Desfibrilador
Juan José Millás
28.10.2017 | 05:30
Estábamos un grupo de amigos hablando de enfermedades sin meternos
con nadie, cuando en la mesa de al lado le dio un infarto a un tipo de
unos cincuenta años que compartía una paella de marisco con su familia.
Una familia grande, como de diez personas, donde había abuelos, padres,
hijos y nietos. Debían de estar celebrando algo, unas bodas de plata, no
sé quizá un nacimiento, porque había un bebé. Calculé que el infartado
formaba parte del grupo de los padres, lo que no excluye la posibilidad
de que fuera también hijo. Todo el mundo dejó de comer, claro, y de
hablar de enfermedades. El dueño del restaurante dijo que tenía un
desfibrilador en la cocina, pero que no sabía cómo usarlo porque lo
había puesto hacía dos días. Lo trajo de todas formas y uno de los
comensales comenzó a aplicarle en el pecho unas descargadas eléctricas
que elevaban durante unos segundos el tórax del enfermo para luego
dejarle caer.
Entre tanto, yo
llamé a los del 112, que anunciaron su llegada inmediata, y me metí
clandestinamente en la boca una gamba porque el suceso no me había
quitado el hambre. A la cuarta descarga, el hombre comenzó a respirar y
abrió los ojos. Durante unos instantes permaneció sin saber qué hacer o
decir. Luego pidió perdón por las molestias. En ese instante, entraron
unos enfermeros con una camilla y se lo llevaron fuera, seguido de toda
la familia que se había reunido allí para celebrar unas bodas de plata o
lo que quiera que estuvieran celebrando. El dueño del restaurante se
hizo cargo del desfibrilador y dijo mostrándolo a la concurrencia:
„Ya está amortizado.
La
gente regresó a sus mesas y poco a poco se fue restableciendo la
atmósfera anterior al incidente. Mis amigos y yo continuamos hablando de
enfermedades, ahora de las relacionadas con el aparato circulatorio.
Dos de ellos tenían arritmias que sobrellevaban con entereza, aunque se
asustaban mucho cuando se manifestaban. Yo no pude añadir nada porque
del corazón estoy bien, o eso creo, aunque tomo estatinas para el
colesterol. Lo que más me sorprendió de todo fue la cara de felicidad
del dueño del restaurante al anunciar que el desfibrilador estaba
amortizado.
Un mal sueño
Juan José Millás
25.10.2017 | 05:30
Los seres humanos tenemos un lado simiesco que se manifiesta con más
virulencia cuanto más tratamos de ocultarlo. Las señoras y señores
vestidos (o disfrazados) de gala, con guerreras repletas de medallas y
pechos saturados de condecoraciones, me recuerdan a los gorilas del zoo o
a los bonobos de los documentales de La 2. Cuando yo mismo acudo a una
ceremonia cuyo protocolo me exige una vestimenta especial, veo, al
mirarme en el espejo, a un gorila con pretensiones. Por suerte para
ellos, los gorilas no tienen pretensiones. No hay entre ellos sargentos
que aspiren a llegar a tenientes ni adjuntos al director que deseen
ascender a directores adjuntos. Qué curioso, por cierto, que adjunto al
director y director adjunto no sean la misma cosa. Averigüé hace poco la
diferencia y me hizo mucha gracia. No he logrado averiguar qué fue
antes, si lo primero o lo segundo, pero estoy en ello y pronto podré
darles noticias.
El caso es
que asistí hace poco a un cóctel de gente muy condecorada y de súbito vi
a todos los que me rodeaban y a mí mismo como a un conjunto de animales
adiestrados para imitar a los seres humanos. El ser humano es el que
mejor se imita a sí mismo. Ofrece la mano mejor que el más hábil de los
perros y se coloca la servilleta en el cuello con más gracia que un
chimpancé de circo. No digo nada de la habilidad de recorrer el salón de
un extremo a otro con una copa de la que no se derrama ni una gota. Me
resultó asombrosa, una vez sentados a la mesa, la maestría con la que
manejábamos la pala de pescado y el cuchillo de la carne. El ruido de
los cubiertos sobre los platos de porcelana producía una música digna de
nosotros mismos.
