Juan José Millás
No es tan difícil
30.03.2016 | 05:30
Nuestro ministro del Interior decía en la radio que compartir
inteligencia no es fácil. Hablaba de los atentados de Bruselas y se
refería a la falta de coordinación entre los servicios de espionaje de
los países europeos. Lo cierto es que la frase podía sacarse de contexto
sin perder sentido. Compartir inteligencia no es fácil, en efecto. Lo
primero, para compartirla, es poseerla. Y luego de poseerla, colocarla
encima de la mesa, como una tarta de cumpleaños y repartirla entre los
invitados. Hoy por hoy, y a juzgar por los programas más vistos de la
tele, se comparte mejor la estupidez. Si ustedes se fijan, hay congresos
de todo menos de estúpidos. Los estúpidos no necesita reunirse en un
hotel, con ponencias agotadoras desde la mañana hasta la noche, porque
sus cabezas trabajan en red, como los ordenadores. Y se trata de una red
en la que estamos atrapados todos al modo en el que todos estamos
contenidos en internet.
Conste que no me refiero a la estupidez
peyorativamente. En cada uno de nosotros hay una cuota de simpleza. A
veces dos o tres. Quien más, quien menos, todo el mundo tiene que lidiar
con el idiota que lleva dentro. La pregunta es por qué el idiota tiene
más habilidades sociales que el inteligente. El idiota se gana al
público con una facilidad pasmosa. Un día, en un avión, el vecino de
asiento, un hombre de unos sesenta años, me confesó que él solo tenía
amigos tontos.
– ¿Y eso? –le pregunté.
– La vida me ha llevado por ahí –dijo.
Y él era listo, incluso muy listo. Dirigía una editorial que había
fundado en su juventud y en la que publicaba preferentemente libros de
ensayo. Tenía olfato para saber a quién debía publicar, pero no para
elegir con quién se iba a cenar. Viajábamos a México y como el vuelo
duraba muchas horas, temí que intimáramos hasta el punto de que me
invitara a cenar. No lo hizo, pero tampoco me pidió un libro para su
catálogo. No sé. En la prehistoria, los cazadores-recolectores
trabajaban en grupo, perfectamente coordinados, para abatir a sus
presas. Eso es compartir inteligencia. A primera vista no parece tan
difícil.
Juan José Millás
Lenguaje no verbal
29.03.2016 | 05:30
Expresado de golpe, Obama fue a Cuba para acudir al funeral de la
revolución, o la Revolución, como ustedes prefieran. Los paraguas negros
con los que él y su familia descendieron del Air Force One daban a la
comitiva un aire de entierro que ninguna de las partes reconocería. No
importa, unas exequias son unas exequias, aunque se lleven a cabo bajo
una forma inusual. Ahora bien, como ni al Gobierno cubano ni al
presidente de los EE UU les interesaba que el público advirtiera este
carácter funeral de la visita, lo planificaron todo de manera que
pareciera otra cosa. ¿El qué? Eso está por estudiar.
De momento,
Obama no acudió a la isla solo, o con sus generales, como en un viaje de
trabajo, sino con su mujer e hijas, dándole así a la expedición un aire
como de visita turística (pasábamos por aquí y nos dijimos: por qué no
conocer la isla). Raúl Castro no acudió a recibirlos al aeropuerto
también para quitar trascendencia al encuentro. Habría parecido, no sé,
una especie de rendición. Lo recibiría desde luego, pero en su despacho,
como recibe a un subsecretario y poco más. Para hacernos una idea del
significado de este gesto, no tenemos más que recordar que en la visita
del Papa a la isla, Raúl se encontraba a pie de escalerilla, para
recibir a Francisco como si creyera que trataba del representante de
Dios en la Tierra. ¿Dónde quedó eso de que la religión era el opio del
pueblo?
Por último, Obama no se reunió con Fidel porque para
Fidel sería como pedir la confesión en los últimos instantes de su vida.
El gesto tiene algo de trágico, pues viene a ser como si Fidel
estuviera ya muerto y enterrado, y quizá lo está, aunque lo saquen de
vez en cuando a pasear con el chándal de Adidas. Todo muy medido, pues.
