Paquetes
Juan José Millás
29.08.2017 | 05:30
Me enteré del regreso del fútbol a nuestras vidas por casualidad, al entrar en un bar cuyo televisor retransmitía un partido.
-¿Pero qué es esto? –pregunté.
-La Liga, que acaba de empezar.
-Si aún estamos en agosto.
-La Liga es muy madrugadora.
En
efecto, era la Liga. Septiembre acababa de ser inaugurado con diez o
doce días de adelanto. El entonces ministro Cascos dijo en su día que el
fútbol era una cuestión de interés general y que por lo tanto debía ser
gratuito. El tiempo ha acabado por darle la razón en lo primero.
Gratuito creo que no es. Todavía. Quizá deberíamos nacionalizarlo.
El
caso es que salí del bar con el típico escalofrío de los primeros días
del otoño y a la mañana siguiente estaba resfriado por culpa del
partido. Así es la vida: si no hubiera entrado en el bar a por tabaco,
no me habría enterado de nada y seguiría tan sano. Lo que no sé es si al
haber cogido ahora el constipado, me libraré de él en las fechas
canónicas o si este año cogeré dos. En cualquier caso, la llegada
anticipada de septiembre ha trastocado todos mis planes. De hecho,
pensaba haber dejado de fumar el día 1 y lo he adelantado, claro, con
gran desconcierto de mis neurotransmisores, que han tenido que activarse
también antes de la fecha prevista para sustituir a la acción de la
nicotina. Una lata, porque entre que la una se va y los otros llegan se
establece un vacío, una tierra de nadie, donde las terminaciones
nerviosas del cerebro establecen las conexiones que les da la gana. Una
sinapsis no controlada puede alumbrar ideas muy autodestructivas. He
dejado asimismo el gin tonic, que también es para el verano, por lo que
mis riñones se han levantado en armas, pues no conocen diurético mejor
que la ginebra.
El fútbol
tiene, a nivel social, un papel normalizador, desde luego. Enciendes la
radio, escuchas la epopeya de Ronaldo corriendo por la banda y aquí no
ha pasado nada. El mundo sigue igual. Pero individualmente puede
destrozarte la vida, ya sea gratuito o de pago. Yo lo pago, pero no sé
por qué. Debe de venir en un paquete y últimamente todo me lo venden en
paquetes.
Tuercas
Juan José Millás
26.08.2017 | 05:30
Hace poco me quedé colgado en un ascensor que había sido revisado esa
misma mañana. Mal revisado, supongo, con prisas, presionado el operario
o los operarios por una dirección que, obedeciendo a algoritmos
económicos, tasa cada minuto y cada segundo de sus trabajadores,
seguramente eventuales. Lo de mi ascensor es una anécdota. No pasó nada
porque los sistemas automáticos estaban en forma. Me sacaron y punto.
Pero como no era la primera vez que me ocurría, decidí volver a las
escaleras, donde me encuentro con vecinos que suben o bajan porque la
gente, creo yo, está volviendo a las escaleras debido a la pérdida de
confianza en el mantenimiento.
Se me estropeó la lavadora. Llamé al técnico.
-Cómprese una nueva –me dijo-, con los años que tiene se va a gastar más en el mantenimiento.
Cambié de coche 50.000 quilómetros antes de
lo previsto porque un mantenimiento de mala calidad empezaba a salirme
por un ojo de la cara (de dónde, si no). Si todo esto sucede a escala
individual, ¿Qué ocurrirá con el mantenimiento del Estado, por ejemplo?
¿Está privatizado? ¿Hay ya situaciones en las que el ascensor del Estado
de derecho se queda entre piso y piso o, peor, se desploma sin que se
active el sistema de frenado? ¿Hay gente a la que el Estado da con la
puerta en las narices porque no está en condiciones de abrírsela? Cuando
llegas, no sé, a las urgencias del hospital y te estabulan en un
pasillo, ¿eso qué es? Eso es falta de mantenimiento, la misma que me
dejó colgado a mí en el ascensor.
