Juan José Millás 

Homo antecesor

27.10.2015 | 05:30
Homo antecesor
Amancio Ortega, que es a ratos el hombre más rico del mundo, ha hecho su fortuna vendiendo ropa. ¿Quién habría podido imaginar en la Prehistoria que el negocio del futuro estaba ahí? Ni en el pedernal ni en las hamburguesas ni en las cerbatanas. En la ropa. Como no tengo nada que hacer, imagino que soy capaz de aparecerme a un homo sapiens y que se lo adelanto:
– Si quieres hacerte rico, dedícate a la confección.
¿Qué me diría él?
– Te preguntaría que qué es eso de hacerse rico, idiota.
Es cierto, la riqueza debe de ser una cosa relativamente moderna, lo mismo que la confección. Hace poco abrieron en la Gran Vía de Madrid una tienda de ropa y las colas daban la vuelta a la manzana. Se convirtió en una noticia de alcance nacional. Daba la impresión de que se acababa de inventar la indumentaria barata. Primark, que tal es el nombre del establecimiento, viene de Irlanda, pero fabrica sus productos en la India o por ahí. Es una de las marcas que ocupaban el Rana Plaza de Bangladés cuando se derrumbó matando a más de mil semiesclavos e hiriendo a otros dos mil quinientos. Vete a contarle esto a un neandertal. Los neandertales eran muy sensibles, más que los sapiens, quizá lo habrían entendido. A lo mejor se les apareció alguien revelándoles que el futuro estaba en la confección low cost y decidieron exterminarse ipso facto, que significa por el mismo hecho.
Estuve en la Gran Vía, entré en Primark y juro que era, formalmente hablando, como penetrar en un templo. Lo difícil era encontrar a Dios. En cambio, había ángeles por todas partes. Los ángeles eran las empleadas que por 700 euros al mes te atendían con una dedicación que ningún ser humano se merece. Salí francamente impresionado, pensando en la Prehistoria. Siempre pienso en la Prehistoria cuando no entiendo el presente. Luego, ya en el metro, de vuelta a casa, imaginé que yo mismo era un homo antecesor al que se le aparecía una cajera de Primark del año 2015 para explicarle su trabajo de tantas horas a la semana a tanto la hora. En el supuesto de que hubiera logrado entenderla, ¿qué habría hecho? Lo tengo claro: dejarme devorar dulcemente por un oso. Ipso facto, o sea, por el hecho en sí.
Juan José Millás 

Todo en orden

24.10.2015 | 05:30
Todo en orden
Según vamos viendo, la espalda de Europa está llena de callejones sin asfaltar, azotados por la lluvia y el frío. No pasaría nada si solo sirvieran para colocar los cubos de la basura, pero están llenos de hombres, mujeres y niños a los que las ONG apenas pueden proporcionar un trozo de plástico para resguardarse del agua. Hablamos de un resguardo más bien de carácter simbólico, pues cuando las cámaras de TV entran en esos callejones vemos que tanto los niños como los adultos tienen los pies empapados. Los pies empapados y a temperaturas cercanas a los cero grados.
Según los representantes de las organizaciones humanitarias, pronto habrá muertes. La pregunta es si las autoridades europeas dirigirán el tráfico de los muertos con la misma ineficacia con la que están gestionando el de los vivos. La hipotermia, como el terror, puede entrar por cualquier parte, a veces por la boca, por los ojos, a veces por las manos o los pies, en ocasiones por varios sitios de forma simultánea. Una vez que se enfría la piel es como si se hubiera enfriado todo el mapa, pues eso somos un territorio y un mapa. Cada zona de nuestro cuerpo, desde que conquistamos la capacidad simbólica, representa una región moral que puede quedar reducida a la mera animalidad cuando las condiciones ambientales devienen extremas. Esos grupos de hombres, mujeres y niños, andrajosos, tocados ya por el frío y la lluvia del invierno, sufren inevitablemente un proceso de animalización que nosotros hemos completado, de otro modo no se entiende la pasividad con la que contemplamos el panorama.
Pronto habrá muertes que los aguerridos reporteros nos mostrarán con pelos y señales. Veremos excelentes grupos escultóricos formados por matrimonios extintos con un niño o dos, también cadáveres, entre los brazos. No nos faltarán ocasiones para enternecernos y disfrutar de la buena conciencia que el enternecimiento proporciona. Todavía nos acordamos del arrebato sentimental por el que fuimos atacados cuando lo del niño ahogado en una playa turca. Nos vamos a poner hasta aquí de buenos sentimientos. Quizá, si hay suerte, coincidan con el turrón. El gozo, entonces, carecerá de límites. El frío pondrá los muertos y nosotros las lágrimas de cocodrilo. Todo en orden.
Juan José Millás 

