Cataluña y el cambio climático

27.06.2017 | 05:30
Curiosamente, uno de los modos más eficaces de no hablar de un asunto consiste en hablar de él en exceso. Pongamos como ejemplo el cambio climático, ahora mismo protagonista de todas las conversaciones familiares

- La paella ha quedado un poco emplastada.
- Sí, por culpa del cambio climático.

El cambio climático es real, palpable, tan real y tan palpable que el mundo se está acabando debido a sus efectos. Lo notas cuando te acercas al centro de una de nuestras grandes ciudades en alerta naranja por el calor. Uno no ignora que las dificultades respiratorias de sus pulmones tienen que ver con un fuego que viene del infierno. Uno sabe que si el semáforo tarda mucho en cambiar a verde, parte de la suela de sus zapatos se quedará pegada a la acera, que está al rojo vivo. Los sabios hacen previsiones catastróficas para dentro de nada que nadie escucha. Pero lo cierto es que en 50 años, si no comenzamos a actuar ya, una parte de la humanidad habrá desaparecido.

¿Qué hacer para fingir que nos preocupa? Incluir el tema en todas las conversaciones hasta desgastarlo. Que cuando aparezca una cucaracha en la cocina se lo achaquemos al cambio climático. Que cuando el niño tosa por noche, se lo achaquemos al cambio climático. Que cuando se nos sequen las plantas de la terraza, se lo achaquemos al cambio climático. Que cuando nos devuelvan un recibo del banco, se lo achaquemos al cambio climático. Todo ello, medio en broma, medio en serio, citando a Aznar y al primo de Rajoy. La cuestión es que el sintagma «cambio climático» aparezca en todas las conversaciones venga o no a cuento. Y eso es precisamente lo que está sucediendo ahora. Significa que hemos llegado a ese punto en el que hemos dejado de hablar del cambio climático precisamente porque no se nos cae de la boca. Ocurre algo parecido con el «tema catalán». Hemos leído tantos editoriales, tantos artículos, hemos escuchado tantas opiniones acerca de lo que ocurrirá o dejará de ocurrir, que es como si jamás hubiéramos hablado del asunto. Yo, al menos, estoy pez. Pero no nos agobiemos: es posible que el problema catalán lo resuelva el cambio climático. O viceversa.

Cucarachas

26.06.2017 | 05:30
 
Quizá lleve razón el presidente de Telefónica cuando afirma que los datos podrían sustituir al petróleo como el recurso más valioso del futuro. De hecho, ya hay empresas que viven exclusivamente de su tratamiento. Del tratamiento, además, de datos periféricos, como el del color de su pelo de usted o el de mis hábitos higiénicos. Me lo explicó el otro día un mendigo que había sido analista de sistemas.

Me dijo que cada vez que entro en la Red, y como al que se le cae la caspa sobre los hombros, voy dejando rastros de mi personalidad. No rasgos centrales, de los muy definitorios, sino fragmentos de carácter de los que ni siquiera tengo conciencia. La máquina ordena esos datos, los somete a unos algoritmos de enorme sutileza (qué rayos será un algoritmo), y de ahí que cuando enciendo mi portátil me ofrezcan publicidad de una cosa y no de la otra.

Todo esto lo sabemos, lo venimos sabiendo, mejor dicho, desde hace algún tiempo, pero no le prestamos atención porque lo sabemos con la cabeza, no con los afectos. La diferencia entre el presidente de Telefónica y yo es que él lo sabe con el cerebro y con el corazón. El viaje de una idea desde el cerebro al corazón resulta muy costoso, pero es la base del éxito. Me lo explicó un día mi terapeuta: Usted sabe racionalmente lo que le ocurre. Pero el conocimiento racional no basta. Hasta que no lo comprenda con las emociones, no le abandonarán las migrañas

Y llevaba razón. La broma me costó cuatro o cinco años de diván, pero una vez que se produjo el tránsito desde el encéfalo al colon, desaparecieron las jaquecas (ahora tengo colon irritable). Lo raro es que las máquinas, con sus algoritmos, sean capaces de mezclar lo racional con lo irracional de tal modo que la publicidad resultante te llegue, además de al cerebro, a los intestinos. De ahí el valor económico de los datos al que se refería Pallete. Valen más que el petróleo, con la ventaja de que los datos son renovables. Ahora mismo me acabo de enterar de que el Marañón, uno de los hospitales más importantes de Madrid, acaba de cerrar siete quirófanos por una invasión de cucarachas. Las cucarachas, al contrario que el petróleo, no se acaban nunca.

