No molestar
Juan José Millás
13.06.2017 | 05:30
Como no somos muy listos, necesitamos ayuda. Para eso está, por
ejemplo, el Tribunal Constitucional. ¿Tienes dudas acerca del
significado de tal cual artículo de la Carta Magna? Acudes a los jueces
del TC y en dos, tres años, o cinco años, no sé, te lo aclaran. Como
acabo de decir, no somos listos, pero tampoco somos tan bobos como para
no haber comprendido en su momento que la amnistía fiscal de Montoro era
una amnistía fiscal pensada para gente que siempre cae de pie porque
tiene influencias. Sabíamos, como ahora nos confirman los sabios, que
«supone la abdicación del Estado ante su obligación de hacer efectivo el
deber de todos de concurrir al sostenimiento de los gastos». Quizá no
habríamos sabido expresarlo de una forma tan clara (aunque habríamos
evitado la rima entre dos palabras tan próximas «abdicación» y
«obligación»), pero en el fondo, aun sin utilizar palabra alguna,
teníamos la seguridad de que se estaba premiando a los defraudadores y
humillando por tanto a quienes por estas fechas cumplimos con nuestras
obligaciones fiscales.
No somos muy inteligentes, ya digo, pero
tampoco somos completamente idiotas. Significa que ya entonces, con
varios años de adelanto sobre el Constitucional, nos pareció que con
aquella amnistía se legitimaba la conducta de los evasores.
No
necesitamos darnos el tiempo que se han dado los jueces. Fue leer la
noticia y decir: «Aquí hay gato encerrado». Y había gato encerrado, en
efecto: el que acaba de liberar el TC. Lo de liberarlo es un forma de
hablar, porque está muerto. No se puede tener a un bicho cinco años en
una cajón, al menos que se trate del gato de Schrödinger, que era un
animal teórico. Los de carne y hueso son menos resistentes. De hecho, la
sentencia del Alto Tribunal no tendrá efecto alguno sobre los que
«regularizaron» su situación. Afecta únicamente a la dignidad de quienes
cumplimos y a la indignidad de Montoro, que debería dimitir. Pero
volvamos al asunto del principio. Hay cuestiones para las que no
necesitamos la orientación de ningún sabio, y este es uno de ellos.
Significa que deberíamos confiar más en nuestras intuiciones y no
molestar a gente ocupada con nuestras inseguridades.
Las manías
Juan José Millás
12.06.2017 | 05:30
Puede haber un hormiguero de dos hormigas? Esto es lo que discutían
acaloradamente, de madrugada, en la radio, un hombre y una mujer. La
mujer aseguraba que sí y el hombre que no.
–¿Pues cuántas hormigas hacen falta? –preguntaba ella.
–Millones –respondió él.
Eran
las tres de la mañana y me acababa de tomar un ansiolítico, el segundo
de la noche, que comenzó a hacerme efecto enseguida, de modo que apagué
la radio e intenté imaginar un hormiguero de dos hormigas. Entonces me
vino a la memoria aquella película, 'La extraña pareja', en la que Jack
Lemmon y Walter Matthau intentaban conciliar sus manías en un piso de
tres habitaciones. Las manías, pensé, son producto del espacio libre. En
un hormiguero de 18 millones de hormigas, que es más o menos normal, no
hay manías que valgan. Cada una va a lo suyo, que es lo de todas, y
nadie protesta porque el cuarto de baño esté ocupado.
Creo que
dos hormigas solas desarrollarían manías incompatibles con la vida en
común, de modo que acabarían poniendo un tabique para aislarse la una de
la otra. ¿Puede entonces haber un hormiguero de una sola hormiga? Quizá
sí, no sé. Me acordé entonces de que el día anterior, dando una vuelta
por el parque, sorprendí a una hormiga arrastrando penosamente la
colilla de un porro. Lo curioso es que se desvió de la columna que
formaban sus congéneres, como si los restos de la marihuana le hubieran
hecho efecto, y se aventuró por un camino solitario, seguramente en
busca de una intimidad de la que carecía en el hormiguero.
Quizá
esa hormiga construyó un hormiguero propio y tal vez, por una de esas
cosas de los estupefacientes, adquirió de súbito conciencia de sí misma.
