Juan José Millás 

Normalidad dominante

25.05.2016 | 05:30
Normalidad dominante
El sentido común está inventado, pero también está inventada la música y cada día es distinta. El sentido común del Papa actual, por ejemplo, no tiene nada que ver con el de sus antecesores. A Francisco I le parece normal que las mujeres sean diaconisas y que casen a la gente y la bauticen y le den la comunión.
No sabemos cuántos Papas más harán falta para que el sentido común de la Iglesia las autorice a ordenarse sacerdotisas y les otorgue la posibilidad de alcanzar el obispado o el papado. A nadie le quepa la menor duda de que ese momento llegará como llegará el final del celibato (lo dice el sentido común). Significa que no basta con inventar un modelo teórico de normalidad. Luego hay que hacerlo funcionar. Al sentido común conviene moverlo o removerlo cada tanto. El mío no tiene nada que ver con el de mis padres, que a su vez no se parecía nada al de mis abuelos. Eso no quita para que haya personas de ahora mismo con el sentido común de hace cuarenta años. Tampoco significa que el sentido común vigente resulte saludable por el mero hecho de ser contemporáneo. Rajoy, que se propone a sí mismo como un modelo de sentido común, escribe a Juncker unas cosas que anonadan. Ya en su día le pareció normal no dimitir después de haber enviado un mensaje de solidaridad a un gánster. Su sentido común le aconsejó aguantar y ahí lo tenemos, mintiendo más que habla. Tal vez sea verdad que las etiquetas de ´derecha´, ´izquierda´ y ´centro´ se han quedado anticuadas.
Lo dice tanta gente que es como para pensárselo. Muertas estas denominaciones de origen, ¿qué nos queda? El sentido común. Esto es por lo que debemos luchar, por cambiar la idea dominante de sentido común. ¿Es de sentido común, no sé, que, a medida que la economía se recupera, la gente de la clase media sea expulsada a la pobreza y la de la pobreza a la indigencia? No lo parece. ¿Es de sentido común que millones de personas no puedan encender la calefacción porque el kilovatio está al precio del caviar? Tampoco. Podríamos preguntarnos quién nos impone esa forma de sentido común y hacerle frente, sea de derechas, izquierdas o centro.
Juan José Millás 

Atracción fatal

24.05.2016 | 05:30
Atracción fatal
A una mujer le robaron unos óvulos en un hospital y ahora anda preocupada por la posibilidad de que con ellos se puedan engendrar unos hijos que no conocerá. La idea de dejar hijos por ahí angustia a algunas personas y causa indiferencia a otras. He ahí los donantes de semen (o las de óvulos). Te levantas un día, vas al banco de semen, te estudian, sí, no, etc. Supongamos que es usted apto y que entrega un paquete de esperma con una concentración de ochenta millones o más de espermatozoides por mililitro, cuya movilidad debe ser superior al 50%, además de presentar una morfología normal. Bueno, son las normas. Hay donantes que cobran (entre 30 y 50 euros) y donantes desinteresados que no (los óvulos salen más caros, entre 500 y 1.000 euros). Pues bien, usted, varón de 25 o 30 años acaba de donar y vuelve a casa en el metro.
El metro se inventó para pensar. La coartada fue el traslado, pero donde más se piensa del mundo es el metro. Basta fijarse en las caras de los viajeros, o en la propia, reflejada en la ventanilla, para comprender que si Sócrates viviera, se haría todos los días la línea 5 del metro de Madrid, ida y vuelta. La gente va pensando en sus cosas, en sus hijos, en sus padres, en ese compañero de trabajo que le hace la vida imposible. La gente hace números, calcula el dinero que lleva en el bolsillo y conjetura cuánto podrá estirarlo, etc. Entre los que piensan, hay quizá uno que viene de vender o de donar 300 o 400 millones de espermatozoides, algunos de los cuales serán descongelados un día u otro para que penetren un óvulo. Quizá esa chica que va sentada delante del donador de semen viene también de donar óvulos. Sería gracioso que de los dos, sin comerlo ni beberlo, naciera un Ricardo o una Josefina.
El donante imagina. Todo está dispuesto para que nunca conozca a los hijos que nacerán de su semen, ahora congelado. Pero los tendrá y se moverán en el mundo. Quizá un día coincidan en el metro. Tal vez dentro de unos años, recorriendo, como Sócrates, la línea 5, sienta una atracción fatal e inexplicable por un joven. ¿Será mi hijo?, se preguntará. El donante anticipa situaciones, se monta novelas. Pero es que, si lo piensas, la vida es una novela. A una mujer, en no sé dónde, le han robado unos óvulos y la pobre anda preocupada.
Juan José Millás 