No duermo

25.06.2017 | 05:30
Hay gente como Ronaldo que se puede enfadar con un país y gente que solo se puede enfadar con su cuñado, que además vive en el piso de arriba. El que se enfada con su cuñado no puede irse de la comunidad de vecinos porque está pagando la hipoteca. Significa que coincide con él en el ascensor y los dos miran al techo durante unos segundos interminables. A veces se tropiezan en el mercado o en la panadería y se ignoran como si cada uno fuera invisible para el otro. La situación, en fin, resulta un poco incómoda. De ahí la envidia que produce Ronaldo, capaz de enfadarse con un país entero y amenazar con marcharse de él. No sabemos qué pasaría si Cataluña se marchara de España, pero si lo hiciera Ronaldo, dadas la importancia del fútbol, seriamos menos España. Y quizá Ronaldo sería más Ronaldo. No lo sé, pero he oído que hay equipos extranjeros dispuestos a pagar casi doscientos millones de euros por el jugador. Si alguien estuviera dispuesto a pagar esa cantidad por mí, yo sería más yo. La construcción del yo empieza a ponerse por las nubes.
Hace años conocí a un tipo que se había enfadado con El Corte Inglés. Enfadarse con el Corte Inglés es como enfadarse con la Telefónica o con Endesa. Una desproporción. Así intenté hacérselo ver al individuo. Lo mejor es no enfadarse con nadie, pero, si está en tu carácter, deberías buscar objetivos menos ambiciosos. Tu cuñado, por ejemplo. A tu cuñado le puedes dejar notas insultantes en el buzón.

Te puedes enfadar incluso con tu madre en la seguridad de que tu enfado le hará daño. Si lo que buscas es ese tipo de satisfacción moral (o inmoral, que viene a ser lo mismo), seguro que tienes a tu alcance un montón de objetivos. Ahí están tus hermanos, tus amigos de toda la vida, tus compañeros de oficina? Pero enfadarse con la General Motors, por poner otro ejemplo, resulta frustrante, además de megalómano.
No sabemos si Ronaldo es megalómano, pero de momento se ha enfado con España y algunos se han arrugado ante su ira. A ver cómo evoluciona el asunto. Quizá, si le damos mejor trato fiscal, acabe perdonándonos. Personalmente, no duermo desde que me enteré. Y mi cuñado, el del piso de arriba, tampoco.

