Cómo explicarlo

08.08.2017 | 00:15

Cuando solo tienes un par de zapatos, constituye un gasto imprevisto que a uno de ellos se le despegue la suela. Si extravías el único par de gafas que posees, ahí aparece otra sangría súbita. Si te despiertas con dolor de muelas y careces de una caja de resistencia para desembolsos accidentales, procura continuar durmiendo. O fíngelo, a ver si funciona.
Si aparece una humedad en el techo de la cocina y el vecino de arriba no tiene seguro, si se estropea la cisterna del retrete, si la nevera deja de enfriar, si el microondas, si la lavadora, si la cerradura de la puerta, si el esguince... Gastos imprevistos no significa gastos raros. De hecho no hay semana en la que no se manifieste alguno. La ortodoncia del niño, el entierro de la abuela, la multa de tráfico, la avería del coche... Lo imprevisto está a la orden del día. Lo sabemos todos y cada uno de nosotros, pero lo conoce a fondo el casi 40% de las familias españolas que no pueden hacer frente a ninguno de estos gastos, que a veces se presentan de dos en dos, incluso en grupos de tres o cuatro, desobedeciendo minuciosamente la orden de dispersarse.
Leemos que el aceite de girasol ha ganado la batalla al de oliva (que se rompa la botella de aceite, por cierto: otro gasto imprevisto). No es que haya una guerra entre los dos aceites, sería absurdo. Tampoco que prefiramos el de girasol. Es que el de oliva es más caro. Producimos masivamente un manjar al que la mayoría no tiene acceso. En la contabilidad antigua había un Libro Mayor que lo explicaba todo y en el que todo encajaba como las dos mitades de una nuez. Sería mucho exigir el Libro Mayor cuando está en vías de extinción el de reclamaciones, pero nos basta la cuenta de la vieja para advertir que las cifras que da el Gobierno y las que nos proporciona la vida no cuadran.
No se puede crecer a un ritmo heroico, comparable con la llegada del hombre a la Luna, y sufrir por los gastos imprevistos en los porcentajes que señalan las estadísticas. Es imposible que en un país de olivos, y con lo saludable que es su aceite virgen extra, gane la batalla el girasol. Tales distorsiones solo se explican si los ricos son cada día más ricos y los pobres más pobres cada vez. Esa involución no estaba prevista, ni en nuestras peores pesadillas.

El verdadero yo

03.08.2017 | 05:30

Escribo en el buscador de Google «áreas del cerebro implicadas en» y el buscador me ofrece: en el lenguaje, en el sueño, en la memoria, en el aprendizaje, en la atención, en la escritura, en las emociones, en el amor... Tal cantidad de áreas me obligar a pensar en ese puñado de masa gris como en una especie de astro blanco lleno de regiones, muchas de ellas por descubrir. Cierro los ojos y veo una Luna con forma de cerebro. En la Luna había (hay) una zona denominada Mar de la Tranquilidad. El cerebro no tiene ningún mar con se nombre. Es una víscera inquieta por naturaleza. Siempre en guardia. Incluso cuando dormimos, el área del sueño no deja de producir cortos cinematográficos. Si pudiéramos exhibir esos cortos en certámenes internacionales, resultaría complicado decidir cuál es el mejor. Todos son buenos, pero no se ha encontrado la forma de llevarlos al celuloide o a los píxeles. He soñado los mejores cortos de amor, y los mejores de terror, y los mejores de misterio. No hay ningún Mar de la Tranquilidad en el cerebro. Toma los hipnóticos que quieras, lo ansiolíticos que te dé la gana, complétalos con una dosis de alcohol, y métete en la cama. Tu cuerpo se aflojará, pero tu cerebro, esa especie de astro blando y húmedo que llevas sobre el cuello, continuará construyendo historias.
No tiene, en fin, Mar de la Tranquilidad, pero sí «lado oscuro». Tecleo el Google «el lado oscuro del cerebro» y aparecen 750.000 resultados. Echo un vistazo y compruebo que hay mucha gente que cree haber descubierto el lado oscuro del cerebro. Algunos aseguran saber el punto exacto en el que reside el mal, como si el mal fuera una ciudad de provincias a la que se pudiera viajar. Ahí mismo, al fondo a la derecha, dicen algunos, se encuentra el mal. Pero hay una región del cerebro que está fuera de él, y es la conciencia, o la mente, como prefiramos llamarla. La mente es una producción del cerebro, pero no es el cerebro. Este es uno de los grandes misterios de esa entraña. La conciencia tiene a su vez un lado oscuro al que se accede por casualidad, cuando menos lo esperas, como una puerta dimensional que te saliera inopinadamente al paso. En esa región es donde habita el verdadero yo.

