Feliz jornada

23.05.2017 | 05:30
En la mesa de al lado, una mujer le pregunta su marido (supongo que es su marido) si le duele la cabeza.
"Soy «yo» el que le duelo a mi cabeza" responde el hombre subrayando el pronombre, como si acabara de descubrir esta nueva forma de daño.
Nunca se me habría ocurrido que «yo» pudiera dolerle a mi cabeza. Siempre he pensado que era ella la que me dolía a mí. La perspectiva cambia por completo. Si «yo» soy el causante del dolor, en vez de tomar una pastilla contra la neuralgia, debería tomarla contra el «yo». ¿Hay remedios contra el «yo» en el mercado? No lo creo. En todo caso, tampoco me atrevería a preguntarlo en la farmacia.
"Perdona, llevo dos días doliéndole a mi cabeza. ¿Qué me recomiendas?"
Estoy viendo la cara de mi farmacéutica, a la que, por cierto, debo ya tres recetas de tranquilizantes. La gente está acostumbrada a que los órganos molesten al «yo». No al revés. Como si los pronombres personales tuvieran menos capacidad que el hígado para amargarte el día. Pero los pronombres personales duelen. El mundo está lleno de mujeres a las que «él» mata, y al revés. Hablamos de matar en sentido figurado. También el «ello» puede provocar un malestar insoportable. Hay días en los que te levantas con una incomodidad imprecisa que llevas a todas las partes y que no tienes ni idea de dónde procede. Yo te lo digo: del «ello». El ello es un pronombre raro, oculto en la zona del páncreas, muy cerca del agujero por el que se accede al inconsciente, esa gusanera de deseos reprimidos. El «ello» se encuentra ahí, en la frontera entre lo manifiesto y lo latente. Por lo general, no se percibe su existencia. Pero hay días en las que se inflama y provoca el desasosiego difuso al que nos referíamos.

El «nosotros» otro pronombre a considerar, también es muy suyo. Te invitan a cenar a una casa en la que enseguida percibes un ambiente hostil. ¿Qué ocurre? Que a la familia anfitriona se le ha ulcerado el «nosotros». Un nosotros ulcerado puede fastidiar una reunión de amigos. Cuidado, en fin, con los pronombres y feliz jornada.

Conclusión

21.05.2017 | 02:00
 
La silicona es un gran invento, pero no sirve para todo. Envejece muy mal, por ejemplo, en el ángulo que forma el borde de la bañera con la pared. Y resulta difícil de aplicar, pese a las pistolas fabricadas para ese fin. Y pega fatal. Todo lo que he pegado con silicona, tarde o temprano, se ha venido abajo. Sin embargo, parece que funciona bien como materia prima para la fabricación de prótesis, de implantes mamarios y de moldes para flanes. Está compuesta por átomos de silicio y oxígeno, aunque no sabríamos decir cómo logran unirlos. El caso es que se encuentra en todas partes, como una especie de acero inverso con el que, cuando se seca, jugamos compulsivamente como el que juega con sus mocos, ya que tiene algo de materia orgánica.
-¿Y qué hacemos con esta ranura? –le pregunto al operario que me ha reformado la cocina.
-La tapamos con silicona.
-¿Y cuándo envejezca? –le pregunto.
-Te morirás tú antes de que ella envejezca.
No es cierto. Sé que cuando la silicona se deshidrata, pierde volumen y se agrieta. Además, es un caldo de cultivo excelente para toda clase de hongos. Le tengo desconfianza, ¿qué le vamos a hacer? El operario me asegura que no hay, para las junturas, alternativa a este polímero inorgánico que tiene, sin embargo, la consistencia de muchas de nuestras vísceras.
-¿Sabes cuántos tornillos se habrían ahorrado si cuando se construyó la Torre Eiffel hubiera existido ya la silicona.
La imagen de una Torre Eiffel pegada con silicona me pone los pelos de punta.
-No digas tonterías –le digo.
-Como quieras –dice él-. Si lo prefieres rellenamos todas las junturas con masilla.
¡Dios mío, la masilla! Si nombre me ha traído un recuerdo olfativo. Hace años que no sé de ella, pero recuerdo lo bien que se aplicaba y se alisaba luego con la yema del dedo. La masilla era una silicona sin pretensiones. Le digo que sí, que prefiero que utilice masilla y dice que estoy loco.
-Aunque yo la utilizo mucho en mi casa –concluye.

Qué bueno

20.05.2017 | 05:30
 
Estaba comiendo en un restaurante del aeropuerto, sin meterme con nadie, cuando un hombre, en la mesa de al lado, le dijo a otro:

Tesla pone hoy a la venta la teja fotovoltaica.

