Fue leer la noticia y decir: «Aquí hay gato encerrado». Y había gato encerrado, en efecto: el que acaba de liberar el TC. Lo de liberarlo es un forma de hablar, porque está muerto. No se puede tener a un bicho cinco años en una cajón, al menos que se trate del gato de Schrödinger, que era un animal teórico. Los de carne y hueso son menos resistentes. De hecho, la sentencia del Alto Tribunal no tendrá efecto alguno sobre los que «regularizaron» su situación. Afecta únicamente a la dignidad de quienes cumplimos y a la indignidad de Montoro, que debería dimitir. Pero volvamos al asunto del principio. Hay cuestiones para las que no necesitamos la orientación de ningún sabio, y este es uno de ellos. Significa que deberíamos confiar más en nuestras intuiciones y no molestar a gente ocupada con nuestras inseguridades.

Las manías

12.06.2017 | 05:30
Puede haber un hormiguero de dos hormigas? Esto es lo que discutían acaloradamente, de madrugada, en la radio, un hombre y una mujer. La mujer aseguraba que sí y el hombre que no.
–¿Pues cuántas hormigas hacen falta? –preguntaba ella.
–Millones –respondió él.
Eran las tres de la mañana y me acababa de tomar un ansiolítico, el segundo de la noche, que comenzó a hacerme efecto enseguida, de modo que apagué la radio e intenté imaginar un hormiguero de dos hormigas. Entonces me vino a la memoria aquella película, 'La extraña pareja', en la que Jack Lemmon y Walter Matthau intentaban conciliar sus manías en un piso de tres habitaciones. Las manías, pensé, son producto del espacio libre. En un hormiguero de 18 millones de hormigas, que es más o menos normal, no hay manías que valgan. Cada una va a lo suyo, que es lo de todas, y nadie protesta porque el cuarto de baño esté ocupado.
Creo que dos hormigas solas desarrollarían manías incompatibles con la vida en común, de modo que acabarían poniendo un tabique para aislarse la una de la otra. ¿Puede entonces haber un hormiguero de una sola hormiga? Quizá sí, no sé. Me acordé entonces de que el día anterior, dando una vuelta por el parque, sorprendí a una hormiga arrastrando penosamente la colilla de un porro. Lo curioso es que se desvió de la columna que formaban sus congéneres, como si los restos de la marihuana le hubieran hecho efecto, y se aventuró por un camino solitario, seguramente en busca de una intimidad de la que carecía en el hormiguero.

Quizá esa hormiga construyó un hormiguero propio y tal vez, por una de esas cosas de los estupefacientes, adquirió de súbito conciencia de sí misma. Me la imaginaba yendo de un lado a otro de la cueva diciéndose «soy yo, soy yo, por fin soy yo». La idea me desveló, pese a los ansiolíticos, y tuve que levantarme de la cama. Me dirigí a la cocina preguntándome si yo era yo o una hormiga que acaba de adquirir conciencia de sí misma y bebí un vaso de agua (los ansiolíticos resecan). Luego estuve viendo hormigueros en YouTube hasta el amanecer.

El 'Titanic'

05.06.2017 | 05:30
Se afianza el «Sálvese quien pueda» como forma de vida. Muchos de los condenados o investigados por corrupción fueron el producto del «Sálvese quien pueda». El producto y el origen. Pregonaron esa filosofía de la vida de la que luego fueron víctimas. De ahí que hayan acabado en las mismas cárceles cuyas primeras piedras colocaron con sus manos. Gritaron «Muera el Estado» y se entregaron a la rapiña. La gente honrada, en cambio, se puso a la cola (a la del paro, a la del ministerio de Trabajo, a la del subsidio) sin percatarse de que los ministerios y las direcciones generales eran meras conchas vacías. El caracol se había largado con la nómina del mes. Algunos, ingenuamente, todavía siguen a la cola porque por la tele sale un señor que asegura ser el presidente del Gobierno.
Pero el presidente del Gobierno es el principal valedor del «Sálvese quien pueda». De hecho, para que le aprobaran los presupuestos, ha llevado a cabo una subasta vergonzosa. Estamos ante un panorama de codazos, empujones y avalanchas en las que caeremos como moscas. La actitud más decente, cuando uno escucha ese grito, es ponerse a tocar el violín, como hicieron los músicos del 'Titanic'.

Pero hay que tener mucha sangre fría para tocar el violín en medio del pánico, que es donde nos hallamos ahora, buscando el modo de salir adelante de forma individual porque han desaparecido las soluciones colectivas. «Sea usted emprendedor», nos aconsejan.
El emprendimiento, cuando se da en cantidades patológicas, constituye una forma de salvación individual. No hay espacio para tantos emprendedores, de ahí los codazos, los empujones y las avalanchas mortales ante las puertas de emergencia.
Se pregunta uno si el sentido de la vida debe ser una conquista de orden personal o si el Estado tiene algo que ver en ella. Hay países en los que la felicidad de sus habitantes forma parte del PIB. Y forma parte del PIB porque la suma de las felicidades individuales da lugar a un espacio público amable, en el que nadie arranca un ojo a otro para tener dos. Significa que es preciso hallar un equilibrio entre lo que pone uno y lo que pone el Estado. Cuando el Estado no pone nada, aparece el «Sálvese quien pueda».