Cuando
Margaret Thatcher decidió ponerle a la economía británica un cohete en
el culo (dónde, si no), los trenes empezaron a descarrilar. Perdían en
muertos lo que habían ganado en despidos. Pero para el pensamiento
ultraliberal los muertos son el carbón del que se alimenta la caldera.
Nunca se le pidieron responsabilidades mientras estaba en condiciones de
darlas y luego se le fue cabeza. Es lo que se dice, que se le fue la
cabeza, cuando la verdad es que había llegado al gobierno sin ella. De
lo primero que prescindimos cuando hay que apretar las tuercas es del
mantenimiento. Pero a veces todo depende de una tuerca mal apretada.
Sin vergüenza
Juan José Millás
23.08.2017 | 07:41
Ahora que todo el mundo reconoce que las capas más pobres de la
ciudadanía son las que han pagado el pato de la crisis, cabe preguntarse
el porqué. Y lo único que se nos ocurre es que los que más tenían,
además de dinero, y quizá por eso, disponían a su antojo de la policía,
la justicia, la sanidad, las obras públicas, el PIB, el fondo de
pensiones y el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, entre otros.
La realidad tiene dueños que, como amos que eran del paisaje,
dispusieron quién pagaba el pato de la crisis, o de lo que haya sido,
porque aún no está claro si la crisis ha sido una crisis o un atraco. En
otras palabras, toda esta gente no solo no abonó la parte que le
correspondía, sino que se enriqueció más metiendo la mano en el bolsillo
de los débiles. Se aprecia muy claro en las estadísticas. En otras
palabras: el llamado Estado de derecho tiene dueños, de ahí, entre otras
cosas, que Hacienda haya transferido al Santander 500 millones de euros
por absorber con una pajita el Popular.
Sorprende
observar cómo hasta los empresarios más impresentables, si se les
pregunta, reconocen que el esfuerzo llevado a cabo para que la economía
se recuperara ha partido el lomo a los que ya lo tenían quebrado. Lo
confiesan sin vergüenza alguna, porque también son los dueños de las
palabras, para manifestar a continuación, con gesto indulgente, que tal
vez haya llegado el momento de que la bonanza alcance, un poquito, a los
salarios.
- ¿Acaso no deberíamos haber empezado por ahí?
- Primero teníamos que forrarnos nosotros.
- Pero si ustedes ya estaban forrados.
- Cállese o le aplico la reforma laboral.
Ahora
se comprende también cómo pudo ponerse en pie esa reforma que incluía
el cierre de los pocos despachos de abogados laboralistas que quedaban,
pues donde no hay derechos laborales es absurdo que haya defensores de
la mano de obra.
Lo más
provocador, si cabe imaginar algo más provocador, es que justifican la
necesidad de estas timidísimas subidas salariales en la caída del
consumo. Tenemos que consumir un poco más para no morirnos de inanición y
aguar la fiesta a los dueños de la realidad.
Nos hacemos cargo
Juan José Millás
22.08.2017 | 05:30
Para el ministro Guindos, lo esencial en el conflicto de los
trabajadores de Eulen es «la seguridad y la comodidad de los usuarios».
Guindos no es ministro de Interior, ni de Transportes, tampoco de
Turismo. Guindos es ministro de Economía. ¿Por qué entonces se mete
donde no le llaman? Como responsable de los números, lo que debería
preocuparle es si los trabajadores de Eulen llegan a fin de mes. O si
Eulen corre peligro de quebrar por sus reivindicaciones. Pero Eulen se
ha forrado con la externalización, o privatización, como quieran
llamarla. De hecho, no hace otra cosa que aumentar sus beneficios. Y
Aena ha ganado más de mil millones de euros, que es una fortuna. No
parece, pues, que las empresas corran peligro alguno. Los que sí están
hechos polvo, con salarios de hambre, son los trabajadores.