Tras el
café, me levanté para acudir al baño y oriné junto a otro primate muy
erguido. Creo que a los dos nos resultaba humillante no ya evacuar, sino
tener que sujetarnos el pene para evitar desviaciones. Resultó una
experiencia alucinante, como si me hubiera tomado un ácido. Al salir a
la calle y ver a la gente en vaqueros y camiseta, pero sobre todo al
llegar a casa y cambiarme de ropa, regresé a mi condición de hombre como
el que regresa a la realidad tras un mal sueño.
Pisar la calle
Juan José Millas
23.10.2017 | 05:30
El sintagma «riesgo de pobreza» es un eufemismo. Cuando uno está en
riesgo de pobreza, es pobre. A los países pobres, de un tiempo a esta
parte, se les denomina 'emergentes'. Así andamos, dándole vueltas a las
palabras no para modificar la realidad, que es muy tozuda, sino para
cambiar nuestra relación con ella.
Un
país emergente no produce tanta lástima, ni tanta culpa, como un país
pobre. Es más, lo envidiamos por esa capacidad para brotar en un mundo
que mayormente se hunde. En España, el 28% de sus habitantes está en
«riesgo de pobreza». Más de la cuarta parte, y eso en un momento en el
que la economía, si el Gobierno no miente, va viento en popa, a toda
vela. Trece millones de personas con nombres y apellidos, y con sus dos
pulmones, y con sus dedos de las manos y los pies, y con su lengua, y su
faringe, quizá hasta con su dentadura completa, trece millones,
decíamos, sudan tinta china para llegar desde el martes al miércoles y
desde el miércoles al jueves.
Muchas de estas personas, entre las que abundan mujeres, niños y
jóvenes de ambos sexos, dependen de un hilo a punto de romperse: el de
la pensión del abuelo. Cuando la pensión del abuelo falla, el tejado se
viene abajo, de modo que al llamado eufemísticamente «riesgo de pobreza»
le sigue la pobreza severa con toda su cadena de efectos secundarios:
bronquitis mal curadas, tiña, enfermedades digestivas, hambre, frío,
pánico y exclusión social. La exclusión social significa que dejas de
formar parte del paisaje, pese a que duermas en la puerta de un
establecimiento de la Gran Vía de tu ciudad.
Cuando
voy a la radio a primera hora de la mañana del domingo, veo cantidades
notables de excluidos sociales cubiertos con cartones de embalar. Están
ahí, en el centro de la ciudad, pero fuera de ella a la vez. Resultan
simultáneamente visibles e invisibles.
Tú
mismo haces por no verlos recordando la máxima de que no hay mayor
ciego que el que no quiere ver. Pero un día llega el Eurostat, que es la
Oficina Europea de Estadística, y te proporciona las cifras macro de la
pobreza (el 28%). En porcentajes duele menos y produce menos vergüenza.
Lo malo es cuando pisas la calle y ves a los pobres uno a uno.
Estamos jodidos
Juan José Millás
21.10.2017 | 00:08
La verdad, no sé qué es el dióxido de nitrógeno, tampoco el dióxido
de azufre, pero por la radio no dejan de referirse a ambos. Por lo
visto, flotan en la atmósfera de Madrid como una basura espacial que
cuando estás dentro de ella no la ves porque ella está dentro de ti. Has
de alejarte un poco de la ciudad y subirte a una colina para apreciar
la llamada 'boina' de contaminación. Y en verdad se trata de una boina
negra, negra como los pulmones de la ciudadanía y el alma de nuestros
dirigentes. Un verdadero chapapote gaseoso que se adhiere a nuestras
vías respiratorias como el alquitrán a las rocas marinas. Supongo que no
es un problema exclusivo de Madrid, pero en esta ciudad la mierda
alcanza concentraciones de terror. Las autoridades, en casos de extrema
gravedad, prohíben circular a más de 70 por hora y aparcar en la
almendra central. Lo cierto es que estos remedios funcionan mejor para
atenuar la culpa que para aliviar la bronquitis crónica: como el que
pasa de fumar dos paquetes diarios a uno. Aquí tenemos niños que, sin
haber encendido nunca un cigarrillo, tosen ya como viejos asmáticos. Y
todo eso, como se apuntaba más arriba, sin saber qué rayos es el dióxido
de nitrógeno. Ni el dióxido de azufre. El día que entremos para
averiguarlo en la Wikipedia, nos morimos de asco.