Propuestas comerciales

21.10.2015 | 05:30
Propuestas comerciales
Toni Cantó ha acabado en Ciudadanos e Irene Lozano en el PSOE. Los partidos grandes se reparten los restos de UPyD como los soldados romanos la túnica de Cristo. No hay sonido más audible que el que produce el desgarro de un tejido. La política como ganapán. Le pregunté en la radio a Irene Lozano, por quien siento cierta simpatía, si no había dudado ni siquiera un minuto, por razones estéticas, y me dio una respuesta política. Significa que no dijo nada. Esa misma tarde, las radios reprodujeron los piropos que la diputada había dedicado al PSOE durante la legislatura que agoniza. Les dijo de todo. La suponíamos incapaz por tanto de entrar en un partido en el que admitieran a gente como Sánchez. Pero no. He ahí un seguro de cuatro años al precio de desdecirse hasta el tuétano. Ya no le importan ni el bipartidismo ni la corrupción ni la regeneración democrática.
Un minuto. ¡Nos habría gustado tanto que dudara un minuto! Uno de los problemas del votante frente a los partidos tradicionales es que apenas se diferencian. Llegado el momento, todos son intercambiables, o reversibles, como las gabardinas. Irene Lozano lo acaba de demostrar.

También lo ha demostrado Sánchez al ofrecerle trabajo. Le pregunté a la exdiputada de UPyD qué puesto le iban a dar en las listas. Dijo que lo ignoraba, pero se supo horas después. Lo más probable era que mintiera. El puesto forma parte de la negociación, o del negocio, como prefieran llamarlo.
-No voy a pasar este bochorno –le diría a Sánchez– si no me colocas bien.
No bien, muy bien: el número cuatro. Se comprende el enfado de los militantes de toda la vida. Pero vamos a ver, ¿por qué el PSOE hace esto? ¿Necesitan de verdad a Lozano para lo que sea que la hayan contratado? Es evidente que no. ¿Entonces? Por puro márquetin, o marketing o mercadotecnia, elijan ustedes el término. Sánchez debe de haber sido vendedor en una existencia pasada, posee la arquitectura física de un comercial, pero le falta, pues ha descontentado a muchos sin contentar a nadie, excepto a Lozano, le falta, decíamos, tacto. Y es que la política no es un chiringuito, o no debería serlo. Y ahí los tienen. Argumentando.
Juan José Millás 