Avances humanísticos

01.08.2017 | 05:30

Después de muchos años en los que nada era lo que parecía, llega por fin Rajoy y dice que «hacemos lo que podemos» significa «hacemos lo que podemos». Respondía así a una pregunta que se le hizo durante su comparecencia como testigo por la presunta corrupción del PP. Ya era hora de que las frases empezaran a significar lo que significan, no como «crecimiento negativo», «movilidad exterior» o «ticket moderador sanitario», por poner solo tres ejemplos muy escuchados durante los últimos tiempos. Ahora solo falta que los significados se traduzcan en consecuencias.
En otras palabras, que dar ánimos a un presunto gánster desde la presidencia del Gobierno implique, como mínimo, la dimisión del presidente. Pero eso no ocurrirá porque una cosa es que las palabras empiecen a significar lo que significan y otra muy distinta que la realidad sea consecuente con ellas. Lo decía la Reina Loca de Alicia en el País de las Maravillas: Lo que importa no es el significado, sino quién manda.
Lo que importa, pongamos por caso, no es que la inflación se coma las subidas salariales de los trabajadores, sino lo que ordenan las organizaciones patronales, que acaban de afirmar que los incrementos salariales nunca más tendrán que ver con la inflación.
Pero, por favor, si usted me sube un 2% y la inflación me come el 5%, me empobrezco en un 3%.
Eso es lo que dicen las palabras, pero estábamos hablando de quién manda.
En el fondo, siempre se está hablando de quién manda. La 1 no emitió en directo la comparecencia de Rajoy porque, pese a tratarse de un servicio público, quienes mandan en ella están a las órdenes de intereses privados. José Luis Coll, que en paz descanse, tenía un certificado médico según el cual medía 1,80, aunque no alcanzaba a coger los vasos de la estantería más alta de la alacena porque quien mandaba en este asunto, y sin que haya servido de precedente, era la realidad. Alegrémonos, en todo caso, de que una frase dicha por Rajoy signifique lo que significa. He ahí un avance humanístico de proporciones homéricas.

No somos nada

31.07.2017 | 05:30
Parece que los hijos de Lady Di, en el documental que le han dedicado, dan mucha importancia a la última conversación telefónica que mantuvieron con su madre. Lamentan que fuera rápida, de trámite, porque estaban deseando volver a jugar con los primos, que habían acudido a visitarles. Comento este acierto narrativo del documental en una cena de amigos y uno de ellos recuerda, palabra por palabra, la última conversación que, también a través del teléfono, mantuvo con su padre, internado en una residencia. Esa noche su padre murió.
- ¿De qué habíais hablado? –preguntamos.
- De nada –dice él.
Ahora mismo hay millones de personas en todo el mundo hablando por teléfono de nada. En la playa, en el campo, en la piscina, en el cuarto de estar, en la mitad de la calle, en el interior de unos grandes almacenes? Pongan ustedes el oído y lo comprobarán. Nada es el tema de conversación más frecuente, sea a través del fijo o del móvil. Cabría suponer que para hablar de nada no es preciso enfadarse ni levantar la voz, pero hay gente capaz de llegar a las manos por nada.
- Mi madre y yo –dice otro de los asistentes- discutimos por teléfono unas horas antes de que ella muriera.
- Y de qué discutíais.
- De nada. Pero fue una discusión muy violenta.
Siendo capaces de matar por nada, ¿cómo no serlo de discutir violentamente por nada?
Una amiga, ya en el segundo plato, cuenta que lleva treinta años sin hablarse con su hermana.
- „A veces –añade- sueño que hablamos por teléfono. - ¿De qué?
- De nada en particular.
- ¿Y por qué os peleasteis?
- Por nada.
Me viene a la memoria entonces que hace unos días, en la tienda de los chinos del barrio, un vecino estaba comentando el deceso de un familiar. Le preguntamos de qué había muerto y dijo que de nada. Estamos rodeados de nada. El universo entero es un grano de arena flotando en un océano de nada. No somos nada.