Guindos
no tiene ni idea de lo que gana un trabajador de Eulen o de cualquier
otro sitio. Guindos vive en las grandes cifras, delante de las grandes
cifras, detrás de las grandes cifras, alrededor de las grandes cifras.
Sería impensable que ante un conflicto como el que comentamos se
preguntara cuánto gana uno de esos hombres o mujeres que velan por
nuestra seguridad, cuántos hijos tienen, qué pagan de alquiler. ¿Se
imaginan a Guindos informándose acerca de si estos trabajadores pueden
encender la calefacción en invierno? No, en absoluto, pero no nos cuesta
nada imaginárnoslo comiendo con el presidente de Aena en un restaurante
de cinco tenedores. Miren cómo se lo ha pasado Dastis en Ecuador a
costa de nuestro IRPF.
Así que
lo que le preocupa a Guindos es «la seguridad y la comodidad de los
usuarios». ¿Cuántos crímenes se cometen en nombre de la seguridad? Hay
regímenes políticos que la prohíben bajo la coartada de garantizarla, o
que condenan la libertad con la excusa de protegerla. El de Franco era
experto en estas maniobras paradójicas que a veces colaban. Pero a lo
que íbamos es a que Guindos ha tenido una oportunidad única para
demostrar que, como ministro de Economía, era sensible a los problemas
salariales de los trabajadores, y la ha tirado a la basura colocándose
sibilinamente junto a los explotadores. Nos hacemos cargo. Después de
todo viene de donde viene y va a donde va.
Una forma de piedad
Juan José Millás
19.08.2017 | 05:30
El silencio llegó a la playa a través de los ruidosos móviles. De
súbito, había más gente de la acostumbrada observando el suyo. Algo
estaba pasando. Miraras adonde miraras, veías pantallas en las manos y
gestos de preocupación. La noticia saltaba de una sombrilla a otra.
- Un muerto y 13 heridos.
Se hablaba en voz baja, al modo en que se trasmiten las confidencias y los pésames
- Un atentado en Barcelona. Una furgoneta, en La Rambla.
La
playa iba quedando en silencio. Las gaviotas, extrañadas por la
pesadumbre que se cernía sobre los bañistas, no se aventuraban, como
otras tardes, a caer en picado sobre la merienda de los niños. Algo raro
pasaba ahí abajo. A medida que transcurrían las horas, aumentaba el
número de muertos, y de heridos. La gente que paseaba por la orilla,
advertida también de la tragedia, volvía a la toalla con expresión grave
para comprobar a través de su propio móvil lo que acababa de
escuchar. Los había con más cobertura que otros. Algunos medios
digitales se limitaban casi al titular. La confusión lógica de las
primeras horas. El desasosiego.
La tarde comenzaba a caer,
-Trece muertos y unos sesenta heridos.
Las
cifras subían al tiempo que el mar se retiraba. Había amanecido a las
7,30 y la puesta de sol sería a las 21,20. La bajamar, a las 20,43. Para
entonces, pese a la temperatura, excelente, apenas quedaba nadie en la
playa. Los excesos de realidad, paradójicamente, detienen la realidad.
El silencio como una forma de piedad por aquellos a los que ni siquiera
conocíamos.
Cambios en el sector
Juan José Millás
16.08.2017 | 05:30
El turismo parece condenado a la clandestinidad. Si usted va a París,
disfrácese de parisino; si a Venecia, de veneciano; si a Barcelona, de
Barcelonés. En el futuro, lo más semejante a un turista será un agente
secreto. Véase a sí mismo en el interior de Notre Dame, fingiendo que
reza mientras observa de reojo la arquitectura de la catedral. Pasee
usted por la Gran Vía de Madrid como si, en vez de disfrutarla, la
sufriera. Dado el odio que el turista comienza a despertar, las agencias
de viajes tendrán que ampliar su negocio para enseñar a los turistas a
no parecerlo. De momento, nada de pantalones cortos, cámara fotográfica,
camisetas viejas y visera para el sol. Si usted desea visitar los
monumentos de Palma de Mallorca, mimetícese con el paisaje humano. Sea
uno de ellos. No pida cocido en Madrid, ni pescadito frito en Andalucía,
ni fabes con almejes en Asturias.