Graniza y ya está

19.05.2016 | 01:16
Graniza y ya está
La campaña electoral va adquiriendo las particularidades de un fenómeno atmosférico. Deberían informar de ella los expertos en el tiempo. Siempre la misma nomenclatura, ya me entienden, las isobaras, las bajas o las altas presiones, las tormentas eléctricas, los cirros, los nimbos, el anticiclón de las Azores. Los líderes de las formaciones políticas se han sentado a diseñar una campaña y les ha salido un mapa del tiempo. Llueve cuando quiere, no cuando lo ordena el meteorólogo.
Significa que a Pedro Sánchez, por poner un ejemplo, no se le ha venido a la cabeza el «puedo prometer y prometo» como al hombre del tiempo no se le viene a la cabeza la gota fría. La gota fría ocurre. A Sánchez le ha ocurrido Suárez y anda por ahí el hombre, invadido por el espíritu de la UCD como si hubiera viajado en el tiempo. La campaña, en fin, como destino. Pero la vida no se acaba ahí. Es preciso atender también a las pequeñas cosas. Hay que llevar a los hijos o a los nietos al colegio, hay que comprar el pan y la fruta. Hay que planificar la comida del domingo de modo que parezca un poco especial sin que resulte más cara que la del martes. Hay que ganarse la vida, o intentarlo. A ti no te pagan, como a Martínez Pujalte, por tomarte un café. Para eso hay que tener mucha cara o ser directamente un sinvergüenza. Tú no eres un embajador corrupto, no eres Cotino, ni Camps, ni Correa, no perteneces a esas bandas criminales tan mimadas por la política. Tú no eres Rita Barberá, ni su hermana. Tú te mueves en el modesto ´hay que´ de cada día.
Hay que arreglar la cisterna, que pierde agua; hay que ir al ambulatorio a por las recetas; hay que descongelar los filetes de pollo; hay que sacar la ropa de verano; hay que coser los pantalones de Ricardo; hay que rellenar los papeles de Hacienda; hay que visitar al abuelo y echar una mano a la abuela. Mientras repasas los ´hay que´ del día, la radio del coche, o la de la cocina, emite campaña electoral en sesión continua. Puedes dejarla en cualquier momento, al azar, y cogerla en otro cualquiera sin miedo de perder el hilo argumental. No lo tiene, como no tiene hilo argumental una granizada. Graniza y ya está. La campaña sobrevuela nuestras cabezas al modo de las nubes perezosas de mayo, que a veces descargan.
Juan José Millás 