A ver si pasa

29.07.2017 | 05:30
El caso de Ángel María Villar: ¿entra o no entra uno a fondo en el asunto? Sabemos por las cabeceras de los telediarios y los titulares de la prensa que ha estado robando, pongamos que supuestamente, durante los últimos 20 o 30 años sin que nadie se diera cuenta. Como esos atracadores que salen de una sucursal bancaria y entran en la siguiente sin cambiar de antifaz. Villar iba siempre con el mismo traje, de manera que resultaba fácil reconocerlo. Pero, por equis o por be, nadie se dio cuenta. Vale. Ahora es donde usted y yo nos preguntamos si leemos a fondo las noticias para conocer su modus operandi o lo dejamos pasar porque la corrupción, venga de donde venga, nos aburre. He ahí un conflicto de orden moral. Otro ejemplo: el caso de la llamada «rueda» de la SGAE, en la que estaban implicadas algunas cadenas de TV. Lo hemos visto por encima, pero sin acabar de comprender el mecanismo. Muchos millones, eso sí, como en el caso Pujol, o en el caso Granados, o en el caso González, por citar solo tres, pero la mecánica se nos escapa. Y se nos escapa por pereza, porque no hay más que entrar en internet y leerse media docena de artículos para aprenderse la receta.
- Averigua antes si a los garbanzos en bote hay que quitarles o no el agua antes de echarlos al puchero –grita nuestra conciencia.
Un verano repleto de dilemas, por no hablar de el dilema.
- ¿El dilema, por favor?
- Subiendo, a la derecha.
En esto, llega Cifuentes y dice que no se va de vacaciones porque las vacaciones no le gustan. Se queda en el despacho, no sabemos si con él móvil apagado o encendido, aunque, según la ley, se puede desconectar fuera de las horas de trabajo. ¿Entramos en los problemas psicológicos de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que sufre ataques epilépticos si no sale en la tele cada día? Pero si no hemos entrado a fondo en el caso Villar, ni en el de la «rueda» de la SGAE, ni en el agua de los garbanzos, ni en el documental titulado «Las cloacas de Interior», que pone los pelos de punta, ¿cómo vamos a hacer caso a los reclamos publicitarios esta señora? En fin, que no resulta fácil ser español estos días, nunca lo fue. A ver si se nos pasa.

