Las acelgas
Juan José Millás
14.02.2017 | 05:30
Mucho congreso, mucho Rajoy, mucho Iglesias, pero lo cierto es que
fui al mercado y no había cola en el puesto de frutas y verduras. Por
los precios. Por las heladas en Grecia, Italia e Israel, también por los
temporales en España. Investigando, podemos averiguar cuántas
coliflores han muerto, cuántas lechugas se malograron. Las acelgas, un
plato humilde, pueden de súbito ponerse por las nubes. Yo las adoro,
rehogadas con ajo. No pregunté su precio porque las vi muy tristes, más
que nunca, lo que da una idea de la situación si pensamos que se trata
de una verdura cuya condición es la congoja. El mercado, en general,
parecía afligido. Allí donde hay que contar los céntimos para adquirir
un cuarto de judías verdes, está garantizado el desconsuelo.
Tristeza de guerra o de posguerra. Vivimos una guerra de la que no somos
conscientes. Se manifiesta en la desarticulación de los movimientos
sociales, en el precio imposible de las alcachofas, en los salarios
bajos, en la emigración forzada, en la creciente brecha entre ricos y
pobres. Cada cuarto de hora, alguien te cuenta que en el último año
apenas ha logrado trabajar cuatro meses; a veces, cinco; en ocasiones,
solo unas semanas. ¿Y de qué vives? De la pensión del abuelo, de los
ahorros de los padres, del comedor social. De la limosna, en fin. La
limosna está de nuevo en vías de institucionalización.
Pero si
las heladas y los temporales afectan tanto al puesto de frutas y
verduras del mercado de mi barrio, ¿cómo afectará a los refugiados que
duermen sobre el barro en Grecia o en Turquía? Conocemos el número de
brócolis que se han perdido por culpa del mal tiempo, no el número de
personas que han perdido, por congelación, los dedos de los pies, un
fragmento de la nariz o la oreja derecha.
¿Cuántas orejas han
echado a perder las heladas, los temporales, el granizo? Como en todas
las guerras, la verdad es la primera víctima.
La información se
filtra, se manipula, se desvía, la información destaca lo banal y oculta
lo terrible para que la población civil no se desanime. Pero de un par
de cosas puedo dar fe: de que en el puesto de frutas y verduras, cuando
llegué a media mañana con ánimo de corresponsal de guerra, no había
nadie. Y de que las acelgas lloraban lágrimas verdes. ¡Qué lástima!
Nada interesante
Juan José Millás
13.02.2017 | 05:30
He aquí que hace poco, en el transcurso de un congreso de cardiología
celebrado en Asturias, un paciente murió a la vista de los 150 médicos
inscritos mientras se le implantaba una válvula aórtica a través de un
catéter. Un coágulo mandó al traste el espectáculo médico, que se
retransmitía a través de una gigantesca pantalla de plasma. El paciente,
pobre, tenía 86 años y quizá era la primera vez que salía en la tele.
En la tele pasan pocas cosas, de ahí que cuando ocurra algo se convierta
en noticia. Me lo decía el martes un amigo morboso con el que me tomaba
un gin tonic en la terraza de un bar con estufas eléctricas.
-Yo cambio de canal cada poco para ver si a alguien le ocurre algo en directo.
-Algo como qué.
-No sé, un atragantamiento, una lipotimia, un ataque de angustia.
A
mi amigo morboso le parece que en un aparato que funciona 24 horas al
día, siete días a la semana, deberían ocurrir más accidentes. No
comprende que un telediario llegue a término sin que se haya desprendido
un foco del techo. Por lo tanto, más que escuchar lo que le pasa al
mundo, su atención se centra en lo que les ocurre a los periodistas que
cuentan lo que le pasa al mundo.
-Y nunca les ocurre nada –añade con tono de sospecha, como si ese no ocurrir fuera el resultado de una conspiración.
Le
digo que hay un modo de leer novelas semejante a la forma en la que él
ve la tele, es decir, no atendiendo a lo que el narrador cuenta de los
personajes, sino a lo que nos relata de sí mismo.
-¿Por ejemplo? –dice.