Me la imaginaba yendo de un lado a otro de la cueva diciéndose «soy yo,
soy yo, por fin soy yo». La idea me desveló, pese a los ansiolíticos, y
tuve que levantarme de la cama. Me dirigí a la cocina preguntándome si
yo era yo o una hormiga que acaba de adquirir conciencia de sí misma y
bebí un vaso de agua (los ansiolíticos resecan). Luego estuve viendo
hormigueros en YouTube hasta el amanecer.
El 'Titanic'
Juan José Millás
05.06.2017 | 05:30
Se afianza el «Sálvese quien pueda» como forma de vida. Muchos de los
condenados o investigados por corrupción fueron el producto del
«Sálvese quien pueda». El producto y el origen. Pregonaron esa filosofía
de la vida de la que luego fueron víctimas. De ahí que hayan acabado en
las mismas cárceles cuyas primeras piedras colocaron con sus manos.
Gritaron «Muera el Estado» y se entregaron a la rapiña. La gente
honrada, en cambio, se puso a la cola (a la del paro, a la del
ministerio de Trabajo, a la del subsidio) sin percatarse de que los
ministerios y las direcciones generales eran meras conchas vacías. El
caracol se había largado con la nómina del mes. Algunos, ingenuamente,
todavía siguen a la cola porque por la tele sale un señor que asegura
ser el presidente del Gobierno.
Pero el presidente del Gobierno
es el principal valedor del «Sálvese quien pueda». De hecho, para que le
aprobaran los presupuestos, ha llevado a cabo una subasta vergonzosa.
Estamos ante un panorama de codazos, empujones y avalanchas en las que
caeremos como moscas. La actitud más decente, cuando uno escucha ese
grito, es ponerse a tocar el violín, como hicieron los músicos del
'Titanic'.
Pero hay que tener mucha sangre fría para tocar
el violín en medio del pánico, que es donde nos hallamos ahora, buscando
el modo de salir adelante de forma individual porque han desaparecido
las soluciones colectivas. «Sea usted emprendedor», nos aconsejan.
El
emprendimiento, cuando se da en cantidades patológicas, constituye una
forma de salvación individual. No hay espacio para tantos emprendedores,
de ahí los codazos, los empujones y las avalanchas mortales ante las
puertas de emergencia.
Se pregunta uno si el sentido de la vida
debe ser una conquista de orden personal o si el Estado tiene algo que
ver en ella. Hay países en los que la felicidad de sus habitantes forma
parte del PIB. Y forma parte del PIB porque la suma de las felicidades
individuales da lugar a un espacio público amable, en el que nadie
arranca un ojo a otro para tener dos. Significa que es preciso hallar un
equilibrio entre lo que pone uno y lo que pone el Estado. Cuando el
Estado no pone nada, aparece el «Sálvese quien pueda».
Chapuzón de verano
Juan José Millás
03.06.2017 | 01:13
Me pregunto qué ocurriría si los billetes de banco que los
millonarios mueven de un continente a otro se hundieran en el mar como
los refugiados que huyen del hambre y de las guerras. ¿Qué pasaría si en
los servicios de ayuda marítima italianos o españoles se recibiera de
súbito una llamada alertando sobre la existencia de una barcaza cargada
con billetes de 500 euros, propiedad de uno de los cincuenta hombres más
ricos de este mundo? Está claro que no se perdería ni un céntimo porque
se pondrían los medios para que el dinero circulara sin correr riesgo
alguno. De hecho, ya circula así. La globalización ha hallado el modo de
que la pasta, incluso la pasta ilegal, se mueva sin problemas de Madrid
a Andorra y de Andorra a Singapur, y de Singapur a Delaware. A veces,
da la vuelta al mundo en cuestión de minutos y regresa al punto de
partida multiplicada por 10 o por 15, según, no sabemos de qué depende.
Un emigrante, en cambio, que recorra media África a pie con su familia
para alcanzar un lugar seguro, puede llegar a destino con su cuerpo o
con su familia mutilada.