Tormenta

18.05.2016 | 05:30
Tormenta
Creí que las hormigas salían del sumidero del lavabo, pero no. Tienen su nido detrás del espejo del cuarto de baño. Se trata de un espejo fijo, pegado a la pared y con un marco, también fijo, de cerámica. Por la mañana, el lavabo está repleto de ellas. Parece negro, aunque es blanco. Son minúsculas. A primera vista, podrían parecer pulgas o microbios, no sé. Es su manera de moverse y de relacionarse lo que las delata. Luego, observadas con una lupa, te das cuenta de que tienen las partes del cuerpo de una hormiga: cabeza, tórax y abdomen. La cabeza posee un par de antenas que mueven en todas las direcciones. No sé si está catalogada esta clase de hormiga de cuarto de baño, supongo que sí, aunque, según los expertos, hay más de 22.000 especies, muchas de ellas sin estudiar.
Venían apareciendo desde hace años por estas fechas, pero hace meses hicimos obra y saneamos todos los rincones, de modo que creíamos haber acabado con ellas. Pues no. Después de dar muchas vueltas, he descubierto en el marco de cerámica del espejo un agujero del tamaño de la cabeza de un alfiler por el que entran y salen a placer. ¿De qué viven? Supongo que de nuestras escamas. El cuerpo de los seres humanos es una despensa para estas colonias de insectos sociales.
Da envidia lo que hablan entre sí y lo bien que se llevan, todo ello sin dejar de trabajar. El caso es que hace días tapé el agujero y desaparecieron del lavabo, pero no de mi cabeza. Al afeitarme, las imaginaba detrás del espejo, quizá a la altura de mi nariz o de mis ojos. Me hacían más daño dentro que fuera. Ayer por fin, al levantarme, el lavabo estaba negro de nuevo. Había tantas que parecía un campo de fútbol. Fue repugnante y tranquilizador al mismo tiempo. Las recogí con una toalla húmeda y las arrojé al retrete.
Luego permanecí quieto y al rato las vi aparecer por un orificio mínimo, practicado en el otro extremo del anterior. Salían como un hilillo de agua de un grifo mal cerrado. Me pregunté si serían comestibles y, en tal caso, si no debía considerarlas como una fuente de riqueza. Me extrañó descubrir un par de ellas con alas. Consulté en la Wikipedia y significaba que iba a llover. En efecto, a media mañana hubo tormenta.
Juan José Millás 

Disculpen el cambio

17.05.2016 | 05:30
Disculpen el cambio
Compartí hace poco mesa y mantel con un columnista al que admiro y en el segundo plato comenzamos a intercambiar secretos de cocina.
Como me ha pedido que no lo mencione, no lo menciono, qué le vamos a hacer. No llevábamos ni tres copas de vino cuando me confesó que él escribía sus columnas al poco de salir de la cama, sin pasar por la ducha.
– Me gusta escribir -añadió- con la sensación de suciedad corporal con la que nos despertamos. Con la boca pastosa, si he bebido la noche anterior, con los ojos legañosos y el pelo revuelto. Con los intestinos sin vaciar y los sueños todavía medio vivos, aunque ya en proceso de disolución, en la memoria. Escriba sobre lo que escriba, parte de toda esa inmundicia se cuela en el texto. Y funciona. A la columna periodística le viene muy bien un punto de roña, una pátina de herrumbre.

Me contó también que a veces, por experimentar, ha escrito después de ducharse. A ver, él me lo refiere con detalles: ducharse implica lavarse la cabeza, además de pasarse la esponja por el resto del cuerpo, todo ello con el agua caliente y purificadora escurriéndose por toda tu geografía. Implica aclararse la garganta, escupir. Bajo la ducha, te vas convirtiendo en otro distinto de aquel que acaba de salir de entre las sábanas. De la cama surges cabreado; de la bañera, sedado. Con frecuencia, después de ducharte, te afeitas, pues los poros de la piel están más dilatados, por el calor, y la maquinilla apura más. Una cosa llama a la otra. Luego te secas el pelo, te pones ropa interior limpia y apareces en el pasillo de tu casa con la actitud casi de un moje budista. El mundo está mal, es cierto, pero tú estás bien. Te esperan en la cocina un zumo de naranja, un café con leche y quizá una tostada.
– Ponte a escribir con ese grado de bienestar –concluyó- y verás qué mierda te sale.
Nos despedimos casi a media tarde, después de haber tomado un par de gin-tonics digestivos. Llegué a casa, me puse delante del ordenador y me dije: voy a contarlo. Le llamé para que me autorizara a revelar su nombre y me dijo que no. Que no le importaba la fama de columnista cabreado, aunque tampoco quiere que se empiece a hablar de él como un cochino. Por mi parte, a partir de mañana me apunto a su método. Disculpen el cambio de carácter.
Juan José Millás 

¡Lo dice la banca!