Chapuzón de verano

03.06.2017 | 01:13
Me pregunto qué ocurriría si los billetes de banco que los millonarios mueven de un continente a otro se hundieran en el mar como los refugiados que huyen del hambre y de las guerras. ¿Qué pasaría si en los servicios de ayuda marítima italianos o españoles se recibiera de súbito una llamada alertando sobre la existencia de una barcaza cargada con billetes de 500 euros, propiedad de uno de los cincuenta hombres más ricos de este mundo? Está claro que no se perdería ni un céntimo porque se pondrían los medios para que el dinero circulara sin correr riesgo alguno. De hecho, ya circula así. La globalización ha hallado el modo de que la pasta, incluso la pasta ilegal, se mueva sin problemas de Madrid a Andorra y de Andorra a Singapur, y de Singapur a Delaware. A veces, da la vuelta al mundo en cuestión de minutos y regresa al punto de partida multiplicada por 10 o por 15, según, no sabemos de qué depende. Un emigrante, en cambio, que recorra media África a pie con su familia para alcanzar un lugar seguro, puede llegar a destino con su cuerpo o con su familia mutilada.
Significa que la globalización está pensada para quien está pensada. Mientras el mar se traga a las personas, muchas veces con nuestra ayuda, los euros viajan en primera clase, recibiendo un tratamiento de verdaderos dioses. Y eso, insistimos, vale lo mismo para el dinero blanco que para el dinero negro. Muchos de los chorizos que ahora mismo se encuentran en prisión preventiva por un rosario de delitos que van del cohecho al alzamiento de bienes, y del alzamiento de bienes al blanqueo, continúan cambiando su dinero de lugar para disponer de un plan de pensiones cuando salgan. Esto ocurre, insistimos, al mismo tiempo que decenas de barcas o cayucos naufragan en el Mediterráneo mientras las fuerzas de salvamento italianas les dicen que llamen a Malta y Malta les dice que telefoneen a Italia.
–Es que se me acaba la batería –suplica el náufrago con desesperación.
–Pues llámeles a gritos.
El resultado final es el de un grupo de cadáveres, muchos de ellos niños, flotando en las mismas aguas en las que nos daremos un chapuzón este verano.

Cólera

31.05.2017 | 05:30
Hace poco, en la localidad de Torrejón de Ardoz, muy cerca de Madrid, un chaval de 18 años mató de un puñetazo a un anciano de 81 que se ayudaba para andar de un bastón. Por lo visto, el anciano se disponía a cruzar un paso de cebra, cuando el coche del joven pasó a gran velocidad. Inmediatamente, y al observar los gestos de protesta del viejo, el agresor detuvo el automóvil, se bajó, y mató, como decimos, al señor del bastón. Escuché la noticia por la radio y luego la leí con creciente asombro en el periódico. Siempre he sentido espanto ante la violencia física, pero el espanto se multiplica cuando a la tragedia se le añade la banalidad. ¿Qué tenía que demostrar o demostrarse ese joven para enfrentarse a un tipo desvalido, que además venía de la farmacia? ¿Con qué fuerza le atizó para que el anciano cayera hacia atrás, golpeándose en la nuca contra el suelo? ¿Escuchó el ruido de la cabeza al quebrarse contra el asfalto? ¿Se dio cuenta de que al romper ese cráneo estaba destrozando también su vida?
No lo sabemos. Lo cierto es que abandonó al herido y huyó. Horas después, al enterarse de que la policía seguía su pista gracias a la descripción de los testigos, se presentó de forma voluntaria y lo detuvieron, claro. Ahí debe de estar, en el calabozo, jugando a rebobinar los últimos días de su existencia, imaginando cómo actuaría ahora, conociendo el final de su hazaña. Quizá se vea deteniéndose amablemente frente al paso de cebra. Tal vez no, tal vez en su fantasía se salta el paso de peatones, pero sigue su camino sin prestar atención a los gestos de protesta del anciano, al que aún puede ver por el retrovisor. De las fantasías de la víctima no podemos aventurar nada: está muerta. Un abrazo a su familiares, pues, y que la tierra le sea leve.

Estos días, hablando aquí y allá acerca de mi última novela, ha salido a relucir en algunas entrevistas el asunto de los futuribles. ¿Qué habría ocurrido si uno hubiera salido un minuto antes o un minuto después de casa? A veces, bastan unos segundos de diferencia para cambiar la historia. Pero lo que en este caso nos inquieta más no es el tiempo, que habría podido cambiarlo todo, desde luego, sino la rabia que había en ese chico para perpetrar un acto de esa naturaleza. ¿Dónde nace esa cólera cada vez más extendida? ¿Cómo hacerle frente?