-No
sé -digo yo-, si el narrador asegura que cuando el protagonista salió a
la calle hacía una tarde velazqueña, cabe suponer que conoce a
Velázquez y que quizá ha estado en el Museo del Prado. Sin querer, te
acaba de contar algo de sí mismo.
Mi amigo morboso asiente con la
cabeza y pregunta si podría darse el caso de que el narrador muriera o
fuera asesinado antes de que acabara la novela. Le digo que sí, aunque
con expresión dubitativa, y él hace un gesto de desesperación, como si
tampoco en las novelas sucediera nada de interés
La guerra
Juan José Millás
08.02.2017 | 05:30
Mucha gente habla ya en voz baja de la posibilidad de que el euro se
vaya al carajo. Bastaría, quizá, con que Le Pen ganara las elecciones en
Francia. Le pregunto a un amigo economista, que trabaja en un
periódico, por qué apenas se escribe sobre esta posibilidad y me dice
que por el consenso.
-¿Qué consenso?
-Bueno -añade-, se ha establecido un acuerdo tácito según el cual no debemos ni mencionar el asunto.
-¿Pero la posibilidad es real?
-Es muy real.
El
euro salió de fábrica lleno de defectos, incluido el de un dispositivo
clandestino que disimulaba sus emisiones de CO2. Lo del CO2 es un decir,
por compararlo con los coches que polucionan más de lo que demuestran
sus indicadores. Pero el euro fue desde el principio, según muchos
expertos, un carburante lleno de impurezas. Comenzó su existencia
encareciéndonos la vida y ahora amenaza con suicidarse para
arruinárnosla. Mi amigo me habla de un sistema fiscal común que no se
llevó a cabo y de otras cuestiones de orden técnico que finjo entender
con asentimientos de cabeza.
El caso es que si el euro se
vaporiza y no tenemos otra que regresar a la peseta, las consecuencias
serán gravísimas, sobre todo para aquellas personas que tienen
hipotecas.
Por lo visto, y sin que tampoco logre entenderlo del
todo, éstas se pondrían por las nubes. La deuda privada (y también la
pública) crecería hasta extremos insoportables, lo que implicaría una
devaluación que nos haría más pobres. Significa que sería malo para los
que deben dinero y para los que tienen ahorros. Eso, de entrada, pero
hay otras cuestiones todavía peores que prefiero ignorar.
En
realidad, prefiere ignorarlas todo el mundo. Por eso la noticia del
posible regreso a la peseta apenas sale en la radio, en la tele o en los
periódicos. No es que se nos haya prohibido hablar de ello
públicamente, es que el horizonte resulta tan terrorífico que nos lo
prohibimos a nosotros mismos. Escribo este artículo debajo de las
mantas, tiritando de frío y miedo. Ha empezado una guerra que no se
llama guerra, pero que mata tanto o más.
¡Qué difícil!
Juan José Millás
07.02.2017 | 05:30
Cuando se establece la distinción entre el «espíritu» y la «letra» de
la ley, se quiere decir que a veces, aplicando un artículo en su
literalidad, se vulnera su esencia. El juez por tanto no debe actuar de
manera mecánica, como el que aplica una plantilla, sino como un
intérprete capaz de traducir lo que la ordenanza quería decir cuando
dijo esto o lo otro. En el fondo, se trata de una diferencia semejante a
la que establecemos entre cuerpo y alma. Somos víctimas y beneficiarios
de esta dualidad que metaforiza otras muchas de las que estamos
constituidos: apariencia y realidad; esencia y existencia; forma y
fondo, etc. Ahora bien, esto no significa que cada una de las frases que
pronunciamos al cabo del día tenga un sentido literal y otro figurado,
de forma que nos podamos acoger a uno u otro según nos convenga. Si yo
digo que te voy a matar, lo más probable es que lo esté diciendo en
sentido figurado. Pero si te digo que quedamos a las cinco en la puerta
del cine significa que quedamos a las cinco en la puerta del cine.
Parece
mentira que haya que recordar esto, pero nos obliga a ello el
neolenguaje en curso, según el cual cuando uno afirma que la Generalitat
tiene los datos fiscales de todos los habitantes de Cataluña, no ha
querido afirmar que la Generalitat tiene los datos fiscales de todos los
habitantes de Cataluña. Tal es al menos lo que aseguró el exjuez
Santiago Vidal hace unos días.