12.05.2016 | 05:30
¡Lo dice la banca!
Si es verdad que la clase media es el adhesivo que sujeta los cromos, el álbum se está quedando vacío. Peor que vacío: con las casillas sucias por el engrudo seco, testigo del desastre. Significa que tres millones de personas han pasado en los últimos años de la clase media a la baja. Abres el álbum de fotos de la clase media y no ves a la tía Julia, ni al tío José, ni a los primos Clara y Fortunato. ¿Dónde están? En el álbum de los pobres, del que se ha caído también un montón de gente que ha pasado al de la indigencia.
El único álbum que ha crecido es el de los ricos de siempre, que ahora son más ricos que nunca. La desigualdad, la brecha, el espanto, elijan ustedes el sinónimo. Como decía Groucho, salimos de la nada y a base de trabajar y trabajar hemos llegado a la más profunda de las miserias. Y la tendencia sigue. Ignoramos cuál es límite de esta disimilitud trazada por los poderes financieros y ejecutada por sus brazos políticos, no sabemos hasta dónde se puede estirar la goma sin que se rompa, pero los señores del dinero están en ello. En que se rompa.
De la clase media se ha dicho con frecuencia que es la que proporciona estabilidad al conjunto. A más clase media, mayor fortaleza. ¿Por qué entonces nos la estamos cargando de este modo? Porque en esa clase hay mucho ahorro. Con el dinero que guarda en los calcetines, un bróker levanta en dos días un imperio.
La clase media es conservadora. Ahorra para mañana, para el futuro, para la universidad de los hijos, para las enfermedades. Si el banco le aconseja que meta ese dinero en Preferentes, lo mete en Preferentes porque la clase media cree en el sistema, en los valores del sistema. De ahí que haya caído tanta gente de clase media en estafas como Afinsa o Fórum Filatélico.
Eran valores seguros, porque los sellos, en el peor de los casos, siempre conservarían su valor facial, etc. Discurso no les falta a estos salteadores. Lo raro es que reciba tantos apoyos políticos. Una sociedad sin clases medias es como una salsa sin trabar. Un asco de salsa, un asco de sociedad en el que da vergüenza mirarse. Pero es ahí hacia donde nos dirigimos. No lo digo yo, lo dice una fundación del BBVA. ¡Lo dice la banca!
Juan José Millás 

Trátala bien

11.05.2016 | 05:30
Trátala bien
Ha venido el técnico informático a echarle un vistazo a ´la Máquina´. Él se refiere de este modo a mi ordenador. La Máquina es un pequeño portátil de tres o cuatro quilos. Parece una ironía llamarlo de este modo, como llamar Melenas a un calvo. Pero el técnico siempre se expresa de forma literal. Cuando dice Máquina quiere decir máquina.
Casi nunca viene a casa, pues lo arregla todo a distancia. Entra desde su ´máquina´ en la mía y le hace un chequeo completo en apenas una hora. Mientras él hurga en sus entrañas, observo cómo el puntero se desliza por la pantalla sin que yo toque el ratón y se me ponen un poco los pelos de punta. Ese hombre conoce mi ordenador mejor de lo que yo conozco mi cabeza. Si tenemos en cuenta que el ordenador es una sucursal de la cabeza, podemos deducir que no tengo secretos para mi técnico. A veces me da pudor encontrarme con él de este modo, cara a cara. Por fortuna es muy discreto y finge no saber nada de mí. Hoy ha venido a limpiar por dentro la Máquina. Ahora está levantando el teclado, que es como levantar la tapa de los sesos, mientras canturrea ´Las lágrimas de un día´, una canción antiquísima, de mi infancia, que no coincide con la suya. Si la buscas en Internet, aparece después de ´Las lágrimas de Amancio Ortega´, el dueño de Zara, que por lo visto lloró hace poco.
El asunto me inquieta porque el otro día, con motivo del aniversario de la muerte de mi madre, sentí la necesidad imperiosa de escucharla y la encontré en YouTube. ¿No es raro que al técnico le venga esa melodía a la cabeza justo cuando está hurgando en las tripas del portátil?
Y bien, por establecer algún tipo de comunicación, le digo que el ordenador está unos días rápido y, otros, lento. El hombre levanta la cabeza de la máquina y dice:
– ¿Y tú?
– ¿Yo qué?
– ¿Tú no estás unos días rápido y otros lento?
– Pues sí.
El técnico vuelve a lo suyo como si yo mismo hubiera dado respuesta a mi pregunta. Al despedirse, me dice:
– Trata bien a la Máquina. Es muy buena.