Juan José Millás
Hace un par de horas
26.07.2016 | 05:30
La asignatura pendiente en el mundo del libro siempre fue la
distribución. Aun hoy, cuando solicitas en una librería de referencia un
título que no aparece en la tienda, tardan una semana o más en
conseguírtelo. Eso sí, han logrado avisarte a través del wasap, cuando
con esos ritmos sería más lógico emplear el correo postal. Nadie, nunca,
ha logrado explicarme este asunto de forma que lo entendiera. En las
farmacias, te consiguen por la tarde el medicamento que has encargado
por la mañana. Siempre recomendé a los editores que o bien copiaran ese
sistema de distribución o bien vendieran sus libros en las boticas. Pero
mis consejos cayeron en saco roto. La distribución, la logística, he
ahí uno de los grandes temas de nuestra época. En cierta ocasión,
entrevisté a un experto en logística y me explicó el lío que organizaba
uno cuando inocentemente metía en el carrito de la compra una lata de
sardinas.
Esa ausencia, la de la lata de sardinas, provocaba una
sucesión increíble de movimientos destinados a reponerla de manera
inmediata. De hecho, no se ha dado el caso que uno vaya al supermercado a
por esa conserva y no la encuentre. En cambio, es posible que en una
librería de fondo no encuentres un título de Sartre.
– Le avisaremos cuando lo consigamos.
Eso te pasa por preguntar por Sartre en una librería, sobre todo habiendo farmacias.
Amazon,
que empezó vendiendo libros por Internet a toda velocidad, ha ido
ampliando su campo de negocio y ahora pone a disposición del cliente
todo lo que su cabeza sea capaz de imaginar, a más velocidad de la que
antes te servía el Ulises de Joyce. En una hora, para ser exactos,
pagando seis euros adicionales, o en dos, si lo prefieres gratis. En
Amazon no son libreros ni pescaderos ni vendedores de helados.
En
Amazon son distribuidores. Distribuidores vocacionales, se entiende.
Acabarán, si se lo proponen, sirviendo sueños a domicilio con drones
manejados a distancia. El asunto de la logística es más literario de lo
que parece. Y les dejo, que tengo que acercarme a la farmacia a recoger
unos ansiolíticos de última generación que encargué hace un par de
horas.
Juan José Millás
Una llama de hielo
23.07.2016 | 01:00
Voy al mercado y compro como si luego fuera a tener hambre. Cuando llega
«luego» estoy inapetente y he de congelar la mitad de lo adquirido. ¿La
congelación, me pregunto, es un invento comparable al del fuego? Quizá
sí, pero el fuego se inventó hace un millón de años y la congelación,
hablando en términos históricos, es de anteayer. Recordemos, si no, el
comienzo de un clásico del siglo XX: «Muchos años después, frente al
pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar
aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
Yo
mismo, habitante incierto del siglo XXI, conocí tarde el hielo. De
pequeño, desde el portal de una casa del extrarradio de Madrid, veía
llegar en verano al chico que lo vendía. Era un espectáculo casi de
orden religioso, pues atribuíamos al «poseedor del hielo» poderes
semejantes a las que nuestros ancestros prehistóricos adjudicaban al
«poseedor del fuego».
El repartidor del hielo portaba sobre el
hombro, protegido con un saco de arpillera, una barra que sujetaba con
un garfio. Con un golpe de ese garfio partía un cuarto de la barra, o la
mitad. Al golpearla, saltaban diminutos diamantes que se deshacían en
el aire.
Años después aparecieron los frigoríficos eléctricos, con
un congelador en el que podías fabricar tu propio hielo. Disponer de un
congelador en casa resultó tan novedoso como llevar, en otro tiempo,
una caja de fósforos en el bolsillo. Cuando el hombre aprendió a
fabricar el hielo, se cerró un círculo. Poseía el fuego y su contrario,
el hielo, aunque los dos quemaban. ¡Qué sorpresa, hallar en éste las
mismas propiedades que en aquél!