Cierto -vino a confesar- declaré
que la Generalitat disponía de los datos fiscales de todos los
contribuyentes catalanes, pero no había que entender la frase en su
literalidad.
¿Estamos ante un caso de cara dura o de confusión
mental? Es difícil saberlo porque vivimos rodeados de caraduras y de
confusos mentales. Pero no deberíamos acostumbrarnos a ello. Cuando uno,
en campaña electoral, promete que bajará los impuestos, tendría que
cortarse las venas en público si los sube (lo de cortarse las venas no
hay que interpretarlo en su sentido literal, bastaría con que dimitiera,
por ejemplo). En cualquier caso, lo que no puede de ningún modo es
alegar que hablaba en sentido figurado. En la mayoría de las ocasiones,
no hay sentido figurado que valga. Cuando son las diez de la noche, son
las diez de la noche. No sé si nos vamos explicando.
¡Qué difícil es todo!
Adónde apuntarme
Juan José Millás
31.01.2017 | 05:30
Me abrí un perfil en Facebook y a las 48 horas me borré porque me
parecía un poco confuso. Me había dado de alta para acceder a otros
perfiles que me parecían interesantes y a los que no puedes entrar desde
afuera, pero el precio existencial resultaba demasiado alto.
Ignoraba
con qué criterios debía aceptar las peticiones de amistad y si ponerme
bigote o no en esta nueva forma de existencia. Facebook resultó un
espejo manipulable cuya imagen de mí mismo me provocaba más desconcierto
que seguridad. Por fortuna, hay en esta aplicación, o lo que sea, una
puerta del pánico por la que puedes huir tan pronto como quieras. Me
recordó a las puertas de emergencia de Ikea que suelo utilizar en el
primer tercio del recorrido de los grandes almacenes, en el caso de que
sean unos grandes almacenes. Un amigo me ha recomendado que me abra un
perfil falso desde el que podría observar a los otros sin que los otros
me observen. Ya veremos.
A los cuatro días de borrarme, me enteré
de que un actor estadounidense, Frederick Jay Bowdy, se había suicidado
en directo desde su página de Facebook. En la realidad analógica lo
hizo desde un coche, pero logró retransmitirlo de forma digital a través
de Facebook Live: una contradicción aparente, ya que «live» significa
«vida». ¿Pero acaso se puede alcanzar la muerte desde un sitio distinto
al de la vida? La noticia no aclaraba el modo elegido para quitarse de
en medio, por lo que cada uno puede imaginar lo que quiera. La manera
más dulce, en todo caso, consiste en conectar el tubo de escape con el
interior del automóvil y dejar el motor en marcha. Los gases de la
combustión te duermen y dentro del sueño viene a por ti la Parca. Todo
ello, como decimos, en vivo (es un decir) y en directo, para todas las
personas que en ese instante hubieran entrado en la página del actor. Se
trata de una forma como otra cualquiera de fallecer en compañía. En la
compañía, claro, de las amistades de Facebook. Las asociaciones
partidarias de la eutanasia, si así lo solicitas, te envían un par de
voluntarios a los que puedes contar tu vida mientras el cóctel hace
efecto. Se trata de voluntarios analógicos. Pero los voluntarios
analógicos tienen un punto de grosería física del que carece el
voluntario digital. No sé adónde apuntarme.
El bolígrafo
Juan José Millás
29.01.2017 | 05:30
Yo aprendí a escribir con plumilla y tintero. De ahí vengo, de
aquella caligrafía un poco japonesa en la que el trazo se adelgazaba o
se ensanchaba en función de que presionaras más o menos sobre el papel.