Las humillaciones del día

21.06.2017 | 05:30
A medida que la realidad digital crece, la analógica, por comparación, se vuelve más mostrenca, signifique lo que signifique mostrenca. En todo caso, cuando a uno le colocan esas gafas de realidad virtual que le conducen desde la taza del retrete de su cuarto de baño a una playa del Pacífico, el ácido úrico sigue su marcha hacia el dedo gordo del pie. Significa que, aun alcanzando la calidad de un fantasma, no logramos reducir las servidumbres del cuerpo. Digo bien cuando digo fantasma, pues tal es lo que somos (creo que acabo de construir una anáfora, quizá una catáfora, no estoy seguro), pues tal es lo que somos, decíamos, en esos parajes virtuales a los que nos asomamos con las gafas de ver parajes virtuales. Pero mientras una gaviota vuela delante de nuestros ojos bajo una luz caribeña, en la cocina se nos quema el arroz y el cartero llama a la puerta por segunda vez para que le firmemos la entrega de una multa de tráfico.
La frontera entre la realidad analógica y la digital está formada por una pantalla infranqueable en la que nos estrellamos como las moscas contra el cristal. Jamás alcanzaremos a ese duplicado fantasma de nosotros mismos que hemos creado en Facebook o en Twitter, o donde quiera que viajemos por las noches para aliviar las humillaciones del día. En el cristal de mi salón, durante la última semana, se han estrellado dos mirlos y una cotorra. Los tres han perecido. Los pájaros se rompen la cabeza al intentar entrar en nuestro mundo y nosotros la crisma al intentar penetrar en el suyo. Lo digo porque me han regalado unas gafas virtuales para observar aves de todos los tamaños y colores. ¿Qué digo observar? Cuando me las pongo, estoy con ellas, con las aves, evolucionando sobre un acantilado o volando en escuadra hacia lugares más cálidos (más cálidos en todos los sentidos). Pero cuando intento progresar, cuando estoy ya a punto de convertirme en cigüeña, me estrello contra el cristal que separa una dimensión de la otra.
No hay grieta por la que huir de la realidad real ni agujero alguno por el que escapar del cuerpo. Lo malo es que, una vez conocida la realidad cibernética, el cuerpo se parece a esto: a una mazmorra medieval (¿otra catáfora?).

La primera piedra

20.06.2017 | 05:30
En cuanto a la idea del progreso, conviene recordar que la humanidad no va a ninguna parte. Las avispas, tampoco. La existencia carece de sentido, en las diferentes acepciones de la palabra. Avanzamos a ciegas, sin objetivo alguno que alcanzar. El fuego se podría haber inventado o no. No fue una manifestación del progreso, sino del azar. La mayoría de los mamíferos no lo inventaron y siguen comiéndose crudas a sus presas sin la sensación de que les falte algo. No hay progreso, en fin, hay un avance que, según todos los cálculos, conduce a nuestra desaparición. Pero tampoco eso constituye un retroceso. Quizá esté en la naturaleza de las cosas que nos autodestruyamos por las mismas razones azarosas por las que nos construimos.
Ahora bien, tal vez en el interior del sinsentido podamos hallar grumos de eso que venimos denominando progreso. Uno de ellos sería la invención de la moral. De la moral sabemos que se puede utilizar para una cosa y para su contraria. No hay crimen que no posea una razón moral (o inmoral, que viene a ser lo mismo). Pero la moral, en su significado más simple y esquemático, debería traducirse en solidaridad. Solo eso: solidaridad. El triunfo de la solidaridad implicaría que la desigualdad desaparecería al proceder al reparto de las riquezas que poseemos, y que son limitadas. Se repartirían de tal forma que todos los habitantes de este pedrusco al que llamamos Tierra tendríamos acceso a los bienes indispensables para vivir en condiciones de dignidad. Pero eso no ha sucedido nunca a lo largo de la historia ni sucede ahora, cuando más conscientes somos del absurdo.
Librar una batalla contra el absurdo, aun sabiendo que está perdida de antemano, provoca un sentimiento de piedad que quizá sea equiparable a la idea que tenemos de progreso. Un gramo de orden en el interior del caos. Alguien debería hacer de la piedad un programa político. Ya tenemos inventada la palabra (si piedad no les gusta, escojan solidaridad), ahora solo es cuestión de desarrollar su significado, sus ventajas, y el modo de aplicarla para que sus efectos lleguen a todo el mundo. Hay mucha gente dispuesta a poner la primera piedra. ¿Por qué yo no? Porque yo ya estoy echado a perder.

