Cómo explicarlo
Juan José Millás
08.08.2017 | 00:15
Cuando solo tienes un par de zapatos, constituye un gasto imprevisto
que a uno de ellos se le despegue la suela. Si extravías el único par de
gafas que posees, ahí aparece otra sangría súbita. Si te despiertas con
dolor de muelas y careces de una caja de resistencia para desembolsos
accidentales, procura continuar durmiendo. O fíngelo, a ver si funciona.
Si aparece una humedad en el
techo de la cocina y el vecino de arriba no tiene seguro, si se estropea
la cisterna del retrete, si la nevera deja de enfriar, si el
microondas, si la lavadora, si la cerradura de la puerta, si el
esguince... Gastos imprevistos no significa gastos raros. De hecho no hay
semana en la que no se manifieste alguno. La ortodoncia del niño, el
entierro de la abuela, la multa de tráfico, la avería del coche... Lo
imprevisto está a la orden del día. Lo sabemos todos y cada uno de
nosotros, pero lo conoce a fondo el casi 40% de las familias españolas
que no pueden hacer frente a ninguno de estos gastos, que a veces se
presentan de dos en dos, incluso en grupos de tres o cuatro,
desobedeciendo minuciosamente la orden de dispersarse.
Leemos
que el aceite de girasol ha ganado la batalla al de oliva (que se rompa
la botella de aceite, por cierto: otro gasto imprevisto). No es que
haya una guerra entre los dos aceites, sería absurdo. Tampoco que
prefiramos el de girasol. Es que el de oliva es más caro. Producimos
masivamente un manjar al que la mayoría no tiene acceso. En la
contabilidad antigua había un Libro Mayor que lo explicaba todo y en el
que todo encajaba como las dos mitades de una nuez. Sería mucho exigir
el Libro Mayor cuando está en vías de extinción el de reclamaciones,
pero nos basta la cuenta de la vieja para advertir que las cifras que da
el Gobierno y las que nos proporciona la vida no cuadran.
No
se puede crecer a un ritmo heroico, comparable con la llegada del
hombre a la Luna, y sufrir por los gastos imprevistos en los porcentajes
que señalan las estadísticas. Es imposible que en un país de olivos, y
con lo saludable que es su aceite virgen extra, gane la batalla el
girasol. Tales distorsiones solo se explican si los ricos son cada día
más ricos y los pobres más pobres cada vez. Esa involución no estaba
prevista, ni en nuestras peores pesadillas.
El verdadero yo
Juan José Millás
03.08.2017 | 05:30
Escribo en el buscador de Google «áreas del cerebro implicadas en» y
el buscador me ofrece: en el lenguaje, en el sueño, en la memoria, en el
aprendizaje, en la atención, en la escritura, en las emociones, en el
amor... Tal cantidad de áreas me obligar a pensar en ese puñado de masa
gris como en una especie de astro blanco lleno de regiones, muchas de
ellas por descubrir. Cierro los ojos y veo una Luna con forma de
cerebro. En la Luna había (hay) una zona denominada Mar de la
Tranquilidad. El cerebro no tiene ningún mar con se nombre. Es una
víscera inquieta por naturaleza. Siempre en guardia. Incluso cuando
dormimos, el área del sueño no deja de producir cortos cinematográficos.
Si pudiéramos exhibir esos cortos en certámenes internacionales,
resultaría complicado decidir cuál es el mejor. Todos son buenos, pero
no se ha encontrado la forma de llevarlos al celuloide o a los píxeles.
He soñado los mejores cortos de amor, y los mejores de terror, y los
mejores de misterio. No hay ningún Mar de la Tranquilidad en el cerebro.
Toma los hipnóticos que quieras, lo ansiolíticos que te dé la gana,
complétalos con una dosis de alcohol, y métete en la cama. Tu cuerpo se
aflojará, pero tu cerebro, esa especie de astro blando y húmedo que
llevas sobre el cuello, continuará construyendo historias.
No tiene, en fin, Mar de la Tranquilidad, pero sí «lado oscuro». Tecleo
el Google «el lado oscuro del cerebro» y aparecen 750.000 resultados.