Así que he congelado lo que
compré para el hambre de «luego» y cuya visión sobre la mesa de la
cocina me provocó inapetencia. La inapetencia suscita un pudor atenuado
por la posibilidad de congelar. La congelación es como el revés de la
cocción. En el fuego todo se acelera y en el frío todo se retrasa. Por
eso el verano arde tan deprisa. Las semanas saben a días y los días a
horas. ¿Se podría congelar el verano? Una llama de hielo, he ahí una
imagen poderosa. Abrir el congelador y sacar una llama de hace tres
meses para encender el fuego de hoy.
Juan José Millás
Imaginen
20.07.2016 | 05:30
El adúltero se encontraba en la casa de la adúltera, tal vez charlando o
tomando el té. Los adúlteros no hacen siempre lo que imagina la gente
fiel. De hecho, la infidelidad se practica por el afán de averiguar
cosas acerca de uno mismo y de los otros. Sé de una adúltera vocacional
cuyo matrimonio marcha bien gracias a las escapadas de ella (y quizá a
las de él). El problema del adulterio es que, resultando saludable para
el matrimonio, no se puede institucionalizar, ya que en ese mismo
instante se volvería tóxico.
Debe, pues, practicarse en
condiciones de clandestinidad y sin que los cónyuges de los implicados
lo sospechen siquiera. A mí no me gusta hacer cálculos (como a Madina,
que dice que Sánchez ha perdido un voto por minuto desde que es
secretario general), pero ahora mismo se están cometiendo en el mundo
más adulterios que letras tiene este periódico. No puede ser tan malo,
en fin.
Ahora bien, igual que en toda actividad de riesgo, de vez
en cuando sucede una desgracia como la que leí recientemente en el
diario La Nueva España. Sucedió en Pakistán, lo que nos permite hablar
de ello con más libertad que si hubiera sucedido en Cuenca, donde se
conoce todo el mundo. El amante, como decíamos, se hallaba en casa de la
amada, ejercitándose en las actividades propias de su condición, cuando
los infieles escucharon ruidos en el interior de la vivienda. La amante
invitó al hombre a que se introdujera en un baúl del dormitorio, que,
para mayor seguridad, cerró con llave, y el hombre falleció por falta de
oxígeno. Lo hallaron más tarde, completamente cadáver.
El suceso
invita a preguntarse de qué rayos hacen los baúles en Pakistán. ¿Cómo
es posible que no se produjera en su interior la mínima corriente de
aire capaz de mantener con vida a un adúltero inocente? Incluso los
baúles más herméticos tienen rendijas a las que aplicar la boca en
situaciones desesperadas. En todo caso, tampoco suelen ser tan sólidos
como para resistirse a las patadas o a la presión de un cuerpo
normalmente constituido encerrado en él. Todo esto significa que si yo
perteneciera a la policía pakistaní, investigaría el suceso, por si se
tratara de un crimen. Imaginen quién es el sospechoso.
Juan José Millás
Lo advierto
19.07.2016 | 01:44
Hace años se puso de moda un concepto, el de ´la zona´, como ese estado
psico-físico en el que uno se encuentra en la plenitud de sus
facultades. Conquistan la zona aquellos jugadores de fútbol (o de tenis,
lo mismo da) que un día, durante algunos minutos de un partido
importante, consiguen que su talento y su fuerza física se pongan de
acuerdo para llevar a cabo una jugada genial. Los seres de este mundo
(los que no somos futbolistas) podemos intuir en qué consiste esa
combinación de energía y ánimo algunos días en los que al salir a la
calle y respirar el aire húmedo (ha llovido y la atmósfera está empapada
en ozono) sentimos una plétora extraña, que durará con suerte hasta que
nos metamos en el ascensor de la oficina. La zona, según nos parecía
entender, era un estado cuya posesión exigía sacrificios previos:
alimentación adecuada, gimnasio, no fumar, no beber, no llevarse
disgustos. Estuve durante una época obsesionado con la zona. Un día le
hablé de ella a mi psiquiatra.
-Bueno, bueno –me dijo contemporizador–, tú de momento sigue con los ansiolíticos y más adelante ya veremos.