Como
proyecto novelesco, la idea de hacer turismo fingiendo que vas o
vuelves del trabajo, nos parece fabulosa. Se crearían patrullas
ciudadanas especializadas en desenmascarar a los impostores. Iría usted
paseando por la Piazza di Popolo, en Roma, haciendo como que se dirige
al notario, cuando alguien a unos metros gritaría:
- ¡Aquí hay una familia de turistas!
Volvería
usted los ojos y vería a un matrimonio japonés, con sus dos hijos y sus
nueras ridiculizados por la multitud. Se habían vestido de lagarterana,
sea como sea ese disfraz, hasta que un miembro de la patrulla notó que
caminaban demasiado juntos, como si estuviesen acostumbrados a moverse
en grupo. Ahí tienen a los seis delincuentes a punto de ser conducidos
al patíbulo mientras usted sigue caminando hacia la notaría falsa a paso
ligero.
Turismo
clandestino. Una nueva forma de ser, de viajar, que cambiará la faz de
ese importante sector industrial. En Buenos Aires, por ejemplo, para
escuchar tango, deberá usted disponer de contactos especiales que le
proporcionarán direcciones secretas, donde se cantará en voz baja para
no alertar a los vecinos. Y qué decir de los tablaos flamencos
sevillanos, ocultos tras la fachada de una pollería. Veo más problema en
los vuelos chárter. ¿Cómo aterrizar sin ser detectados?
Cuando truena
Juan José Millás
15.08.2017 | 05:30
La región lumbar posee unas fronteras imprecisas, de ahí las
dificultades para someterla cuando se levanta en armas. Quienes han
sentido sus embestidas saben que el dolor aparece cuando quiere y se va
cuando le da la gana. Su intensidad, muy variable, puede provocar una
molestia insignificante, pero también una parálisis total. Un día
cualquiera sales de la cama y hace sol y tú estás eufórico porque tu
madre muerta se te ha aparecido en sueños para decirte que no te
preocupes, porque todo se va a arreglar, de modo que te diriges a la
cocina, pones una taza de agua en el microondas para preparar el té,
pero he aquí que al sacar la bolsita de la caja se te escurre y va a
caer al suelo. Te agachas para recogerla y en ese mismo instante la
región lumbar te declara la guerra. Ignoras con qué te han disparado
pero lo cierto es que no puedes volver a la posición erguida.
Si
la intensidad del dolor es de la de quedarse doblado, no te pone
derecho ni una cita con el Rey, que es lo último que se suspende en la
vida. Rajoy la retrasó dos horas, que ya es retrasar para un hombre que
dispone de un equipo médico las 24 horas del día durante los 365 días
del año.
Y ese equipo
médico está siempre ahí, a diez o doce metros de distancia, con sus
desfibriladores y sus tensiómetros y sus estetoscopios, también con sus
antihistamínicos, sus ansiolíticos, sus pastillas para el mareo y sus
ampollas para el dolor de muelas. Significa que no tardan ni dos minutos
en atenderle, aunque no lleve encima la tarjeta de la Seguridad Social.
Tampoco se la piden. Seguro que le hicieron de todo, desde un masaje a
cuatro manos a la prescripción de medio quilo de antiinflamatorios.
Había que salvar la cita con el Rey, a la que llegó derecho, pero
grogui. Hemos de decir que se le notaba, ¿Y ahora qué? Pues a negociar
con la región lumbar. Lo primero que tiene que averiguar es qué quiere:
si más atenciones o la independencia. Se sabe de regiones lumbares que
han logrado la independencia provocando daños irreparables en el resto
de la geografía corporal. Nuestro consejo, pues, es que negocie, y que
lo haga sin trampas, con sinceridad. Desde aquí le advertimos que se
trata de una región difícil de la que solo nos acordamos cuando truena.