Cataluña y el cambio climático
Juan José Millás
27.06.2017 | 05:30
Curiosamente, uno de los modos más eficaces de no hablar de un asunto
consiste en hablar de él en exceso. Pongamos como ejemplo el cambio
climático, ahora mismo protagonista de todas las conversaciones
familiares
- La paella ha quedado un poco emplastada.
- Sí, por culpa del cambio climático.
El
cambio climático es real, palpable, tan real y tan palpable que el
mundo se está acabando debido a sus efectos. Lo notas cuando te acercas
al centro de una de nuestras grandes ciudades en alerta naranja por el
calor. Uno no ignora que las dificultades respiratorias de sus pulmones
tienen que ver con un fuego que viene del infierno. Uno sabe que si el
semáforo tarda mucho en cambiar a verde, parte de la suela de sus
zapatos se quedará pegada a la acera, que está al rojo vivo. Los sabios
hacen previsiones catastróficas para dentro de nada que nadie escucha.
Pero lo cierto es que en 50 años, si no comenzamos a actuar ya, una
parte de la humanidad habrá desaparecido.
¿Qué hacer para
fingir que nos preocupa? Incluir el tema en todas las conversaciones
hasta desgastarlo. Que cuando aparezca una cucaracha en la cocina se lo
achaquemos al cambio climático. Que cuando el niño tosa por noche, se lo
achaquemos al cambio climático. Que cuando se nos sequen las plantas de
la terraza, se lo achaquemos al cambio climático. Que cuando nos
devuelvan un recibo del banco, se lo achaquemos al cambio climático.
Todo ello, medio en broma, medio en serio, citando a Aznar y al primo de
Rajoy. La cuestión es que el sintagma «cambio climático» aparezca en
todas las conversaciones venga o no a cuento. Y eso es precisamente lo
que está sucediendo ahora. Significa que hemos llegado a ese punto en el
que hemos dejado de hablar del cambio climático precisamente porque no
se nos cae de la boca. Ocurre algo parecido con el «tema catalán». Hemos
leído tantos editoriales, tantos artículos, hemos escuchado tantas
opiniones acerca de lo que ocurrirá o dejará de ocurrir, que es como si
jamás hubiéramos hablado del asunto. Yo, al menos, estoy pez. Pero no
nos agobiemos: es posible que el problema catalán lo resuelva el cambio
climático. O viceversa.
Cucarachas
Juan José Millas
26.06.2017 | 05:30
Quizá lleve razón el presidente de Telefónica cuando afirma que los
datos podrían sustituir al petróleo como el recurso más valioso del
futuro. De hecho, ya hay empresas que viven exclusivamente de su
tratamiento. Del tratamiento, además, de datos periféricos, como el del
color de su pelo de usted o el de mis hábitos higiénicos. Me lo explicó
el otro día un mendigo que había sido analista de sistemas.
Me dijo que
cada vez que entro en la Red, y como al que se le cae la caspa sobre los
hombros, voy dejando rastros de mi personalidad. No rasgos centrales,
de los muy definitorios, sino fragmentos de carácter de los que ni
siquiera tengo conciencia. La máquina ordena esos datos, los somete a
unos algoritmos de enorme sutileza (qué rayos será un algoritmo), y de
ahí que cuando enciendo mi portátil me ofrezcan publicidad de una cosa y
no de la otra.
Todo esto lo sabemos, lo venimos sabiendo, mejor
dicho, desde hace algún tiempo, pero no le prestamos atención porque lo
sabemos con la cabeza, no con los afectos. La diferencia entre el
presidente de Telefónica y yo es que él lo sabe con el cerebro y con el
corazón. El viaje de una idea desde el cerebro al corazón resulta muy
costoso, pero es la base del éxito. Me lo explicó un día mi terapeuta: Usted
sabe racionalmente lo que le ocurre. Pero el conocimiento racional no
basta. Hasta que no lo comprenda con las emociones, no le abandonarán
las migrañas
Y llevaba razón. La broma me costó cuatro o
cinco años de diván, pero una vez que se produjo el tránsito desde el
encéfalo al colon, desaparecieron las jaquecas (ahora tengo colon
irritable). Lo raro es que las máquinas, con sus algoritmos, sean
capaces de mezclar lo racional con lo irracional de tal modo que la
publicidad resultante te llegue, además de al cerebro, a los intestinos.
