Paquetes

29.08.2017 | 05:30
Me enteré del regreso del fútbol a nuestras vidas por casualidad, al entrar en un bar cuyo televisor retransmitía un partido.
-¿Pero qué es esto? –pregunté.
-La Liga, que acaba de empezar.
-Si aún estamos en agosto.
-La Liga es muy madrugadora.
En efecto, era la Liga. Septiembre acababa de ser inaugurado con diez o doce días de adelanto. El entonces ministro Cascos dijo en su día que el fútbol era una cuestión de interés general y que por lo tanto debía ser gratuito. El tiempo ha acabado por darle la razón en lo primero. Gratuito creo que no es. Todavía. Quizá deberíamos nacionalizarlo.
El caso es que salí del bar con el típico escalofrío de los primeros días del otoño y a la mañana siguiente estaba resfriado por culpa del partido. Así es la vida: si no hubiera entrado en el bar a por tabaco, no me habría enterado de nada y seguiría tan sano. Lo que no sé es si al haber cogido ahora el constipado, me libraré de él en las fechas canónicas o si este año cogeré dos. En cualquier caso, la llegada anticipada de septiembre ha trastocado todos mis planes. De hecho, pensaba haber dejado de fumar el día 1 y lo he adelantado, claro, con gran desconcierto de mis neurotransmisores, que han tenido que activarse también antes de la fecha prevista para sustituir a la acción de la nicotina. Una lata, porque entre que la una se va y los otros llegan se establece un vacío, una tierra de nadie, donde las terminaciones nerviosas del cerebro establecen las conexiones que les da la gana. Una sinapsis no controlada puede alumbrar ideas muy autodestructivas. He dejado asimismo el gin tonic, que también es para el verano, por lo que mis riñones se han levantado en armas, pues no conocen diurético mejor que la ginebra.

El fútbol tiene, a nivel social, un papel normalizador, desde luego. Enciendes la radio, escuchas la epopeya de Ronaldo corriendo por la banda y aquí no ha pasado nada. El mundo sigue igual. Pero individualmente puede destrozarte la vida, ya sea gratuito o de pago. Yo lo pago, pero no sé por qué. Debe de venir en un paquete y últimamente todo me lo venden en paquetes.

Tuercas

26.08.2017 | 05:30
Hace poco me quedé colgado en un ascensor que había sido revisado esa misma mañana. Mal revisado, supongo, con prisas, presionado el operario o los operarios por una dirección que, obedeciendo a algoritmos económicos, tasa cada minuto y cada segundo de sus trabajadores, seguramente eventuales. Lo de mi ascensor es una anécdota. No pasó nada porque los sistemas automáticos estaban en forma. Me sacaron y punto. Pero como no era la primera vez que me ocurría, decidí volver a las escaleras, donde me encuentro con vecinos que suben o bajan porque la gente, creo yo, está volviendo a las escaleras debido a la pérdida de confianza en el mantenimiento.
Se me estropeó la lavadora. Llamé al técnico.
-Cómprese una nueva –me dijo-, con los años que tiene se va a gastar más en el mantenimiento.

Cambié de coche 50.000 quilómetros antes de lo previsto porque un mantenimiento de mala calidad empezaba a salirme por un ojo de la cara (de dónde, si no). Si todo esto sucede a escala individual, ¿Qué ocurrirá con el mantenimiento del Estado, por ejemplo? ¿Está privatizado? ¿Hay ya situaciones en las que el ascensor del Estado de derecho se queda entre piso y piso o, peor, se desploma sin que se active el sistema de frenado? ¿Hay gente a la que el Estado da con la puerta en las narices porque no está en condiciones de abrírsela? Cuando llegas, no sé, a las urgencias del hospital y te estabulan en un pasillo, ¿eso qué es? Eso es falta de mantenimiento, la misma que me dejó colgado a mí en el ascensor.

Cuando Margaret Thatcher decidió ponerle a la economía británica un cohete en el culo (dónde, si no), los trenes empezaron a descarrilar. Perdían en muertos lo que habían ganado en despidos. Pero para el pensamiento ultraliberal los muertos son el carbón del que se alimenta la caldera. Nunca se le pidieron responsabilidades mientras estaba en condiciones de darlas y luego se le fue cabeza. Es lo que se dice, que se le fue la cabeza, cuando la verdad es que había llegado al gobierno sin ella. De lo primero que prescindimos cuando hay que apretar las tuercas es del mantenimiento. Pero a veces todo depende de una tuerca mal apretada.

Sin vergüenza

23.08.2017 | 07:41
Ahora que todo el mundo reconoce que las capas más pobres de la ciudadanía son las que han pagado el pato de la crisis, cabe preguntarse el porqué. Y lo único que se nos ocurre es que los que más tenían, además de dinero, y quizá por eso, disponían a su antojo de la policía, la justicia, la sanidad, las obras públicas, el PIB, el fondo de pensiones y el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, entre otros. La realidad tiene dueños que, como amos que eran del paisaje, dispusieron quién pagaba el pato de la crisis, o de lo que haya sido, porque aún no está claro si la crisis ha sido una crisis o un atraco. En otras palabras, toda esta gente no solo no abonó la parte que le correspondía, sino que se enriqueció más metiendo la mano en el bolsillo de los débiles. Se aprecia muy claro en las estadísticas. En otras palabras: el llamado Estado de derecho tiene dueños, de ahí, entre otras cosas, que Hacienda haya transferido al Santander 500 millones de euros por absorber con una pajita el Popular.