Permitimos que los mismos yanquis del «go home» le den la puntilla al
régimen, pero lo hacemos de tal manera que parece otra cosa. Aunque no
sabríamos decir qué cosa, la verdad. En esta estrategia de dar dos pasos
adelante y uno atrás, tampoco hay que olvidar la detención de numerosos
opositores y ´damas de blanco´, que a estas alturas, suponemos, ya
estarán en la calle. Hay que cumplir el calendario, que solo ellos
conocen. Pero lo que decíamos al principio: un funeral.
Juan José Millás
Falta de sentido
28.03.2016 | 05:30
Por razones que no vienen al caso, viví durante una época en la casa de
un cura cuya sobrina dormía en el cuarto contiguo al mío. Pero como ya
entonces era insomne, a eso de media noche escuchaba levantarse a la
supuesta sobrina de su cama y acudir con pasos quedos a la habitación
del sacerdote, donde permanecía hasta el amanecer, momento en el que
regresaba a su dormitorio. Cuando nos levantábamos cada uno de nuestra
cama, y después de un frugal desayuno, la joven me pedía que le ayudara a
hacer la suya, para despejar así cualquier duda acerca de dónde había
pasado la noche. Ya entonces me preguntaba yo por el fingimiento. Fingir
que vives en una habitación cuando vives en otra, resulta difícil, a
menos que cuentes con la complicidad tácita del resto de los habitantes
de la casa. La mujer contaba con la mía, y con la del cura, lógicamente,
de modo que no había problema, aunque todos percibíamos la existencia
de un pequeño desorden. El desorden de la mentira.
Más
complicado debe de ser decir que vives en Andorra y vivir en Madrid o
Barcelona. Es de lo que Hacienda acusa a Borja Thyssen, que de este modo
se habría ahorrado más de 600.000 euros en impuestos. La sobrina del
sacerdote hacía como que dormía en un sitio, durmiendo en otro, por
amor, de ahí que Hacienda no le reclamara nada. A Borja, que lo hace por
dinero, le podrían caer tres años de cárcel más una multa que
multiplicaría la deuda por siete. Significa que el amor está mejor visto
que el dinero, incluso en el caso de que haya por medio un cura con
voto de castidad. Con todo, lo que más nos interesa de esta historia es
el modo en que el hijo de la Baronesa aparentaba hallarse en un sitio
cuando se hallaba en otro. ¿Tendría en Andorra un empleado que le
deshiciera y le hiciera la cama todos los días? ¿Habrá sacado fotos de
las sábanas revueltas para mostrárselas al juez?
En cierta ocasión
tuve la oportunidad de entrevistar a la madre de la criatura. Mi
primera pregunta fue si la vida era absurda. Tita Cervera dudó unos
instantes y respondió que el sentido se lo dábamos nosotros. En otras
palabras, que no venía de serie. Borja Thyssen al contrario de la
sobrina y el sacerdote del principio, no ha logrado dárselo. Invierte en
todo menos en sentido.
Juan José Millás
Confusión espacial
23.03.2016 | 00:58
Las autoridades que participaron hace poco en el VII Congreso
Internacional de la Lengua, celebrado en Puerto Rico, no sabían si se
encontraban en EE UU o en Latinoamérica, lo que provocó un pequeño
conflicto diplomático. «¡Viva Honduras!», que gritó el exministro Trillo
en donde no era. Una de las primeras tareas de las escuelas de
educación infantil consiste en lograr que los niños se sitúen
espacialmente. Por eso Epi y Blas, que son muy didácticos, hablan tanto
del arriba/abajo, del cerca/lejos, del derecha/izquierda, del
delante/detrás, del dentro/fuera, y así de forma sucesiva. Mal asunto
que uno no sepa si está dentro o fuera de casa; si en el piso de arriba o
en el de abajo; si cerca o lejos del bar. Puedes vivir sin tener ni
idea del día de la semana, eso viene más tarde, pero para ya para dar
los primeros pasos necesitas calcular la distancia del sofá al
televisor.