La frase me arrancó del ensimismamiento en el que había caído. Observé a mis vecinos de mesa. Eran dos ejecutivos como de treinta y cinco años, bien trajeados, que daban cuenta de una ración de pulpo con patatas. Pensé que 'La teja fotovoltaica' era un excelente título para un poema, de modo que cuando me devolvieron, incómodos, la mirada, se lo dije:

"Perdonen, no he podido evitar escucharles. Qué hermosa expresión, 'teja fotovoltaica'. Debería ser el título de un poema". Los dos rieron al unísono. A ellos les parecía un sintagma prosaico. Se habían acostumbrado a él. Les pregunté por ella, por la teja, y uno de ellos sacó el móvil, entró en internet y me mostró algunos modelos, cada uno más hermoso que el anterior. Las había de colores distintos, y hasta de cristal, y tenían la ventaja de adaptarse a las tejas tradicionales. Eran mucho más bellas, desde luego, que los paneles solares, que ocupan tanto espacio y que nos resultan tan marcianos.

Les conté que en mi barrio, cuando yo era pequeño, había una fábrica de tejas árabes que se hacían prácticamente a mano. Las tejas árabes reúnen una cantidad de talento insoportable. Se imbrican entre sí de un modo que no permite el paso de una gota de agua, y que aísla también del frío en invierno y del calor en verano. Se trata de la pieza de cerámica más simple que quepa imaginar, aunque de una eficacia demoledora. Puede crear sobre su superficie un musgo que colorea los tejados con una gama increíble de verdes. Cuando estas tejas, que duran siglos, se retiran, funcionan perfectamente como esculturas de jardín. Las recuerdo secando al sol sobre listones de madera. El fabricante nos miraba a los niños y nos preguntaba si queríamos pasar. Le decíamos que no.

¿Por qué le decíais que no? –dice uno de los ejecutivos.

Porque era un hombre turbio –digo yo.

En esto, anuncian la salida de mi vuelo y nos tenemos que despedir. La teja fotovoltaica, qué bueno. Muchas gracias.

Espina dorsal

16.05.2017 | 05:30
 
De la España Invertebrada a la España Alucinada, hablando en términos históricos, no hay más que cuatro días. De ahí que no le haya dado tiempo a vertebrarse antes de alucinarse. Continuamos, pues, sin una articulación ideológica capaz de someter a unidad sus diferentes territorios, a lo que hemos de añadir ahora un problema de percepción que nos obliga a ver lo que no es. Resulta, en fin, que el PP jamás destruyó a martillazos las pruebas de a corrupción de su partido, infiltrado por bandas mafiosas cuyos hilos (o hilillos, que diría Rajoy) recorrían Génova desde el primero al último piso. He ahí un caso de desvarío colectivo. España Alucinada, víctima de las sustancias psicotrópicas que nos ponen en los telediarios, todavía no sabemos quién.

Bárcenas no existió. Pero, de existir, su relación con el núcleo duro sería nula. Ganaba una millonada infrecuente en un tesorero, y cobraba sobresueldos homéricos a la vista de todo el mundo. Pero en realidad no pasaba de ser un oficial de tercera administrativo, que disfrutaba de coche oficial, secretaria, chófer y despacho con moqueta. Todo ello (para mayor estupefacción) en forma de simulación de salario en diferido etc. Y hablamos de Bárcenas por no hablar del ministro de Justicia, del Fiscal Jefe y del Fiscal Anticorrupción. Los españoles nos asomamos a estos señores y lo que vemos es una trinidad empeñada en salvar de la quema a Ignacio González.

Escuchamos las grabaciones de la poli, las procesamos, sumamos dos y dos y nos salen cuatro. Pero nos salen cuatro porque sumamos mal. Luego comparece el Secretario de Estado de Interior y asegura que dos más dos son cinco, o tres, le da lo mismo una cifra que otra con tal de que no sea la correcta. Y lo asegura con tal seriedad que le hace a uno dudar. A uno, no; a toda España, a la vertebrada y a la invertebrada, a la ebria y a la sobria, a la de arriba y a la de abajo.

Deliramos, en fin. Miren, lo de la madre superiora y los misales era una fotocomposición. Un falsificador imitó la letra de Sor Ferrusola para tenderle esa trampa que no se le puede ocurrir a nadie excepto a doña Marta. De manera que tantos años después, además de sin espina dorsal, continuamos sin sindéresis. Y sin sintaxis. Pero qué simpática es Susana Diaz. Una cosa por otra, en fin.

La esquina

14.05.2017 | 05:30
Los Pujol no se corrompieron en el ejercicio del poder. Llegaron corrompidos de casa. Esta diferencia entre los que se corrompen antes y se corrompen después resulta zoológicamente interesante. Los que se corrompen después son los típicos advenedizos que aparecen en todas las profesiones y clases sociales. No sé, el cocinero que al tener a su alcance una nevera, se lleva un cuarto de langostinos a casa en los bolsillos de la gabardina. El advenedizo se conforma con poco, carece de la ambición del corrupto nato. Un corrupto nato, hablando en términos supuestos, es un Ignacio González, que enseguida se compra una mansión. O un Granados, que cambia de peluquero a los dos días de llegar al cargo. Los Pujol eran corruptos natos.

Para el desarrollo de la corrupción nata conviene tener ideales, bien de tipo político, bien de tipo religioso, bien una mezcla de ambos. Si además de amar a tu patria por encima de todo, eres de comunión diaria, tu horizonte económico está garantizado. Todos los ministros de Franco, por ejemplo, empezaban la jornada con una misa. Muchos de sus descendientes continúan viviendo a cuerpo de rey de las fortunas que amasaron en las sacristías y detrás de las mesas de sus despachos. Observen la vida que llevan las nietísimas y los bieznietísimos del Caudillo tantas décadas después y sin haber dado un palo al agua.