Sorprende observar cómo hasta los empresarios más impresentables, si se les pregunta, reconocen que el esfuerzo llevado a cabo para que la economía se recuperara ha partido el lomo a los que ya lo tenían quebrado. Lo confiesan sin vergüenza alguna, porque también son los dueños de las palabras, para manifestar a continuación, con gesto indulgente, que tal vez haya llegado el momento de que la bonanza alcance, un poquito, a los salarios.
- ¿Acaso no deberíamos haber empezado por ahí?
- Primero teníamos que forrarnos nosotros.
- Pero si ustedes ya estaban forrados.
- Cállese o le aplico la reforma laboral.
Ahora se comprende también cómo pudo ponerse en pie esa reforma que incluía el cierre de los pocos despachos de abogados laboralistas que quedaban, pues donde no hay derechos laborales es absurdo que haya defensores de la mano de obra.
Lo más provocador, si cabe imaginar algo más provocador, es que justifican la necesidad de estas timidísimas subidas salariales en la caída del consumo. Tenemos que consumir un poco más para no morirnos de inanición y aguar la fiesta a los dueños de la realidad.

Nos hacemos cargo

22.08.2017 | 05:30
Para el ministro Guindos, lo esencial en el conflicto de los trabajadores de Eulen es «la seguridad y la comodidad de los usuarios». Guindos no es ministro de Interior, ni de Transportes, tampoco de Turismo. Guindos es ministro de Economía. ¿Por qué entonces se mete donde no le llaman? Como responsable de los números, lo que debería preocuparle es si los trabajadores de Eulen llegan a fin de mes. O si Eulen corre peligro de quebrar por sus reivindicaciones. Pero Eulen se ha forrado con la externalización, o privatización, como quieran llamarla. De hecho, no hace otra cosa que aumentar sus beneficios. Y Aena ha ganado más de mil millones de euros, que es una fortuna. No parece, pues, que las empresas corran peligro alguno. Los que sí están hechos polvo, con salarios de hambre, son los trabajadores.
Guindos no tiene ni idea de lo que gana un trabajador de Eulen o de cualquier otro sitio. Guindos vive en las grandes cifras, delante de las grandes cifras, detrás de las grandes cifras, alrededor de las grandes cifras. Sería impensable que ante un conflicto como el que comentamos se preguntara cuánto gana uno de esos hombres o mujeres que velan por nuestra seguridad, cuántos hijos tienen, qué pagan de alquiler. ¿Se imaginan a Guindos informándose acerca de si estos trabajadores pueden encender la calefacción en invierno? No, en absoluto, pero no nos cuesta nada imaginárnoslo comiendo con el presidente de Aena en un restaurante de cinco tenedores. Miren cómo se lo ha pasado Dastis en Ecuador a costa de nuestro IRPF.
Así que lo que le preocupa a Guindos es «la seguridad y la comodidad de los usuarios». ¿Cuántos crímenes se cometen en nombre de la seguridad? Hay regímenes políticos que la prohíben bajo la coartada de garantizarla, o que condenan la libertad con la excusa de protegerla. El de Franco era experto en estas maniobras paradójicas que a veces colaban. Pero a lo que íbamos es a que Guindos ha tenido una oportunidad única para demostrar que, como ministro de Economía, era sensible a los problemas salariales de los trabajadores, y la ha tirado a la basura colocándose sibilinamente junto a los explotadores. Nos hacemos cargo. Después de todo viene de donde viene y va a donde va.

Una forma de piedad

19.08.2017 | 05:30
El silencio llegó a la playa a través de los ruidosos móviles. De súbito, había más gente de la acostumbrada observando el suyo. Algo estaba pasando. Miraras adonde miraras, veías pantallas en las manos y gestos de preocupación. La noticia saltaba de una sombrilla a otra.
- Un muerto y 13 heridos.
Se hablaba en voz baja, al modo en que se trasmiten las confidencias y los pésames
- Un atentado en Barcelona. Una furgoneta, en La Rambla.
La playa iba quedando en silencio. Las gaviotas, extrañadas por la pesadumbre que se cernía sobre los bañistas, no se aventuraban, como otras tardes, a caer en picado sobre la merienda de los niños. Algo raro pasaba ahí abajo. A medida que transcurrían las horas, aumentaba el número de muertos, y de heridos. La gente que paseaba por la orilla, advertida también de la tragedia, volvía a la toalla con expresión grave para comprobar a través de su propio móvil lo que acababa de escuchar. Los había con más cobertura que otros. Algunos medios digitales se limitaban casi al titular. La confusión lógica de las primeras horas. El desasosiego.