Echo un vistazo y compruebo que hay mucha gente que cree haber
descubierto el lado oscuro del cerebro. Algunos aseguran saber el punto
exacto en el que reside el mal, como si el mal fuera una ciudad de
provincias a la que se pudiera viajar. Ahí mismo, al fondo a la derecha,
dicen algunos, se encuentra el mal. Pero hay una región del cerebro que
está fuera de él, y es la conciencia, o la mente, como prefiramos
llamarla. La mente es una producción del cerebro, pero no es el cerebro.
Este es uno de los grandes misterios de esa entraña. La conciencia
tiene a su vez un lado oscuro al que se accede por casualidad, cuando
menos lo esperas, como una puerta dimensional que te saliera
inopinadamente al paso. En esa región es donde habita el verdadero yo.
Avances humanísticos
Juan José Millás
01.08.2017 | 05:30
Después de muchos años en los que nada era lo que parecía, llega por
fin Rajoy y dice que «hacemos lo que podemos» significa «hacemos lo que
podemos». Respondía así a una pregunta que se le hizo durante su
comparecencia como testigo por la presunta corrupción del PP. Ya era
hora de que las frases empezaran a significar lo que significan, no como
«crecimiento negativo», «movilidad exterior» o «ticket moderador
sanitario», por poner solo tres ejemplos muy escuchados durante los
últimos tiempos. Ahora solo falta que los significados se traduzcan en
consecuencias.
En otras
palabras, que dar ánimos a un presunto gánster desde la presidencia del
Gobierno implique, como mínimo, la dimisión del presidente. Pero eso no
ocurrirá porque una cosa es que las palabras empiecen a significar lo
que significan y otra muy distinta que la realidad sea consecuente con
ellas. Lo decía la Reina Loca de Alicia en el País de las Maravillas: Lo
que importa no es el significado, sino quién manda.
Lo
que importa, pongamos por caso, no es que la inflación se coma las
subidas salariales de los trabajadores, sino lo que ordenan las
organizaciones patronales, que acaban de afirmar que los incrementos
salariales nunca más tendrán que ver con la inflación.
Pero, por favor, si usted me sube un 2% y la inflación me come el 5%, me empobrezco en un 3%.
Eso es lo que dicen las palabras, pero estábamos hablando de quién manda.
En
el fondo, siempre se está hablando de quién manda. La 1 no emitió en
directo la comparecencia de Rajoy porque, pese a tratarse de un servicio
público, quienes mandan en ella están a las órdenes de intereses
privados. José Luis Coll, que en paz descanse, tenía un certificado
médico según el cual medía 1,80, aunque no alcanzaba a coger los vasos
de la estantería más alta de la alacena porque quien mandaba en este
asunto, y sin que haya servido de precedente, era la realidad.
Alegrémonos, en todo caso, de que una frase dicha por Rajoy signifique
lo que significa. He ahí un avance humanístico de proporciones
homéricas.
No somos nada
Juan José Millas
31.07.2017 | 05:30
Parece que los hijos de Lady Di, en el documental que le han
dedicado, dan mucha importancia a la última conversación telefónica que
mantuvieron con su madre. Lamentan que fuera rápida, de trámite, porque
estaban deseando volver a jugar con los primos, que habían acudido a
visitarles. Comento este acierto narrativo del documental en una cena de
amigos y uno de ellos recuerda, palabra por palabra, la última
conversación que, también a través del teléfono, mantuvo con su padre,
internado en una residencia. Esa noche su padre murió.
- ¿De qué habíais hablado? –preguntamos.
- De nada –dice él.
Ahora
mismo hay millones de personas en todo el mundo hablando por teléfono
de nada. En la playa, en el campo, en la piscina, en el cuarto de estar,
en la mitad de la calle, en el interior de unos grandes almacenes?
Pongan ustedes el oído y lo comprobarán. Nada es el tema de conversación
más frecuente, sea a través del fijo o del móvil. Cabría suponer que
para hablar de nada no es preciso enfadarse ni levantar la voz, pero hay
gente capaz de llegar a las manos por nada.