Los Pujol pertenecen a esta clase de corruptos religioso-patrióticos. La matriarca del grupo era la madre superiora; el hijo mayor, el capellán, y así de forma sucesiva.

Mientras el prior lanzaba soflamas nacionalistas, la superiora llenaba los misales de billetes de dinero negro. Lo que nos preguntamos es si los gobiernos a los que apoyaron ignoraban estos tejemanejes o les dejaban hacer porque les proporcionaban las mayorías que necesitaban para gobernarnos a usted y a mí. ¿Sospecharon algo Felipe González o Aznar? Después de todo, apenas se escondían. Tiene uno, en fin, la duda de que los Pujol hubieran caído si se hubieran quedado en nacionalistas nada más. Quizá fue el independentismo lo que colmó el vaso de quienes sabían y callaban. Les ocurrió lo que a los traficantes de drogas cuando se ponen a vender en una esquina que no les pertenece.

Nos persiguen

Sobre las últimas revelaciones de Wikileaks

12.03.2017 | 00:29

Nos persiguen
Hace años, en casa de un amigo, observé con sorpresa que había colocado una tirita sobre la cámara de su portátil. Le pregunté irónicamente si estaba herida y me dijo que no, que la había puesto para protegerse de posibles mirones. Como advirtió que no acababa de entender, me explicó que era relativamente fácil que alguien entrara en tu ordenador y empleara su cámara para observarte y observar las partes de tu casa expuestas a ella. Pensé, claro, que mi amigo se había vuelto paranoico y cambié de conversación. No obstante, empecé a mirar la cámara de mi portátil con desconfianza. Lo que hasta entonces no había sido más que un pequeño objetivo de cristal colocado en la parte alta de la pantalla, su fue transformando en un ojo que tomaba nota de las expresiones de mi rostro mientras escribía un artículo, encendía un cigarrillo para premiarme un buen párrafo, o hacía muecas de disgusto cuando no encontraba el adjetivo adecuado. Me volví paranoico y yo también y acabé tapando la cámara de mi ordenador con un pedazo de cinta americana.

Poco tiempo después me enteré de que el problema no era que mi amigo tuviera delirios de persecución, sino que la persecución existía realmente. En un telediario pusieron varios ejemplos de imágenes domésticas captadas por las cámaras de personas que se dejaban el ordenador abierto en cualquier sitio. En la cama, por ejemplo. Yo no lo utilizo en la cama, pero hay muchos internautas que sí. A veces se levantan y se van con él baño para cepillarse los dientes, mientras alguien, quizá desde Australia, observa todas esas idas y venidas como el que se asoma a una habitación a través del ojo de la cerradura. Ahora muy pocas cerraduras tienen ojo. Para soportar esa pérdida hemos abierto el Gran Ojo capaz de vigilarnos desde los teléfonos móviles, los aparatos de TV llamados inteligentes (gran paradoja), o la cámara del ordenador a través de la cual vemos a nuestra familia cuando salimos de viaje y nos conectamos a Skype.

Significa que mi amigo el paranoico tenía razón. Todos los paranoicos, tarde o temprano, la tienen porque, de un modo u otro, acaban logrando que les persigan. Y eso es, según las últimas revelaciones de Wikileaks, lo que hemos conseguido globalmente: llevar razón. O que nos persigan, no sé es peor.

Zona de inclusión

La exclusión como argumento político

09.05.2017 | 00:10

Zona de inclusión
Cada época tiene sus sintagmas. "Crecimiento negativo", por ejemplo, es típico de la actual, y se estableció con una naturalidad sorprendente, aunque expresaba una contradicción en los términos. Ahí lo tienen, pues, funcionando como un lenitivo para las pérdidas. Los ministros de economía nos han hecho creer que no es lo mismo crecer negativamente que hundirse. Ahora, al rebufo de "exclusión social", se está instalando "exclusión financiera". Significa que un día recibiremos una carta de nuestro banco en la que dirán que no les interesamos como clientes. Nos habremos quedado fuera del Estado, ya que la banca es una de sus piezas fundamentales. Este sintagma, insisto, es nuevo, ni siquiera figura en el diccionario Redes, dirigido por Ignacio Bosque, en el que usted busca una palabra y aparecen aquellas a la que suele permanecer asociada.

Es nuevo y da miedo porque supone un paso más hacia la distopía en marcha. Imaginen un mundo en el que los bancos, sin haber dejado de ser imprescindibles, se reservaran el derecho de admisión. En un mundo en el que el dinero tiende a desaparecer porque pagamos ya con una aplicación del móvil, los "excluidos financieros" se verían obligados a ir de un lado a otro con billetes que quizá no les aceptaran ni en las tiendas de chuches. Ya existen los excluidos financieros, pero la exclusión avanza ahora hacia las clases medias, hacia las familias que llegan a fin de mes con la cuenta corriente a cero, cuando no con un ligero "crecimiento negativo".