La tarde comenzaba a caer,
-Trece muertos y unos sesenta heridos.
Las cifras subían al tiempo que el mar se retiraba. Había amanecido a las 7,30 y la puesta de sol sería a las 21,20. La bajamar, a las 20,43. Para entonces, pese a la temperatura, excelente, apenas quedaba nadie en la playa. Los excesos de realidad, paradójicamente, detienen la realidad. El silencio como una forma de piedad por aquellos a los que ni siquiera conocíamos.

Cambios en el sector

16.08.2017 | 05:30
El turismo parece condenado a la clandestinidad. Si usted va a París, disfrácese de parisino; si a Venecia, de veneciano; si a Barcelona, de Barcelonés. En el futuro, lo más semejante a un turista será un agente secreto. Véase a sí mismo en el interior de Notre Dame, fingiendo que reza mientras observa de reojo la arquitectura de la catedral. Pasee usted por la Gran Vía de Madrid como si, en vez de disfrutarla, la sufriera. Dado el odio que el turista comienza a despertar, las agencias de viajes tendrán que ampliar su negocio para enseñar a los turistas a no parecerlo. De momento, nada de pantalones cortos, cámara fotográfica, camisetas viejas y visera para el sol. Si usted desea visitar los monumentos de Palma de Mallorca, mimetícese con el paisaje humano. Sea uno de ellos. No pida cocido en Madrid, ni pescadito frito en Andalucía, ni fabes con almejes en Asturias.
Como proyecto novelesco, la idea de hacer turismo fingiendo que vas o vuelves del trabajo, nos parece fabulosa. Se crearían patrullas ciudadanas especializadas en desenmascarar a los impostores. Iría usted paseando por la Piazza di Popolo, en Roma, haciendo como que se dirige al notario, cuando alguien a unos metros gritaría:
- ¡Aquí hay una familia de turistas!
Volvería usted los ojos y vería a un matrimonio japonés, con sus dos hijos y sus nueras ridiculizados por la multitud. Se habían vestido de lagarterana, sea como sea ese disfraz, hasta que un miembro de la patrulla notó que caminaban demasiado juntos, como si estuviesen acostumbrados a moverse en grupo. Ahí tienen a los seis delincuentes a punto de ser conducidos al patíbulo mientras usted sigue caminando hacia la notaría falsa a paso ligero.

Turismo clandestino. Una nueva forma de ser, de viajar, que cambiará la faz de ese importante sector industrial. En Buenos Aires, por ejemplo, para escuchar tango, deberá usted disponer de contactos especiales que le proporcionarán direcciones secretas, donde se cantará en voz baja para no alertar a los vecinos. Y qué decir de los tablaos flamencos sevillanos, ocultos tras la fachada de una pollería. Veo más problema en los vuelos chárter. ¿Cómo aterrizar sin ser detectados?

Cuando truena

15.08.2017 | 05:30
La región lumbar posee unas fronteras imprecisas, de ahí las dificultades para someterla cuando se levanta en armas. Quienes han sentido sus embestidas saben que el dolor aparece cuando quiere y se va cuando le da la gana. Su intensidad, muy variable, puede provocar una molestia insignificante, pero también una parálisis total. Un día cualquiera sales de la cama y hace sol y tú estás eufórico porque tu madre muerta se te ha aparecido en sueños para decirte que no te preocupes, porque todo se va a arreglar, de modo que te diriges a la cocina, pones una taza de agua en el microondas para preparar el té, pero he aquí que al sacar la bolsita de la caja se te escurre y va a caer al suelo. Te agachas para recogerla y en ese mismo instante la región lumbar te declara la guerra. Ignoras con qué te han disparado pero lo cierto es que no puedes volver a la posición erguida.
Si la intensidad del dolor es de la de quedarse doblado, no te pone derecho ni una cita con el Rey, que es lo último que se suspende en la vida. Rajoy la retrasó dos horas, que ya es retrasar para un hombre que dispone de un equipo médico las 24 horas del día durante los 365 días del año.

Y ese equipo médico está siempre ahí, a diez o doce metros de distancia, con sus desfibriladores y sus tensiómetros y sus estetoscopios, también con sus antihistamínicos, sus ansiolíticos, sus pastillas para el mareo y sus ampollas para el dolor de muelas. Significa que no tardan ni dos minutos en atenderle, aunque no lleve encima la tarjeta de la Seguridad Social. Tampoco se la piden. Seguro que le hicieron de todo, desde un masaje a cuatro manos a la prescripción de medio quilo de antiinflamatorios. Había que salvar la cita con el Rey, a la que llegó derecho, pero grogui. Hemos de decir que se le notaba, ¿Y ahora qué? Pues a negociar con la región lumbar. Lo primero que tiene que averiguar es qué quiere: si más atenciones o la independencia. Se sabe de regiones lumbares que han logrado la independencia provocando daños irreparables en el resto de la geografía corporal. Nuestro consejo, pues, es que negocie, y que lo haga sin trampas, con sinceridad. Desde aquí le advertimos que se trata de una región difícil de la que solo nos acordamos cuando truena.