De ahí el valor económico de los datos al que se refería Pallete. Valen
más que el petróleo, con la ventaja de que los datos son renovables.
Ahora mismo me acabo de enterar de que el Marañón, uno de los hospitales
más importantes de Madrid, acaba de cerrar siete quirófanos por una
invasión de cucarachas. Las cucarachas, al contrario que el petróleo, no
se acaban nunca.
No duermo
Juan José Millás
25.06.2017 | 05:30
Hay gente como Ronaldo que se puede enfadar con un país y gente que
solo se puede enfadar con su cuñado, que además vive en el piso de
arriba. El que se enfada con su cuñado no puede irse de la comunidad de
vecinos porque está pagando la hipoteca. Significa que coincide con él
en el ascensor y los dos miran al techo durante unos segundos
interminables. A veces se tropiezan en el mercado o en la panadería y se
ignoran como si cada uno fuera invisible para el otro. La situación, en
fin, resulta un poco incómoda. De ahí la envidia que produce Ronaldo,
capaz de enfadarse con un país entero y amenazar con marcharse de él. No
sabemos qué pasaría si Cataluña se marchara de España, pero si lo
hiciera Ronaldo, dadas la importancia del fútbol, seriamos menos España.
Y quizá Ronaldo sería más Ronaldo. No lo sé, pero he oído que hay
equipos extranjeros dispuestos a pagar casi doscientos millones de euros
por el jugador. Si alguien estuviera dispuesto a pagar esa cantidad por
mí, yo sería más yo. La construcción del yo empieza a ponerse por las
nubes.
Hace años conocí a un tipo que se había enfadado con El
Corte Inglés. Enfadarse con el Corte Inglés es como enfadarse con la
Telefónica o con Endesa. Una desproporción. Así intenté hacérselo ver al
individuo. Lo mejor es no enfadarse con nadie, pero, si está en tu
carácter, deberías buscar objetivos menos ambiciosos. Tu cuñado, por
ejemplo. A tu cuñado le puedes dejar notas insultantes en el buzón.
Te
puedes enfadar incluso con tu madre en la seguridad de que tu enfado le
hará daño. Si lo que buscas es ese tipo de satisfacción moral (o
inmoral, que viene a ser lo mismo), seguro que tienes a tu alcance un
montón de objetivos. Ahí están tus hermanos, tus amigos de toda la vida,
tus compañeros de oficina? Pero enfadarse con la General Motors, por
poner otro ejemplo, resulta frustrante, además de megalómano.
No
sabemos si Ronaldo es megalómano, pero de momento se ha enfado con
España y algunos se han arrugado ante su ira. A ver cómo evoluciona el
asunto. Quizá, si le damos mejor trato fiscal, acabe perdonándonos.
Personalmente, no duermo desde que me enteré. Y mi cuñado, el del piso
de arriba, tampoco.
Las humillaciones del día
Juan José Millás
21.06.2017 | 05:30
A medida que la realidad digital crece, la analógica, por
comparación, se vuelve más mostrenca, signifique lo que signifique
mostrenca. En todo caso, cuando a uno le colocan esas gafas de realidad
virtual que le conducen desde la taza del retrete de su cuarto de baño a
una playa del Pacífico, el ácido úrico sigue su marcha hacia el dedo
gordo del pie. Significa que, aun alcanzando la calidad de un fantasma,
no logramos reducir las servidumbres del cuerpo. Digo bien cuando digo
fantasma, pues tal es lo que somos (creo que acabo de construir una
anáfora, quizá una catáfora, no estoy seguro), pues tal es lo que somos,
decíamos, en esos parajes virtuales a los que nos asomamos con las
gafas de ver parajes virtuales. Pero mientras una gaviota vuela delante
de nuestros ojos bajo una luz caribeña, en la cocina se nos quema el
arroz y el cartero llama a la puerta por segunda vez para que le
firmemos la entrega de una multa de tráfico.