Tome nota

20.10.2015 | 05:30
Tome nota
Si siempre llevamos doblados los billetes de banco por la mitad, ¿por qué no los hacen más pequeños? Piensen en la cantidad de papel que nos ahorraríamos y en los bosques que salvaríamos. Durante años, nuestro carnet de identidad tenía un tamaño incómodo sin que se supiera muy bien por qué. Un día, a alguien, en el ministerio del Interior, se le ocurrió reducirlos a las dimensiones de la tarjeta de crédito y la idea afortunadamente prosperó. Muchos recordarán todavía el viejo carné de conducir: parecía un desplegable. De hecho, lo era. Debido a ello, envejecía mal. Antes de que caducara estaba lleno de grietas. Daba apuro enseñárselo a la autoridad competente cuando lo requería. Pero un día llegó a Tráfico un director nuevo que preguntó:
-¿Hay alguna razón por la que el carné de conducir tenga que ser más grande que una tarjeta de crédito?
Como nadie respondiera, se tomaron las disposiciones pertinentes y llegamos a la situación actual. El DNI y el de conducir tienen el tamaño de la Visa y puedes almacenarlos junto a ella en el departamento correspondiente de la billetera. Con todo esto, vamos viendo que las tarjetas de crédito han marcado tendencia. Resulta imposible no plegarse a su funcionalidad, a su encanto, a sus prestaciones. Pero el papel moneda llega tarde a todas partes. De hecho, llega a finales de mes, cuando estamos ya al borde de la asfixia financiera. Eso forma parte de su carácter, muy ligado al salario mínimo. Se puede corregir, pero se requieren cambios políticos que no se aprecian en el horizonte. En cambio, para modificar su tamaño solo haría falta una decisión administrativa.
Si hay algo que se deteriora en la cartera es el dinero, incluso cuando dure poco. ¿Por qué un billete de cincuenta euros no puede tener el tamaño de una 4B? Seguramente, porque nadie se lo ha preguntado todavía. Es posible que la gente que ordena la fabricación los billetes no los use, ya que los ricos no llevan billetera para que no se les deforme la chaqueta. Y para no mancharse, que el dinero pasa por muchas manos y transmite multitud de infecciones. Si el presidente del Banco Central Europeo leyera estas líneas, cosa poco probable, tome nota. Gracias.
Juan José Millás 

Vamos a mejor

17.10.2015 | 01:14
Vamos a mejor
Parece un chiste de indios y americanos, pero resulta que el 1% de la población mundial tiene rodeado al 90% restante. Setenta millones de personas dominan a casi siete mil millones. ¿Cómo? Con una mezcla de recursos militares y psicológicos, cabe deducir, y con cientos de miles de capataces a su servicio.
Todo el dinero que emiten los bancos mundiales va a parar a manos de esa minoría que es la que dicta las leyes laborales, de modo que lo reparte como le da la gana.
En un país de este modo y en aquel de este otro, depende de las resistencias que encuentre. Esos cuatro gatos son también los dueños de la mayor parte de las tierras cultivables y de las minas, así que confeccionan a su gusto la geografía del hambre y hasta la de las enfermedades, porque poseen las grandes corporaciones farmacéuticas y las materias primas de las que se nutren. Son los dueños de todo, para qué enumerar uno a uno los recursos de la Tierra.
Si solo tuvieran el monopolio de las cosas, quizá podríamos oponernos, pero detentan también el del vocabulario. Ese 1% de la población mundial decide, por ejemplo, qué es violencia y qué no. Especular con el trigo y matar de hambre a poblaciones enteras no es violencia. Sin embargo protestar pacíficamente delante de un Congreso, donde se están tomando decisiones que perjudican a millones de seres humanos, sí. Y se castiga, porque así lo disponen ellos, con penas privativas de libertad.
Quiere decirse que, del mismo modo que logran llegar con sus tentáculos a una sucursal bancaria de un barrio de la periferia de Londres o Manila, pueden modificar el diccionario. En otras palabras, monopolizan el pensamiento, que está hecho de palabras, hasta el punto de que pueden permitirse el lujo de que se publique este dato («El 1% posee tanto dinero como el 99% restante») sin que suceda escándalo alguno en parte alguna del planeta.
Podría pensarse que a ese 1% le interesaría crecer, aunque solo fuera por equilibrar un poco la balanza, pero tiende por el contrario a disminuir para que solo un individuo mande en toda la Galaxia.
Vamos a mejor.
Juan José Millás 