El caso de las autoridades españolas no es único. Nos
ocurre a nosotros. ¿Cómo decidir ahora mismo si estamos dentro o fuera
de Europa? Puedes hallarte en el corazón mismo de Bruselas y dudar
acerca de si lo que se decide allí tiene que ver con la idea que nos
habíamos hecho del viejo continente y de la construcción de una
identidad más o menos común. Significa que estamos desorientados en el
sentido clínico del término. Un tío mío, en sus últimos años, pretendía
salir de casa por el armario y se dirigía al cuarto de baño cuando
pretendía ir a la cocina. «Demencia senil», dijeron en Urgencias. La
casa se convirtió para el pobre en un laberinto. Ahora bien, no siempre
sufría. A veces le hacía gracia salir de la despensa como si viniera del
supermercado, o de donde quisiera que viniera cuando salía de allí.
-¿Dónde has estado, le preguntaba yo?
-En el lunes –respondía él.
Confundía
el tiempo con el espacio, que es otro de los síntomas que produce este
mal y del que como sociedad también estamos afectados. No hay más que
ver el tiempo que ha transcurrido desde las elecciones del 20D. No
obstante, si escuchas hablar a las autoridades, parece que fue ayer. De
ahí que no tengan prisa alguna en formar o en deformar gobierno. Nos
vendrían bien unas lecciones de Epi y Blas, para saber adónde vamos.
Juan José Millás
Desazón colectiva
22.03.2016 | 05:30
No sabemos si la realidad tiene espalda porque suele atacar de frente.
De tenerla, deberíamos desnudarla para averiguar lo que ocurre en el
cuarto de atrás. Conocí a un político, ya retirado, que era blanco de
toda clase de ironías por su expresión permanente de disgusto. Un día le
pregunté si se trataba de un problema formal, derivado de la
disposición de sus músculos faciales, o si aquella expresión delataba
una incomodidad auténtica.
-Me picaba la espalda –dijo–. Si me
rascaba, me picaba más. Las etiquetas de las camisas eran una tortura,
las arrancaba todas. El rictus que tanta gracia provocaba en mis
adversarios provenía de ahí.
Lo probó todo el hombre: cremas de
aloe vera, emplastes de cebolla hervida, ingesta de ansiolíticos? Se le
quitó al regresar a la vida civil. Me he acordado de él porque a mí
también ha comenzado a picarme. Nunca había reparado en la espalda.
Guardaba con ella la misma relación que con una parcela en el desierto,
heredada de una tía soltera. La espalda era un lugar vacío que
conservabas en algún lugar del cuerpo, pero al que no se te ocurría
visitar, ni siquiera a través del espejo.
Me sorprendía cuando la
gente se quejaba de dolores en la espalda, uno de los males más
frecuentes de nuestra época. Para mí, era como tener un quebradero de
cabeza en Nueva York viviendo en Madrid. Pero todo llega, y a mí me ha
llegado en forma de picor.
En Internet puedes encontrar tantas
razones para el picor de espalda que no sabes con cuál quedarte. Entre
ellas aparece, claro, el cáncer de piel. No importa el síntoma que
busques, el cáncer siempre se manifiesta. Se cuela en todas partes. Pero
yo he decidido que mi picor proviene de una mezcla de estrés y
sequedad. En efecto, vivo en una ciudad muy seca y estoy agobiado por
diferentes causas, entre ellas, ahora, el picor mismo.
Ya he
comenzado a arrancar las etiquetas de las camisas, lo que no siempre es
fácil (me he cargado dos), y a darme aloe vera. Lo que me pregunto es si
esta desazón colectiva en la que vivimos instalados tiene que ver con
que también a la realidad sociopolítica le pica la espalda. Quizá sí,
pero dónde la tiene. He probado a leer el periódico al revés sin
resultado alguno.
Juan José Millás
No tenemos ni idea
19.03.2016 | 02:20
Los oyentes de radio sabemos que la mañana empieza con la información de
la Bolsa. Por cierto, que cuando escribo estas líneas sube, pese a que
el mundo baja, aunque no es raro que baje cuando el mundo sube. Se
desploma y florece como un termómetro loco, obedeciendo a causas
esotéricas. Parece mentira que Iker Jiménez no le haya dedicado todavía
un programa. O dos. Significa que comenzamos el día con una información
más propia de la fantasía que de la realidad. Pero no nos damos cuenta
de ello. Vivimos, pues, en un ensueño atroz donde los movimientos
económicos parecen dictados por un carácter semejante al de la Reina
Loca de Alicia en el País de las Maravillas. Pura arbitrariedad cuyas
consecuencias caen siempre sobre las mismas espaldas. Ahora mismo caen
sobre las mías, posiblemente sobre las de usted, que se dirige en el
coche a trabajar sin meterse con nadie. Siempre en el caso de que tenga
trabajo, claro está.