La frontera entre
la realidad analógica y la digital está formada por una pantalla
infranqueable en la que nos estrellamos como las moscas contra el
cristal. Jamás alcanzaremos a ese duplicado fantasma de nosotros mismos
que hemos creado en Facebook o en Twitter, o donde quiera que viajemos
por las noches para aliviar las humillaciones del día. En el cristal de
mi salón, durante la última semana, se han estrellado dos mirlos y una
cotorra. Los tres han perecido. Los pájaros se rompen la cabeza al
intentar entrar en nuestro mundo y nosotros la crisma al intentar
penetrar en el suyo. Lo digo porque me han regalado unas gafas virtuales
para observar aves de todos los tamaños y colores. ¿Qué digo observar?
Cuando me las pongo, estoy con ellas, con las aves, evolucionando sobre
un acantilado o volando en escuadra hacia lugares más cálidos (más
cálidos en todos los sentidos). Pero cuando intento progresar, cuando
estoy ya a punto de convertirme en cigüeña, me estrello contra el
cristal que separa una dimensión de la otra.
No hay grieta por
la que huir de la realidad real ni agujero alguno por el que escapar del
cuerpo. Lo malo es que, una vez conocida la realidad cibernética, el
cuerpo se parece a esto: a una mazmorra medieval (¿otra catáfora?).
La primera piedra
Juan José Millás
20.06.2017 | 05:30
En cuanto a la idea del progreso, conviene recordar que la humanidad
no va a ninguna parte. Las avispas, tampoco. La existencia carece de
sentido, en las diferentes acepciones de la palabra. Avanzamos a ciegas,
sin objetivo alguno que alcanzar. El fuego se podría haber inventado o
no. No fue una manifestación del progreso, sino del azar. La mayoría de
los mamíferos no lo inventaron y siguen comiéndose crudas a sus presas
sin la sensación de que les falte algo. No hay progreso, en fin, hay un
avance que, según todos los cálculos, conduce a nuestra desaparición.
Pero tampoco eso constituye un retroceso. Quizá esté en la naturaleza de
las cosas que nos autodestruyamos por las mismas razones azarosas por
las que nos construimos.
Ahora bien, tal vez en el interior del
sinsentido podamos hallar grumos de eso que venimos denominando
progreso. Uno de ellos sería la invención de la moral. De la moral
sabemos que se puede utilizar para una cosa y para su contraria. No hay
crimen que no posea una razón moral (o inmoral, que viene a ser lo
mismo). Pero la moral, en su significado más simple y esquemático,
debería traducirse en solidaridad. Solo eso: solidaridad. El triunfo de
la solidaridad implicaría que la desigualdad desaparecería al proceder
al reparto de las riquezas que poseemos, y que son limitadas. Se
repartirían de tal forma que todos los habitantes de este pedrusco al
que llamamos Tierra tendríamos acceso a los bienes indispensables para
vivir en condiciones de dignidad. Pero eso no ha sucedido nunca a lo
largo de la historia ni sucede ahora, cuando más conscientes somos del
absurdo.
Librar una batalla contra el absurdo, aun sabiendo que
está perdida de antemano, provoca un sentimiento de piedad que quizá sea
equiparable a la idea que tenemos de progreso. Un gramo de orden en el
interior del caos. Alguien debería hacer de la piedad un programa
político. Ya tenemos inventada la palabra (si piedad no les gusta,
escojan solidaridad), ahora solo es cuestión de desarrollar su
significado, sus ventajas, y el modo de aplicarla para que sus efectos
lleguen a todo el mundo. Hay mucha gente dispuesta a poner la primera
piedra. ¿Por qué yo no? Porque yo ya estoy echado a perder.
Me lo debe
Juan José Millas
19.06.2017 | 05:30
En cierta ocasión, cuando trabajaba con Gemma Nierga en La Ventana,
viajamos a una ciudad pequeña para realizar desde allí el programa. Unos
minutos antes de comenzar, llegó la noticia de que un conocido escritor
había muerto. Gemma reunió a su gente para decidir qué parte del guion
se levantaba y si se le dedicaban los 20 minutos de antes de la
publicidad o los de después. Los colaboradores externos, asombrados por
los reflejos del equipo, paseábamos inquietos alrededor de la mesa en la
que discutían. Cabía también, claro, la posibilidad de dedicar todo el
programa al escritor eximio (qué rayos significará eximio), pero nadie
tenía la seguridad de que ese esfuerzo estuviera a la altura de su
importancia. Unos aseguraban que sí, otros que no y algunos ni que sí ni
que no. Era preciso contar además con la dificultad de hallarnos fuera
de Madrid y de Barcelona, donde habría sido relativamente fácil hacer
desfilar por la emisora a amigos o admiradores del finado para
arrancarles un recuerdo o una anécdota. Estaba el teléfono, pero el
teléfono es el enemigo del directo.