- Mi madre y yo –dice otro de los asistentes- discutimos por teléfono unas horas antes de que ella muriera.
- Y de qué discutíais.
- De nada. Pero fue una discusión muy violenta.
Siendo capaces de matar por nada, ¿cómo no serlo de discutir violentamente por nada?
Una amiga, ya en el segundo plato, cuenta que lleva treinta años sin hablarse con su hermana.
- „A veces –añade- sueño que hablamos por teléfono. - ¿De qué?
- De nada en particular.
- ¿Y por qué os peleasteis?
- Por nada.
Me
viene a la memoria entonces que hace unos días, en la tienda de los
chinos del barrio, un vecino estaba comentando el deceso de un familiar.
Le preguntamos de qué había muerto y dijo que de nada. Estamos rodeados
de nada. El universo entero es un grano de arena flotando en un océano
de nada. No somos nada.
A ver si pasa
Juan José Millás
29.07.2017 | 05:30
El caso de Ángel María Villar: ¿entra o no entra uno a fondo en el
asunto? Sabemos por las cabeceras de los telediarios y los titulares de
la prensa que ha estado robando, pongamos que supuestamente, durante los
últimos 20 o 30 años sin que nadie se diera cuenta. Como esos
atracadores que salen de una sucursal bancaria y entran en la siguiente
sin cambiar de antifaz. Villar iba siempre con el mismo traje, de manera
que resultaba fácil reconocerlo. Pero, por equis o por be, nadie se dio
cuenta. Vale. Ahora es donde usted y yo nos preguntamos si leemos a
fondo las noticias para conocer su modus operandi o lo dejamos pasar
porque la corrupción, venga de donde venga, nos aburre. He ahí un
conflicto de orden moral. Otro ejemplo: el caso de la llamada «rueda» de
la SGAE, en la que estaban implicadas algunas cadenas de TV. Lo hemos
visto por encima, pero sin acabar de comprender el mecanismo. Muchos
millones, eso sí, como en el caso Pujol, o en el caso Granados, o en el
caso González, por citar solo tres, pero la mecánica se nos escapa. Y se
nos escapa por pereza, porque no hay más que entrar en internet y
leerse media docena de artículos para aprenderse la receta.
- Averigua
antes si a los garbanzos en bote hay que quitarles o no el agua antes
de echarlos al puchero –grita nuestra conciencia.
Un verano repleto de dilemas, por no hablar de el dilema.
- ¿El dilema, por favor?
- Subiendo, a la derecha.
En
esto, llega Cifuentes y dice que no se va de vacaciones porque las
vacaciones no le gustan. Se queda en el despacho, no sabemos si con él
móvil apagado o encendido, aunque, según la ley, se puede desconectar
fuera de las horas de trabajo. ¿Entramos en los problemas psicológicos
de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que sufre ataques
epilépticos si no sale en la tele cada día? Pero si no hemos entrado a
fondo en el caso Villar, ni en el de la «rueda» de la SGAE, ni en el
agua de los garbanzos, ni en el documental titulado «Las cloacas de
Interior», que pone los pelos de punta, ¿cómo vamos a hacer caso a los
reclamos publicitarios esta señora? En fin, que no resulta fácil ser
español estos días, nunca lo fue. A ver si se nos pasa.
Conviene cambiar
Juan José Millás
27.07.2017 | 05:30
Hace muchos años, como en el Pleistoceno, estaba yo echando una
cabezada en mi apartamento de soltero, cuando llamaron a la puerta. Fui a
abrir y resultó ser una encuestadora a la que invité a pasar. Me dijo
que pensaban abrir por la zona un supermercado.
- Pero primero queremos conocer los hábitos de consumo de los vecinos -añadió tomando asiento.