Problemas psicológicos

28.05.2017 | 05:30
Vi la foto de un ratón al que habían trasplantado la cabeza de otro sin eliminarle la original. Un ratón con mucha cabeza, pensé, mientras mis ojos se deslizaban hacia la noticia. La cabeza del donante vivió 36 horas durante las que llevó a cabo las funciones de cualquier cabeza. Ignoramos cómo se comunicó con la ya existente, si llegó a darse la comunicación, o si se pusieron de acuerdo para, a la hora de manejar el cuerpo, cederse alternativamente los mandos. La idea platoniana o platónica del «yo» como mero pasajero del cuerpo se afianza en la ficción y en la realidad. En la ficción, con la película «Déjame salir», de gran éxito, y en la realidad con experimentos como el citado más arriba.
Uno de los neurocirujanos responsables del ensayo asegura que en unos meses podrá llevar a cabo un trasplante de cabeza humana a un cuerpo sano que la haya perdido. Tras la operación, al paciente se le inducirá un coma de un mes, al objeto de que no se mueva, y luego se le despertará con el nuevo organismo, al que deberá adaptarse con ejercicios de rehabilitación.

Si el cuerpo ha cambiado de conductor, lo lógico es que el nuevo chofer se acostumbre a la dureza del embrague o a las particularidades del cambio de marcha. ¿Y la identidad? La identidad reside en la cabeza, claro, pero algo influye el cuerpo. Hay gente que cambia de carácter cuando da el salto de un Seat Toledo a un BMW. O viceversa.
Aceptamos ya como normales los trasplantes de hígado, de páncreas, de riñones, de corazón. Un forofo del Real Madrid puede vivir sin problemas con el hígado de un seguidor del Atlético. Y un militante del PP con un páncreas de uno del PSOE. Las vísceras (pese a la mala fama de «lo visceral») no conocen colores. Su trabajo es puramente técnico y lo realizan allá donde las colocan si las condiciones son las que deben ser. Ahora bien, un cuerpo, un cuerpo entero, desde el cuello hasta los pies, con su estómago y sus intestinos y sus alveolos pulmonares? Parte de la subjetividad de cada uno tiene que ver con el cuerpo que le ha caído en suerte. Creo yo. De ahí que se trate de un trasplante con complicaciones psicológicas de las que carecen los anteriores. De momento, a mí, la imagen del ratón me ha trastornado un poco.

El dictador

27.05.2017 | 05:30
El domingo 21, casi al mismo tiempo que el Madrid ganaba la Liga, Pedro Sánchez asaltaba la Secretaría General del PSOE. Los medios de comunicación no sabían a qué suceso dar prioridad. Ambos, aunque de naturaleza tan diferente, habían generado muchas expectativas. Había, en fin, un público deseando escuchar las primeras declaraciones de Zidane, y, otro, muy pendiente de las de Sánchez. A veces, esos dos públicos convivían en el mismo cuerpo. ¿A qué atender, pues, a qué conceder el protagonismo informativo? El mando a distancia del televisor se convirtió en el verdadero objeto del deseo de las familias. Las pantallas cambiaban de La Sexta, que ofreció una cobertura completa de lo que ocurría en Ferraz, a los telediarios convencionales, en los que se dedicaba un espacio considerable al fútbol.
Mi impresión general es que, tanto en las emisoras de radio como en las de TV, ganó la batalla el fútbol. Y bien, el Real Madrid se alzó con el trofeo, vale. Eso no cambiará nuestras vidas en los próximos meses o años. El éxito, en cambio, de Pedro Sánchez alterará el mapa político hasta extremos que ahora mismo no somos capaces de imaginar. No es que se vaya a producir una revolución ni nada parecido, pero no hay duda de que se modificarán los equilibrios que venían manteniéndose hasta ahora en el Parlamento. Las dificultades del gobierno de Rajoy aumentarán y no es descartable un adelanto de las elecciones. España entera, en fin, y no solo el PSOE, se jugaba algo en esas primarias que tanto ruido hicieron y continúan haciendo.
Pero la batalla informativa, la noche de autos, la ganó en fútbol. Y al día siguiente, en la celebración que los merengues llevaron a cabo en la plaza de la Cibeles, había más gente que en la manifestación convocada por Podemos en la Puerta del Sol dos días antes. No sabe uno qué pensar de todo esto. Si hubiéramos vivido bajo una dictadura, habríamos achacado a una orden del dictador la rareza de que los medios eligieran el deporte como la noticia de la jornada. Pero no es el caso. Los medios pudieron elegir en libertad qué suceso destacar sobre el otro. Debemos deducir, pues, que cada uno de nosotros lleva dentro un pequeño dictador que proporciona relevancia a lo que no la tiene.