Nunca pensé que habíamos sido un poco japoneses hasta que viajé a Tokyo y
comprobé que allí, al aprender a escribir, haces sin darte cuenta un
máster en diseño. Muy duro. De hecho, Japón tiene una de las tasas de
suicidios más altas del mundo entre los jóvenes. Y no es casual que la
mayoría se quite la vida el 1 de septiembre, que es el día de la vuelta
al colegio. Nosotros no nos suicidábamos, me pregunto por qué. Quizá
porque ni se nos pasaba por la cabeza. Éramos pobres de todo, también de
ideas. De modo que ahí estábamos, inclinados sobre el pupitre, con la
punta de la lengua fuera, trazando signos alfabéticos occidentales con
técnicas que, sin saberlo, venían del oriente. En vez de cortarnos las
venas, nos desangrábamos a través de la tinta, dejándonos la vida en
cada mayúscula.
Nuestra existencia se dividió entre antes y
después del bolígrafo. Y es que de súbito, un día se nos apareció ese
raro instrumento en cuya punta había una bola diminuta que distribuía la
tinta sin riesgo de borrones. Contaban que se trataba de un invento
militar que había hecho el viaje desde los cuarteles a la realidad
doméstica. A través de su carcasa transparente (la del Bic Cristal) se
apreciaba el vaso sanguíneo donde se acumulaba el plasma y cuyo nivel
iba bajando a medida que hacíamos cuentas y escribíamos dictados. Según
la leyenda, con la cantidad de tinta contenida en cada bolígrafo se
podía hacer una raya cuya longitud equivalía a la distancia existente
entre la Tierra y la Luna. Nunca lo comprobamos.
Durante muchos
años, no escribí con otra cosa que con el Bic Cristal. Mis primeras
novelas, cuyos manuscritos conservo, le deben media vida a este
bolígrafo. Ahora, entras en la papelería y hay tantos modelos para
elegir que uno se queda absurdo. Yo los pruebo todos, pero al final
recaigo en el Bic, que me arrancó de una infancia japonesa terrible. Lo
curioso es que acabo de leer con sorpresa que los chinos fabrican el 80%
de la producción mundial de bolígrafos. Al final, entonces, no me he
ido tan lejos de donde comencé.
Poco futuro
Juan José Millás
28.01.2017 | 00:32
Tras las revelaciones acerca de la posverdad, no dejan de aparecer
ideas para luchar contra las noticias falsas. El problema es que muchas
de las noticias verdaderas también son falsas. Y no hay forma de
distinguir las noticias verdaderas falsas de las noticias verdaderas de
verdad.
Que salgan en primera página no es garantía. Que abran
las cabeceras de los telediarios, tampoco. Las noticias verdaderas
falsas y las noticias verdaderas de verdad se cuecen en las mismas ollas
y se sirven en los mismos platos. No hay manera de diferenciarlas, a
menos que uno las lea desde una atalaya privilegiada, que tanto puede
ser la de la marginación social excesiva como la de la integración
social exagerada. Me viene ahora a la memoria aquella noticia verdadera
de cuando se privatizó el sector eléctrico y según la cual las tarifas
bajarían a precios irrisorios.
Significa que conviene detectar
también las noticias verdaderas a corto plazo, pero falsas a medio o
largo. Noticias cuya calidad de verdad tiene fecha de caducidad, igual
que un yogur, aunque nadie se atreve a venderlas de momento como el atún
en lata. Está cambiando todo a tal velocidad que podemos hablar
asimismo de noticias falsas que con el paso de los días se convierten en
verdaderas. La crisis que llevamos sufriendo usted y yo desde hace una
década fue al principio mentira. Tal era la noticia, su falsedad. De
hecho, no era una crisis, sino una leve desaceleración. Ya vamos viendo
cómo evolucionó aquella buena nueva con la que abríamos los
informativos.
Todo es muy confuso, y no solo en el terreno de la
política o de la economía. Quizá la que nos están vendiendo como la
mejor novela o película del año, dentro de un lustro, hayan sido
completamente olvidadas o, peor aún, denostadas como mera basura
ideológica o desideológica, lo mismo da. Lo que otorga calidad de verdad
a una noticia, ahora, es el consenso, que es lo mismo que respalda al
dólar. ¿El dólar es fuerte? Sí, porque creemos que es fuerte. Las
noticias verdaderas son verdaderas porque creemos que son verdaderas.
Quiere decirse que el frente contra la posverdad tiene poco futuro, ni
siquiera sabemos si se trata de un frente verdadero.