Con
los ansiolíticos no alcanzas la zona, pero llegas a la sub-zona, donde
el desasosiego se encuentra muy atenuado por la química. Lo bueno sería
dar con una cápsula que te excitara al tiempo de quitarte la ansiedad,
lo cual quizá sea contradictorio. Ayer vi una foto de Leo Messi en un
yate, con una copa de champán en la mano, y comprendí que ese hombre
había alcanzado la zona. A veces, la zona es un yate.
Viene todo
esto a cuento de la expresión «abandonar la zona de confort» que
últimamente todo el mundo repite sin cesar. Ahora lo que está de moda no
es conquistar la zona, sino abandonarla. Incluso aunque no se haya
alcanzado. Para Messi es fácil salir del yate. No tiene más que abrir la
puerta (en el caso de que los yates tengan puerta) y dar un paso al
frente. Además sería recibido por los directivos del Barça con los
brazos abiertos. Es otra moda: la de que cada institución tenga en
nómina a un defraudador a modo de mascota. El único modo, sin embargo,
que tengo yo de abandonar mi zona de confort es quitarme de los
ansiolíticos. Pero ya advierto que me pongo como una fiera.
Juan José Millás
Berlanga vive
16.07.2016 | 05:30
Obama tiene un cuerpo y el día tiene 24 horas. Poco cuerpo y pocas horas
para todo lo que hay que hacer. De ahí que el hombre reparta una cosa y
otra con la mezquindad inevitable con la que las he repartido en su
reciente viaje a España. No es mezquindad, es agenda. La agenda es como
un hígado que suelta un poco de bilis aquí, otro poco allá, además de
sintetizar proteínas o enzimas.
– Americanos, os recibimos con alegría.
Veintiuna
horas estuvo en España el mandatario estadounidense. Para protegerlo,
habían traído de su país La Bestia, que es un automóvil sin
sentimientos, del que no se pueden subir ni bajar las ventanillas
traseras (como en algunos de nuestros taxis) y en el que Obama se
desplaza como en un ataúd de acero cuyas paredes miden, más o menos,
veinte centímetros (para ser presidente de los EE UU no puedes tener
claustrofobia). Junto a La Bestia desembarcaron unos cuantos cientos de
automóviles más y miles de secretarios y guardaespaldas que forman el
séquito del político más importante del universo mundo.
– Americanos, os recibimos con alegría.
Obama
desembarcó en Torrejón de Ardoz dispuesto a distribuir su tiempo y su
cuerpo con la generosidad de aquel al que le estorba la calderilla en el
bolsillo de la chaqueta. Le dio una hora a Felipe VI, otra a Rajoy y
arrojó al suelo diez minutos para que se los disputaran entre Rivera,
Sánchez e Iglesias. Lo más gracioso es que, según las crónicas, estos
tres líderes intercambiaron con él opiniones sobre asuntos importantes.
Así,
Pedro Sánchez habló con Obama de baloncesto y del Brexit. Albert Rivera
le puso al tanto de la situación política española y de la importancia
de su partido en el contexto actual. Pablo Iglesias conversó acerca de
la política de los EE UU y le regaló un libro con una dedicatoria que
llevaba ya escrita, porque de haberla escrito durante el encuentro no
habrían tenido tiempo de charlar.
– Americanos, os recibimos con alegría.
Obama
no fue a Sevilla, donde habían limpiado las calles para él. Pero los
sevillanos dicen que otra vez será. Si Berlanga levantara la cabeza?
Juan José Millás
Que abran los ojos
13.07.2016 | 05:30
Hace unos días murió Michael Herr, autor de ´Despachos de guerra´, un
libro fundamental del siglo XX en el que se recopilan sus crónicas sobre
la guerra del Vietnam. En el prólogo, Herr habla del impacto emocional e
intelectual que le provocó la experiencia. En algún momento dice que
«somos responsables de lo que vemos». Esta frase, escrita hace tantos
años, cobra hoy un significado mayor del que su autor pudo imaginar.