Creo
que era la primera vez que escuchaba esa expresión, «hábitos de
consumo». Ni siquiera era consciente de poseerlos hasta que la
entrevistadora abrió la carpeta y comenzó a hacer sus preguntas. Resultó
que, aunque un poco caóticas, yo era víctima de unas rutinas que
afectaban a mi manera de gastar el escaso dinero que entraba en mi
cuenta cada mes. Alguien quería profundizar en esas rutinas para obtener
de ellas unos beneficios económicos. A medida que respondía a la
encuestadora, iba observando cómo era mi vida: qué días compraba, qué
clase de productos, si me dejaba influir o no por los anuncios de la
tele. De súbito, tuve de mí la visión de un robot programado que los
jueves hacía esto, los viernes aquello y los domingos lo de más allá. Me
preguntó si estaba casado, es decir, si tenía el hábito de consumir
cónyuge, cosa improbable en un apartamento tan pequeño. Le dije que no,
claro, que no había adquirido ese hábito y tampoco el de tener hijos.
Todo lo que a usted pueda ocurrírsele, figuraba, traducido a un «hábito
de consumo», en los papeles de la joven.
Cuando
llegamos al apartado de los productos culturales, me negué a continuar
porque consideré que la lectura no podía calificarse de un «hábito de
consumo». Pero la chica me demostró que sí, pues desde el punto de vista
de la librería de una gran superficie no era lo mismo que los vecinos
de la zona tuvieran el hábito de consumir a Dostoievski que a Corín
Tellado, por ejemplo. Entonces se escuchó el canto de un jilguero en la
habitación contigua y tuve que confesar que tenía el hábito de consumir
pájaros. Ahora todo lo deducen de nuestras excursiones por internet.
Pero lo que yo digo es que los estudios sobre hábitos de consumo nos
esclerotizan, obligándonos a consumir siempre lo mismo. Y conviene
cambiar de vez en cuando.
La MERP
Juan José Millas
23.07.2017 | 05:30
Según la Autoridad Fiscal, que dicho de este modo, Autoridad Fiscal,
parece una institución de orden metafísico, las pensiones de los
jubilados deberán perder un 7% de poder adquisitivo en los próximos
cinco años, pérdida que apoya Europa (otra divinidad de carácter
mitológico), aunque insiste, junto al FMI, en que no es suficiente. Hay
que empobrecer más a los abuelos, y convencer a los jóvenes de que se
abran planes privados en las instituciones sin reputación llamadas
bancos.
„Pero si los sueldos no dan ni para el butano.
La
Europa hacia la que nos dirigimos es un territorio sin ley a cuya
entrada colgará un cartel con la siguiente inscripción: «Sálvese quien
pueda». Luego, nada más entrar, a la derecha, habrá un cuartel de la
Guardia Civil sobre cuya puerta se leerá: «Todo por la patria». En
realidad los dos carteles serán intercambiables, pues ya sabemos que los
que mueren por la patria, desde tiempos inmemoriales, son los pobres.
¡Qué
lista, Fátima Báñez! Decretó el famoso 0,25% asegurando que ese era el
modo de garantizar que las pensiones subieran siempre, y resulta que era
el modo de garantizar que bajaran todo el rato. Mintió a manos llenas.
Luego, fue misa, se confesó, y aquí paz y después gloria.
Pero
hay un invento llamado MERP, que significa Mesa Estatal por el
Referéndum sobre las Pensiones, formado por 200 organizaciones y que
cuenta ya con 800.000 firmas, al que puede usted sumar la suya. Este
«invento» ha nacido para presionar al Gobierno y al Congreso de los
Diputados para que blinden las pensiones en la Constitución. Se trata de
evitar que el mundo se llene de Fátimas Báñez de comunión diaria y todo
eso que intenten hacerle la vida imposible a los jubilados, pobres. La
MERP cuenta ya con apoyos importantísimos procedentes de los sectores
más diversos de la sociedad, pero no sobra ninguno, ni siquiera el de
Fátima Báñez, que se rendirá, eso esperamos, cuando los defensores y las
defensoras del pueblo le pongan sobre la mesa los cientos o miles de
expedientes en marcha. La Constitución debe prohibir que la Autoridad
Fiscal y Europa se ceben en los sectores más vulnerables de la sociedad.
De eso se trata.