Y
todavía, como suele decirse, no se han encendido las calefacciones. Al
parecer, los residuos de los combustibles fósiles lo empeoran todo.
Hemos conseguido tener los pies calientes a cambio de abrasarnos las
vías respiratorias. Lo de los combustibles fósiles se sabe desde años,
pero no hay talento para promocionar las energías renovables. A veces,
incluso, las despromocionamos. De hecho, este Gobierno ha arruinado a
cientos o a miles de ingenuos que en su día invirtieron en estas formas
racionales de alimentar nuestras calderas y de poner en marcha nuestras
máquinas. No nos acordamos si fue antes o después de que Rajoy
preguntara a su primo por el cambio climático, pero lo cierto es que
este otoño nos ha pillado con la guardia baja y los incendios campeando a
su antojo por Galicia y Asturias, dos de las regiones más húmedas de la
península.
¿Qué va a ser de nosotros?
Juan José Millás
16.10.2017 | 05:30
Me pregunto si el viaje hacia Internet es comparable al avance hacia
el viejo Oeste. También si la conquista de nuevos territorios digitales
implica la pérdida de los analógicos. ¿Quién será el primero en escribir
un relato fronterizo sobre la epopeya que implica atravesar los límites
del átomo para alcanzar las orillas del bit? O del Bit, con mayúsculas.
Me vienen a la memoria las crónicas de Indias, donde los descubridores
de América nos contaban el significado de vivir con un pie en un mundo
familiar y con el otro en Marte, porque América era más o menos Marte.
No nos pongamos grandilocuentes: pensemos en el descubrimiento de algo
tan insignificante como la patata. Imaginemos a uno de aquellos hombres
barbados sosteniendo entre sus manos una pieza de ese bulbo que
convertiríamos en un quita-hambres. Lo más difícil de enfrentarse a un
mundo nuevo es contarlo con un lenguaje viejo. Esa falta de
correspondencia entre el discurso y la realidad alumbró relatos que aún
hoy leemos con asombro.
Cuando
el técnico de mantenimiento viene a casa para revisar mi ordenador,
utiliza un lenguaje analógico para hacerse entender. Ayer me dijo que
había encontrado cuatro «bichos» en mi máquina. Quería decir virus, otro
término proveniente del viejo mundo. Le pedí que me explicara en
términos informáticos lo que era un virus y no lo entendí, pero me gustó
la nomenclatura. Sonaba a poema. Por un momento, sentí que me había
trasladado al universo digital. Volví al analógico de golpe, cuando me
pasó la factura. Un visionario me aseguró hace poco que las facturas
tienen los días contados porque habrá una cámara de compensación
mundial, que tendrá los datos de todos los habitantes del Planeta, donde
se efectuarán las transacciones de dinero al modo de las transferencias
actuales entre banco y banco, en las que no se mueve pasta, solo datos.
El caso es que en esta nueva
conquista del Oeste, los descubridores caen como moscas. Me cuentan que
la juguetera Toys 'r-Us está al borde de la quiebra porque no ha
comprendido el significado de Internet. Si esto le pasa a los grandes,
¿qué va a ser de usted o de mí?
Mala política
Juan José Millás
10.10.2017 | 05:30
Los días políticamente convulsos se caracterizan porque en algún
momento alguien tiene que ir a comprar el pan. Quien dice comprar el pan
dice hacer la cama o cambiar el agua al canario. Creo que cambiar el
agua al canario tiene un doble sentido, pero ahora solo me viene el de
cambiarle el agua al canario. Tuve hace años uno al que no le gustaba
abandonar la jaula, aunque le dejaras la puerta abierta. A veces él
mismo la cerraba con el pico. La realidad, sin los límites de los
barrotes, le daba vértigo. Cantaba cuando yo abría el grifo de la cocina
para fregar los cacharros. Pero volvamos a lo que íbamos: a la difícil
combinación entre la vida cotidiana y la política cuando la política
adquiere unas dimensiones exageradas. La realidad política de estos días
lo impregna todo, pero si el niño se despierta con fiebre, hay que
llamar al médico. Si con fiebre y diarrea, los padres se angustian. De
momento, no se le puede llevar al cole. ¿A quién se lo dejamos?