En
efecto, en una u otra medida, somos responsables de lo que vemos. Y hoy
lo vemos todo. Vemos cómo muere un niño desnutrido en Niger y cómo otro
es violado al atravesar un desierto en dirección al norte de África.
Vemos cómo se especula con el agua y la comida, cómo se patentan las
semillas, que es como patentar el semen. Vemos cómo los ricos aumentan
su riqueza en una proporción idéntica a la que crece el número de
pobres, cómo los fondos de inversión adquieren a bajo precio viviendas
sociales que venden por el doble.
Vemos el tráfico de armas y las
guerras que provoca ese comercio. Disponemos de una visión del mundo en
pantalla panorámica, de manera que, además de los indigentes de aquí,
vemos los de allí y vemos también a los seres humanos que se ahogan en
el Mediterráneo huyendo del hambre y de las balas.
Lo vemos todo.
La visión se ha globalizado. Vemos, pues, las fábricas asiáticas en las
que trabajan, poco menos que en régimen de esclavitud, los niños, las
mujeres y los hombres que confeccionan la ropa barata que nos compramos
los sábados por la tarde. Vemos cómo de vez en cuando se derrumba una de
esas fábricas acabando con la vida de 200 o 300 obreros. Vemos la
hipocresía de las grandes firmas, que envían unos céntimos para los
ataúdes. Nada escapa en esta época a nuestro conocimiento.
Y
somos, como decía Herr, responsables de lo que vemos. Somos, decía
Pessoa, del tamaño de lo que vemos. Y lo que vemos está mal, da asco,
resulta insostenible. Pero tiene una solución que pasa por el reparto de
la riqueza. Si los ricos tuvieran para la vida el mismo talento que
demuestran para los negocios, serían los primeros en exigir a los
gobiernos unos sistemas tributarios que aliviaran las diferencias.
También ellos son responsables de lo que ven. Solo falta que abran los
ojos.
Juan José Millás
Qué hago
12.07.2016 | 05:30
El caso es que no dormía bien y consulté al médico sobre la posibilidad
de tomar algo. Me pidió que le describiera el tipo de insomnio y se lo
narré porque las descripciones me agotan. Tras el relato, me habló de un
ansiolítico suave que tenía efectos secundarios en la memoria, aunque
tardaban tanto en llegar que cuando se manifestaran ya estaría yo
criando malvas. Criar malvas es una actividad muy absorbente, sobre todo
para la malva, de manera que me pareció bien iniciar el tratamiento. Lo
que ocurre es que ahora recuerdo lo que quiero olvidar y olvido lo que
me apetecería recordar.
He leído atentamente el prospecto, por si
mencionara un caso semejante de reacción individual ante el fármaco,
pero no dice nada. Puede provocar cualquier síntoma imaginable e
inimaginable, excepto el que me provoca a mí. También es mala suerte. Y
no me atrevo a llamar al médico porque le tengo un poco harto.
Entonces
enciendo la tele, donde pillo una película de Robert Redford, aunque
soy incapaz de seguir el argumento porque de súbito lo único que me
interesa es recordar el nombre del actor, que se me queda atascado en la
punta de la lengua. Comienzo, pues, una cadena de recursos nemotécnicos
que me alejan todavía más del argumento de la película y al rato,
¡zas!, me viene.
– Robert Redford -digo en voz alta con un suspiro de satisfacción.
– Dustin Hoffman -corrige mi mujer.
En efecto, es Dustin Hoffman. Creo que he acertado por aproximación:
los dos son actores. ¿Pero duermo mejor? Sí y no. Antes me despertaba
tres veces a lo largo de la noche y ahora me despierto una. Duermo seis o
siete horas casi seguidas, pero sueño que estoy despierto, por lo que
amanezco como si no hubiera pegado ojo. Me incorporo a la vigilia, en
fin, como si viniera de trabajar, en lugar de salir de entre las
sábanas. A cambio de eso, tengo durante todo el día la sensación de
estar soñando. Camino como si soñara, escribo como si soñara, cocino y
friego los cacharros como si soñara, me pongo los calcetines como si
soñara.
¿Continúo tomándolos, doctor?