Significa que la globalización está
pensada para quien está pensada. Mientras el mar se traga a las
personas, muchas veces con nuestra ayuda, los euros viajan en primera
clase, recibiendo un tratamiento de verdaderos dioses. Y eso,
insistimos, vale lo mismo para el dinero blanco que para el dinero
negro. Muchos de los chorizos que ahora mismo se encuentran en prisión
preventiva por un rosario de delitos que van del cohecho al alzamiento
de bienes, y del alzamiento de bienes al blanqueo, continúan cambiando
su dinero de lugar para disponer de un plan de pensiones cuando salgan.
Esto ocurre, insistimos, al mismo tiempo que decenas de barcas o cayucos
naufragan en el Mediterráneo mientras las fuerzas de salvamento
italianas les dicen que llamen a Malta y Malta les dice que telefoneen a
Italia.
–Es que se me acaba la batería –suplica el náufrago con desesperación.
–Pues llámeles a gritos.
El
resultado final es el de un grupo de cadáveres, muchos de ellos niños,
flotando en las mismas aguas en las que nos daremos un chapuzón este
verano.
Cólera
Juan José Millás
31.05.2017 | 05:30
Hace poco, en la localidad de Torrejón de Ardoz, muy cerca de Madrid,
un chaval de 18 años mató de un puñetazo a un anciano de 81 que se
ayudaba para andar de un bastón. Por lo visto, el anciano se disponía a
cruzar un paso de cebra, cuando el coche del joven pasó a gran
velocidad. Inmediatamente, y al observar los gestos de protesta del
viejo, el agresor detuvo el automóvil, se bajó, y mató, como decimos, al
señor del bastón. Escuché la noticia por la radio y luego la leí con
creciente asombro en el periódico. Siempre he sentido espanto ante la
violencia física, pero el espanto se multiplica cuando a la tragedia se
le añade la banalidad. ¿Qué tenía que demostrar o demostrarse ese joven
para enfrentarse a un tipo desvalido, que además venía de la farmacia?
¿Con qué fuerza le atizó para que el anciano cayera hacia atrás,
golpeándose en la nuca contra el suelo? ¿Escuchó el ruido de la cabeza
al quebrarse contra el asfalto? ¿Se dio cuenta de que al romper ese
cráneo estaba destrozando también su vida?
No lo sabemos. Lo
cierto es que abandonó al herido y huyó. Horas después, al enterarse de
que la policía seguía su pista gracias a la descripción de los testigos,
se presentó de forma voluntaria y lo detuvieron, claro. Ahí debe de
estar, en el calabozo, jugando a rebobinar los últimos días de su
existencia, imaginando cómo actuaría ahora, conociendo el final de su
hazaña. Quizá se vea deteniéndose amablemente frente al paso de cebra.
Tal vez no, tal vez en su fantasía se salta el paso de peatones, pero
sigue su camino sin prestar atención a los gestos de protesta del
anciano, al que aún puede ver por el retrovisor. De las fantasías de la
víctima no podemos aventurar nada: está muerta. Un abrazo a su
familiares, pues, y que la tierra le sea leve.
Estos días,
hablando aquí y allá acerca de mi última novela, ha salido a relucir en
algunas entrevistas el asunto de los futuribles. ¿Qué habría ocurrido si
uno hubiera salido un minuto antes o un minuto después de casa? A
veces, bastan unos segundos de diferencia para cambiar la historia. Pero
lo que en este caso nos inquieta más no es el tiempo, que habría podido
cambiarlo todo, desde luego, sino la rabia que había en ese chico para
perpetrar un acto de esa naturaleza. ¿Dónde nace esa cólera cada vez más
extendida? ¿Cómo hacerle frente?
Problemas psicológicos
Juan José Millás
28.05.2017 | 05:30
Vi la foto de un ratón al que habían trasplantado la cabeza de otro
sin eliminarle la original. Un ratón con mucha cabeza, pensé, mientras
mis ojos se deslizaban hacia la noticia. La cabeza del donante vivió 36
horas durante las que llevó a cabo las funciones de cualquier cabeza.
Ignoramos cómo se comunicó con la ya existente, si llegó a darse la
comunicación, o si se pusieron de acuerdo para, a la hora de manejar el
cuerpo, cederse alternativamente los mandos. La idea platoniana o
platónica del «yo» como mero pasajero del cuerpo se afianza en la
ficción y en la realidad. En la ficción, con la película «Déjame salir»,
de gran éxito, y en la realidad con experimentos como el citado más
arriba.