A tus padres, que no trabajan -dice ella.
Pero están muy mayores y se cansan –dice él.
Pues a ver qué hacemos, yo ya llegado tarde al despacho un par de veces este mes.
A
lo mejor, en ese mismo instante, Puigdemont está haciendo unas
declaraciones importantísimas, que enseguida formarán parte de la
maquinaria de la realidad. Pero las ruedas dentadas de la realidad, tan
grandes, no siempre coinciden con los diminutos engranajes de la vida
doméstica. Mientras alguien coloca una bandera en su balcón, otro
alguien está decidiendo la calidad de la madera del ataúd en el que va a
incinerar a su padre.
Este está bien. Total, lo vamos a quemar –dice él.
Pero con mi padre dentro –dice ella.
La
política debería servir para hacernos más fácil la vida cotidiana. En
otras palabras, para que, cuando vamos al supermercado, en las
estanterías del aceite esté el aceite y, en las de las legumbres, las
legumbres. Si no podemos llevarnos a casa las lentejas, mal asunto.
Mucha gente, en Cataluña, ha hecho acopio estos días de aceite y
legumbres. Por miedo al desabastecimiento. Mala política, la que produce
ese miedo.
Alguien ha jugado
Juan José Millás
09.10.2017 | 05:30
Tuve de niño un profesor que hablaba todo el rato de lo difícil que
es meter la pasta de dientes en el tubo una vez que se encuentra fuera
de él. El hombre vivía obsesionado con el asunto, que sacaba a relucir
cada dos por tres para advertirnos de que algunas decisiones no tenían
marcha atrás. La imagen era muy potente. En el cuarto de baño de mi
casa, con el pestillo puesto, llevé a cabo con la pasta dentífrica
diferentes experimentos que le daba la razón y que me costaron más de un
disgusto familiar. A partir de ahí, y por no salir del ámbito alicatado
hasta el techo, probé también a devolver a sus posiciones originales un
rollo de papel higiénico desenrollado. No resultaba tan arduo como lo
de la pasta, pero el rollo jamás quedaba igual. Retroceder, en fin, era
muy difícil en cualquier aspecto. Por eso resultaban tan fascinantes
aquellas experiencias cinematográficas en las que se proyectaba una
cinta hacia atrás. Veíamos caer y romperse una taza contra el suelo y a
continuación asistíamos al proceso contrario: los pedazos ascendían
hacia la mesa y se unían como por arte de magia hasta devolver las cosas
a su posición original.
¡Qué bueno!
Introducir
la pasta en el tubo es tan difícil como meter el miércoles en el
martes. El miércoles, una vez que ha sucedido el martes, es inevitable.
Por más que lo empujes hacia atrás, él continúa dirigiéndose
implacablemente hacia el jueves. Si el martes has cometido un crimen, el
miércoles empezarás a pagar por él. Una vez que el pollo ha salido del
cascarón no hay forma de devolverlo a su interior. Solo el cine posee
esa capacidad para volver atrás.
En
la vida no hay rebobinado, los actos y las palabras tienen
consecuencias, etc. Esto deberían saberlo, antes que nadie, los
gobernantes. Nosotros, los ciudadanos de a pie, somos gente ingenua.
Desconocemos los hilos por los que unas regiones están cosidas a otras.
Ignoramos cómo se cortan y si alguno de ellos, al manipularlo, puede
provocar una explosión de gran alcance. Sabemos poco de economía y de
política, pero el olfato nos dice que aquí se han dicho y se han hecho
cosas a las que resulta muy difícil dar marcha atrás. Alguien ha jugado
en el cuarto de baño con el tubo de la pasta de dientes y lo ha puesto
todo perdido.