Vender el alma

14.10.2015 | 05:30
Vender el alma
Economía con alma».Parece un eslogan, aunque no sabemos de quién o qué. Ninguna empresa capitalista (en el caso de que haya empresas socialistas) se atrevería a utilizarlo en un anuncio. ¿Se imaginan al Banco de Santander o al BBVA, por citar dos grandes, presumiendo de espíritu? Saltarían chispas en las secciones de opinión de la prensa diaria y en las parodias de la tele. No digamos si se le hubiera ocurrido la idea a Volkswagen. Automóviles con alma. Volkswagen como la banca, de tener, tiene intestinos por los que expulsa desechos que nos matan. Lo más parecido a la insinuación del alma fueron las ´Conversaciones´ del Sabadell, de las que huíamos como de la peste. Parecían sermones. Iker Casillas, que en su día promocionó al BBVA, anuncia ahora una firma de abogados que se querella contra Bankia. Al portero le metieron un gol de unos cuantos cientos de miles con esas acciones que arruinaron a multitud de ahorradores.
Lo curioso, o contradictorio, es que si algo tiene alma en este mundo es el dinero. ¿Se atrevería usted a tirar a la basura un billete, pongamos, de 50 euros? Desde luego que no. Y no por su valor material, pues materialmente hablando no es más que un pedazo de papel que a lo mejor ha pasado ya por más de cien manos, algunas muy sucias. Lo que proporciona valor al billete es su capacidad de compra, su espíritu. Nada más espiritual, perdónenme porque acabo de descubrirlo, que el papel moneda. De hecho, no lo amamos por su aspecto físico, sino por su inteligencia. Y si un billete de 50 euros tiene el talento que tiene, imagínense uno de 500. De mil no existen porque no existe cuerpo físico capaz de contener un alma de ese tamaño. Bien visto, las cajas fuertes de los bancos, más que materia, contienen cantidades ingentes de espíritu.
Íbamos a que lo de la ´Economía con alma´ es, según hemos leído, un invento de los asesores de Rajoy para la campaña electoral en curso. Le han dicho que después de estos cuatro años de economía criminal hay vender un poco de ilusión, de inmaterialidad, de quimera. Ha llegado, con la recuperación, el momento de vender el alma y de venderla asociada a los números. Ni el diablo, creo yo, la compraría.
Juan José Millás 

Datos y metadatos

13.10.2015 | 05:30
Datos y metadatos
Si tanto nos preocupa la protección de datos, es porque están a la intemperie. Ahora bien, ¿a qué llamamos dato? En la antigüedad (anteayer) un dato era la fecha de nacimiento. Otro dato era el nombre, y los apellidos. A los treinta o cuarenta años habías acumulado siete u ocho datos, pongamos que diez, y casi todos cabían en el carné de identidad. La Humanidad era poco datosa, si se nos permite el neologismo. La datitis, que no es una inflamación del dato, sino un aumento desmesurado de su cantidad, es una patología reciente, muy ligada a la aparición de las tarjetas de crédito y del mundo virtual. Cada uno de nosotros tenemos adheridos más datos que mejillones una roca marina. Ahí están, en forma de racimos invisibles que nos identifican con determinados hábitos de compra, con tales preferencias gastronómicas, o con inclinaciones sexuales del montón.
Entras en Google para buscar un restaurante japonés cercano a tu domicilio, y acabas de crear un dato. Un dato que necesita protección para evitar que durante las siguientes semanas te bombardeen con ofertas de sushi. A Max Schrems, un joven abogado austriaco, se le ocurrió un día reclamar a Facebook el registro de los datos que la red social almacenaba sobre él, y le enviaron 1.200 páginas. El bueno de Schrems, con tan solo 28 años de edad, había producido sobre sí mismo más datos, que una población mediana del siglo XIX en toda su historia. Entre la información que recibió figuraba, por poner un ejemplo, las veces que había pichado el icono de ´me gusta´. Tú estás leyendo sin meterte con nadie un artículo de prensa, le das a la manita que tiene el pulgar hacia arriba, y acabas de enviar un mensaje a un coleccionista de datos. Los coleccionistas de datos, como los filatélicos, acaban vendiendo el álbum. A veces se forran.
Significa que o bien conviene proteger los datos o bien no crearlos, aunque esto último resulta imposible en nuestros días. Exudamos datos como producimos jugos gástricos. Se trata de un movimiento involuntario, como el pestañear. Pero cuando nosotros vamos, los ladrones de datos están de vuelta. De hecho, lo que más les interesa ahora son los metadatos, de los que hablaremos en otra ocasión.