Conviene cambiar

27.07.2017 | 05:30
Hace muchos años, como en el Pleistoceno, estaba yo echando una cabezada en mi apartamento de soltero, cuando llamaron a la puerta. Fui a abrir y resultó ser una encuestadora a la que invité a pasar. Me dijo que pensaban abrir por la zona un supermercado.
- Pero primero queremos conocer los hábitos de consumo de los vecinos -añadió tomando asiento.
Creo que era la primera vez que escuchaba esa expresión, «hábitos de consumo». Ni siquiera era consciente de poseerlos hasta que la entrevistadora abrió la carpeta y comenzó a hacer sus preguntas. Resultó que, aunque un poco caóticas, yo era víctima de unas rutinas que afectaban a mi manera de gastar el escaso dinero que entraba en mi cuenta cada mes. Alguien quería profundizar en esas rutinas para obtener de ellas unos beneficios económicos. A medida que respondía a la encuestadora, iba observando cómo era mi vida: qué días compraba, qué clase de productos, si me dejaba influir o no por los anuncios de la tele. De súbito, tuve de mí la visión de un robot programado que los jueves hacía esto, los viernes aquello y los domingos lo de más allá. Me preguntó si estaba casado, es decir, si tenía el hábito de consumir cónyuge, cosa improbable en un apartamento tan pequeño. Le dije que no, claro, que no había adquirido ese hábito y tampoco el de tener hijos. Todo lo que a usted pueda ocurrírsele, figuraba, traducido a un «hábito de consumo», en los papeles de la joven.

Cuando llegamos al apartado de los productos culturales, me negué a continuar porque consideré que la lectura no podía calificarse de un «hábito de consumo». Pero la chica me demostró que sí, pues desde el punto de vista de la librería de una gran superficie no era lo mismo que los vecinos de la zona tuvieran el hábito de consumir a Dostoievski que a Corín Tellado, por ejemplo. Entonces se escuchó el canto de un jilguero en la habitación contigua y tuve que confesar que tenía el hábito de consumir pájaros. Ahora todo lo deducen de nuestras excursiones por internet. Pero lo que yo digo es que los estudios sobre hábitos de consumo nos esclerotizan, obligándonos a consumir siempre lo mismo. Y conviene cambiar de vez en cuando.

La MERP

23.07.2017 | 05:30
Según la Autoridad Fiscal, que dicho de este modo, Autoridad Fiscal, parece una institución de orden metafísico, las pensiones de los jubilados deberán perder un 7% de poder adquisitivo en los próximos cinco años, pérdida que apoya Europa (otra divinidad de carácter mitológico), aunque insiste, junto al FMI, en que no es suficiente. Hay que empobrecer más a los abuelos, y convencer a los jóvenes de que se abran planes privados en las instituciones sin reputación llamadas bancos.
„Pero si los sueldos no dan ni para el butano.
La Europa hacia la que nos dirigimos es un territorio sin ley a cuya entrada colgará un cartel con la siguiente inscripción: «Sálvese quien pueda». Luego, nada más entrar, a la derecha, habrá un cuartel de la Guardia Civil sobre cuya puerta se leerá: «Todo por la patria». En realidad los dos carteles serán intercambiables, pues ya sabemos que los que mueren por la patria, desde tiempos inmemoriales, son los pobres.

¡Qué lista, Fátima Báñez! Decretó el famoso 0,25% asegurando que ese era el modo de garantizar que las pensiones subieran siempre, y resulta que era el modo de garantizar que bajaran todo el rato. Mintió a manos llenas. Luego, fue misa, se confesó, y aquí paz y después gloria.
Pero hay un invento llamado MERP, que significa Mesa Estatal por el Referéndum sobre las Pensiones, formado por 200 organizaciones y que cuenta ya con 800.000 firmas, al que puede usted sumar la suya. Este «invento» ha nacido para presionar al Gobierno y al Congreso de los Diputados para que blinden las pensiones en la Constitución. Se trata de evitar que el mundo se llene de Fátimas Báñez de comunión diaria y todo eso que intenten hacerle la vida imposible a los jubilados, pobres. La MERP cuenta ya con apoyos importantísimos procedentes de los sectores más diversos de la sociedad, pero no sobra ninguno, ni siquiera el de Fátima Báñez, que se rendirá, eso esperamos, cuando los defensores y las defensoras del pueblo le pongan sobre la mesa los cientos o miles de expedientes en marcha. La Constitución debe prohibir que la Autoridad Fiscal y Europa se ceben en los sectores más vulnerables de la sociedad. De eso se trata.