Yo llevaba poco tiempo en la
radio y no me había acostumbrado a estas situaciones en las que la
actualidad te obliga a cambiar de arriba abajo el programa minutos antes
de entrar en antena. Ignoraba la adrenalina que produce ese hecho,
también el pánico de abrir el micrófono sin la red de seguridad que
proporciona un buen guion. Como admiraba mucho, además, al escritor
muerto, no entendía que se hablara con aquella frialdad (necesaria, sin
embargo) del asunto. Entonces, aunque nadie me había dado vela en aquel
entierro, interrumpí al grupo y dije:
„A ver, cuando yo me
muera, ¿vais a ser tan mezquinos conmigo? Que si los 20 minutos de antes
de la publicidad, que si los 20 de después?
Gemma se levantó,
vino a darme un beso y dijo que cuando yo muriera no se hablaría de otra
cosa a lo largo de su programa, lo que me conmovió hasta el tuétano.
Muchas veces he fantaseado con la posibilidad de morirme, incluso de
morirme en antena, para ver si cumplía. Pero ya no podrá ser a menos que
me muera antes del 7 de julio, que no digo que no, para ver si cumple.
Me lo debe.
¿Quién lo entiende?
Juan José Millás
15.06.2017 | 05:30
Las historias verdaderas, como las ficticias, comienzan con un
accidente. Un accidente en el que alguien nace o muere o descubre que es
adoptado. El tipo de accidente da igual, la cuestión es que sea capaz
de nuclear los materiales sucesivos. La historia real de la crisis -o de
lo que para abreviar llamamos de ese modo- comenzó con la quiebra de
Lehmans Brothers, allá en la lejana América. Alguien, a miles de
quilómetros, tropezó al bajar las escaleras y usted y yo nos rompimos
las piernas. Las historias reales tienen esta complejidad: un día nos
levantamos con ardor de estómago por culpa de un individuo, al que ni
siquiera conocemos, que ayer cenó alubias con chile. Lo malo es que nos
tomamos un par de antiácidos para combatirlo y a lo mejor le hacen
efecto al vecino, en vez de a nosotros. Significa que se han roto los
hilos de la causalidad, que no hay correspondencia entre los hechos y
sus consecuencias. O que no somos capaces de verla al menos.
Contemplo
en la tele a los accionistas desesperados del Banco Popular, que lo han
perdido todo. Todo. Es verdad que adquirieron voluntariamente las
acciones, pero ignoran por completo el proceso por el que uno de los
mayores bancos del país, de la noche a la mañana, ha sido adquirido por
un euro. ¿Qué relación hubo entre la adquisición de las acciones y la
quiebra? Cuando las adquirían, ¿estaban colaborando a la destrucción del
banco o estaban retrasándola?
Los pequeños accionistas no
tienen ni idea. Pero ya hay cientos de abogados ofreciendo sus servicios
a las víctimas, que desean tanto recuperar sus ahorros como averiguar
qué pudo ocurrir. Todos anhelamos una explicación, no por nada, sino por
comprender el mundo. En momentos como el actual, si sabes lo que ocurre
dentro del Santander, sabes lo que sucede en el interior de la
realidad. Por cierto, ¿corren peligro también los accionistas de este
banco que se acaba de zampar al Popular como un camaleón a un mosquito?
En
la carretera que conduce al aeropuerto de Madrid, llevan meses
construyendo un edificio gigantesco, con capacidad para cinco mil o seis
mil personas. Pertenece (pertenecía ya) al Banco Popular. Se trata de
un edificio de ricos riquísimos, pero aún no lo han acabado y ya está en
ruinas. ¿Quién lo entiende?