Me lo debe

19.06.2017 | 05:30
En cierta ocasión, cuando trabajaba con Gemma Nierga en La Ventana, viajamos a una ciudad pequeña para realizar desde allí el programa. Unos minutos antes de comenzar, llegó la noticia de que un conocido escritor había muerto. Gemma reunió a su gente para decidir qué parte del guion se levantaba y si se le dedicaban los 20 minutos de antes de la publicidad o los de después. Los colaboradores externos, asombrados por los reflejos del equipo, paseábamos inquietos alrededor de la mesa en la que discutían. Cabía también, claro, la posibilidad de dedicar todo el programa al escritor eximio (qué rayos significará eximio), pero nadie tenía la seguridad de que ese esfuerzo estuviera a la altura de su importancia. Unos aseguraban que sí, otros que no y algunos ni que sí ni que no. Era preciso contar además con la dificultad de hallarnos fuera de Madrid y de Barcelona, donde habría sido relativamente fácil hacer desfilar por la emisora a amigos o admiradores del finado para arrancarles un recuerdo o una anécdota. Estaba el teléfono, pero el teléfono es el enemigo del directo.
Yo llevaba poco tiempo en la radio y no me había acostumbrado a estas situaciones en las que la actualidad te obliga a cambiar de arriba abajo el programa minutos antes de entrar en antena. Ignoraba la adrenalina que produce ese hecho, también el pánico de abrir el micrófono sin la red de seguridad que proporciona un buen guion. Como admiraba mucho, además, al escritor muerto, no entendía que se hablara con aquella frialdad (necesaria, sin embargo) del asunto. Entonces, aunque nadie me había dado vela en aquel entierro, interrumpí al grupo y dije:
„A ver, cuando yo me muera, ¿vais a ser tan mezquinos conmigo? Que si los 20 minutos de antes de la publicidad, que si los 20 de después?
Gemma se levantó, vino a darme un beso y dijo que cuando yo muriera no se hablaría de otra cosa a lo largo de su programa, lo que me conmovió hasta el tuétano. Muchas veces he fantaseado con la posibilidad de morirme, incluso de morirme en antena, para ver si cumplía. Pero ya no podrá ser a menos que me muera antes del 7 de julio, que no digo que no, para ver si cumple. Me lo debe.

¿Quién lo entiende?

15.06.2017 | 05:30
Las historias verdaderas, como las ficticias, comienzan con un accidente. Un accidente en el que alguien nace o muere o descubre que es adoptado. El tipo de accidente da igual, la cuestión es que sea capaz de nuclear los materiales sucesivos. La historia real de la crisis -o de lo que para abreviar llamamos de ese modo- comenzó con la quiebra de Lehmans Brothers, allá en la lejana América. Alguien, a miles de quilómetros, tropezó al bajar las escaleras y usted y yo nos rompimos las piernas. Las historias reales tienen esta complejidad: un día nos levantamos con ardor de estómago por culpa de un individuo, al que ni siquiera conocemos, que ayer cenó alubias con chile. Lo malo es que nos tomamos un par de antiácidos para combatirlo y a lo mejor le hacen efecto al vecino, en vez de a nosotros. Significa que se han roto los hilos de la causalidad, que no hay correspondencia entre los hechos y sus consecuencias. O que no somos capaces de verla al menos.
Contemplo en la tele a los accionistas desesperados del Banco Popular, que lo han perdido todo. Todo. Es verdad que adquirieron voluntariamente las acciones, pero ignoran por completo el proceso por el que uno de los mayores bancos del país, de la noche a la mañana, ha sido adquirido por un euro. ¿Qué relación hubo entre la adquisición de las acciones y la quiebra? Cuando las adquirían, ¿estaban colaborando a la destrucción del banco o estaban retrasándola?

Los pequeños accionistas no tienen ni idea. Pero ya hay cientos de abogados ofreciendo sus servicios a las víctimas, que desean tanto recuperar sus ahorros como averiguar qué pudo ocurrir. Todos anhelamos una explicación, no por nada, sino por comprender el mundo. En momentos como el actual, si sabes lo que ocurre dentro del Santander, sabes lo que sucede en el interior de la realidad. Por cierto, ¿corren peligro también los accionistas de este banco que se acaba de zampar al Popular como un camaleón a un mosquito?
En la carretera que conduce al aeropuerto de Madrid, llevan meses construyendo un edificio gigantesco, con capacidad para cinco mil o seis mil personas. Pertenece (pertenecía ya) al Banco Popular. Se trata de un edificio de ricos riquísimos, pero aún no lo han acabado y ya está en ruinas. ¿Quién lo entiende?