Damos a la información mágica sobre la Bolsa
el mismo valor que a la científica del termómetro, que nos dice si el
niño debe o no debe ir al colegio. Una vecina, a cuya hijita cuido
cuando los padres van al cine, me asegura que los colegios están llenos
de niños con fiebre porque los progenitores no tienen con quién
dejarlos. En ocasiones, las oficinas están llenas también de gente con
neumonía por miedo al despido. Hoy mismo, después de la información
sobre la Bolsa, la radio ha informado de que una mujer fue despedida de
su trabajo en un hotel al poco de que le diagnosticaran un cáncer. Los
departamentos de recursos humanos de las empresas se deshumanizan a cien
por hora. Oculte usted sus diagnósticos, no busque piedad ni
solidaridad allá donde se gana malamente la vida porque le condenarán a
muerte. Es posible que el mismo día que recibimos un diagnóstico fatal
suba la Bolsa. No nos enfademos. Ha subido por razones fantásticas, que
nada tienen que ver con nuestra patología clínica. De hecho, ha subido
mientras aumentaba la crisis de los refugiados, que mueren de tisis a
las puertas de Europa. ¿Qué es lo que le conviene entonces a la Bolsa?
No tenemos ni idea. Si lo supiéramos, intentaríamos satisfacerla,
incluso sacrificando, como los antiguos, a nuestros jóvenes. ¿Pero acaso
no los sacrificamos ya?
Juan José Millás
Ética y hética
16.03.2016 | 05:30
De súbito, todos los partidos políticos tienen un código ético con el
que nos catequizan desde la mañana hasta la noche. Imagino el código
ético como un cuadernillo escrito deprisa y corriendo, con escasa
sintaxis y ninguna sindéresis. Un código ético de urgencia y de diez o
quince páginas, cosidas con grapa, con las que pretenden enfrentarse a
los millones de folios de los sumarios judiciales en los que chapotean
las formaciones clásicas. ¿Cuántos tomos ocupa ya el sumario de la
Gürtel? ¿Y el de los ERE? ¿Y el de la Púnica? Muchos más que los que
tenía la vieja enciclopedia Espasa, ya descatalogada, pobre. Dan lástima
esos catecismos rudimentarios, que caben en el bolsillo de atrás del
vaquero y que vienen a ser como el intento de curar una enfermedad
terminal a base de aspirinas. País difícil, que diría López Madrid y
corroboraría el Rey.
El otro día, en la tele, vi cómo una
representante del PSOE y otra del PP se daban mutuamente en la cabeza
con sus respectivos códigos. Sin hacerse daño, claro, pues ya se ha
dicho que son más delgados que el folleto de instrucciones del Parchís y
están escritos en un solo idioma. Estas dos representantes iniciaron la
discusión con el famoso ´y tú más´ y se deslizaron, sin darse cuenta al
´y tú menos´. Increíblemente, cada una acabó presumiendo de mayor
corrupción que la otra. Eso sí, la expresión ´código ético´ (nada menos
que dos esdrújulas) iba y venía sin parar de un extremo de la pantalla
al otro. Se les llenaba la boca de código ético, como el que, para
aturdirse, repite una letanía sin caer en su significado. Ora pro nobis.
Al poco, se manifestó en el mismo programa Pedro Sánchez, que
tiene de secretario general del partido, en Galicia, a un sujeto
imputado por diez delitos, diez, cada uno más grave que el otro. Dijo
que no pasaba nada, pues su código ético tenía prevista estas
situaciones y que se cumplirían los tiempos. Lo dijo con tal ligereza y
aplomo, que yo mismo, por un momento, pensé que la situación era del
todo normal. Pero no, era un desatino. No había manera de justificarla.
Significa que los códigos éticos de los que hablan tanto últimamente son
en realidad ´códigos héticos´. Lo que pasa es que la hache es muda y no
la oímos.