Uno de los neurocirujanos responsables del ensayo
asegura que en unos meses podrá llevar a cabo un trasplante de cabeza
humana a un cuerpo sano que la haya perdido. Tras la operación, al
paciente se le inducirá un coma de un mes, al objeto de que no se mueva,
y luego se le despertará con el nuevo organismo, al que deberá
adaptarse con ejercicios de rehabilitación.
Si el cuerpo ha
cambiado de conductor, lo lógico es que el nuevo chofer se acostumbre a
la dureza del embrague o a las particularidades del cambio de marcha.
¿Y la identidad? La identidad reside en la cabeza, claro, pero algo
influye el cuerpo. Hay gente que cambia de carácter cuando da el salto
de un Seat Toledo a un BMW. O viceversa.
Aceptamos ya como
normales los trasplantes de hígado, de páncreas, de riñones, de corazón.
Un forofo del Real Madrid puede vivir sin problemas con el hígado de un
seguidor del Atlético. Y un militante del PP con un páncreas de uno del
PSOE. Las vísceras (pese a la mala fama de «lo visceral») no conocen
colores. Su trabajo es puramente técnico y lo realizan allá donde las
colocan si las condiciones son las que deben ser. Ahora bien, un cuerpo,
un cuerpo entero, desde el cuello hasta los pies, con su estómago y sus
intestinos y sus alveolos pulmonares? Parte de la subjetividad de cada
uno tiene que ver con el cuerpo que le ha caído en suerte. Creo yo. De
ahí que se trate de un trasplante con complicaciones psicológicas de las
que carecen los anteriores. De momento, a mí, la imagen del ratón me ha
trastornado un poco.
El dictador
Juan José Millás
27.05.2017 | 05:30
El domingo 21, casi al mismo tiempo que el Madrid ganaba la Liga,
Pedro Sánchez asaltaba la Secretaría General del PSOE. Los medios de
comunicación no sabían a qué suceso dar prioridad. Ambos, aunque de
naturaleza tan diferente, habían generado muchas expectativas. Había, en
fin, un público deseando escuchar las primeras declaraciones de Zidane,
y, otro, muy pendiente de las de Sánchez. A veces, esos dos públicos
convivían en el mismo cuerpo. ¿A qué atender, pues, a qué conceder el
protagonismo informativo? El mando a distancia del televisor se
convirtió en el verdadero objeto del deseo de las familias. Las
pantallas cambiaban de La Sexta, que ofreció una cobertura completa de
lo que ocurría en Ferraz, a los telediarios convencionales, en los que
se dedicaba un espacio considerable al fútbol.
Mi impresión
general es que, tanto en las emisoras de radio como en las de TV, ganó
la batalla el fútbol. Y bien, el Real Madrid se alzó con el trofeo,
vale. Eso no cambiará nuestras vidas en los próximos meses o años. El
éxito, en cambio, de Pedro Sánchez alterará el mapa político hasta
extremos que ahora mismo no somos capaces de imaginar. No es que se vaya
a producir una revolución ni nada parecido, pero no hay duda de que se
modificarán los equilibrios que venían manteniéndose hasta ahora en el
Parlamento. Las dificultades del gobierno de Rajoy aumentarán y no es
descartable un adelanto de las elecciones. España entera, en fin, y no
solo el PSOE, se jugaba algo en esas primarias que tanto ruido hicieron y
continúan haciendo.
Pero la batalla informativa, la noche de
autos, la ganó en fútbol. Y al día siguiente, en la celebración que los
merengues llevaron a cabo en la plaza de la Cibeles, había más gente que
en la manifestación convocada por Podemos en la Puerta del Sol dos días
antes. No sabe uno qué pensar de todo esto. Si hubiéramos vivido bajo
una dictadura, habríamos achacado a una orden del dictador la rareza de
que los medios eligieran el deporte como la noticia de la jornada. Pero
no es el caso. Los medios pudieron elegir en libertad qué suceso
destacar sobre el otro. Debemos deducir, pues, que cada uno de nosotros
lleva dentro un pequeño dictador que proporciona relevancia a lo que no
la tiene.