Desfibrilador

28.10.2017 | 05:30
Estábamos un grupo de amigos hablando de enfermedades sin meternos con nadie, cuando en la mesa de al lado le dio un infarto a un tipo de unos cincuenta años que compartía una paella de marisco con su familia. Una familia grande, como de diez personas, donde había abuelos, padres, hijos y nietos. Debían de estar celebrando algo, unas bodas de plata, no sé quizá un nacimiento, porque había un bebé. Calculé que el infartado formaba parte del grupo de los padres, lo que no excluye la posibilidad de que fuera también hijo. Todo el mundo dejó de comer, claro, y de hablar de enfermedades. El dueño del restaurante dijo que tenía un desfibrilador en la cocina, pero que no sabía cómo usarlo porque lo había puesto hacía dos días. Lo trajo de todas formas y uno de los comensales comenzó a aplicarle en el pecho unas descargadas eléctricas que elevaban durante unos segundos el tórax del enfermo para luego dejarle caer.
Entre tanto, yo llamé a los del 112, que anunciaron su llegada inmediata, y me metí clandestinamente en la boca una gamba porque el suceso no me había quitado el hambre. A la cuarta descarga, el hombre comenzó a respirar y abrió los ojos. Durante unos instantes permaneció sin saber qué hacer o decir. Luego pidió perdón por las molestias. En ese instante, entraron unos enfermeros con una camilla y se lo llevaron fuera, seguido de toda la familia que se había reunido allí para celebrar unas bodas de plata o lo que quiera que estuvieran celebrando. El dueño del restaurante se hizo cargo del desfibrilador y dijo mostrándolo a la concurrencia:
„Ya está amortizado.
La gente regresó a sus mesas y poco a poco se fue restableciendo la atmósfera anterior al incidente. Mis amigos y yo continuamos hablando de enfermedades, ahora de las relacionadas con el aparato circulatorio. Dos de ellos tenían arritmias que sobrellevaban con entereza, aunque se asustaban mucho cuando se manifestaban. Yo no pude añadir nada porque del corazón estoy bien, o eso creo, aunque tomo estatinas para el colesterol. Lo que más me sorprendió de todo fue la cara de felicidad del dueño del restaurante al anunciar que el desfibrilador estaba amortizado.

Un mal sueño

25.10.2017 | 05:30
Los seres humanos tenemos un lado simiesco que se manifiesta con más virulencia cuanto más tratamos de ocultarlo. Las señoras y señores vestidos (o disfrazados) de gala, con guerreras repletas de medallas y pechos saturados de condecoraciones, me recuerdan a los gorilas del zoo o a los bonobos de los documentales de La 2. Cuando yo mismo acudo a una ceremonia cuyo protocolo me exige una vestimenta especial, veo, al mirarme en el espejo, a un gorila con pretensiones. Por suerte para ellos, los gorilas no tienen pretensiones. No hay entre ellos sargentos que aspiren a llegar a tenientes ni adjuntos al director que deseen ascender a directores adjuntos. Qué curioso, por cierto, que adjunto al director y director adjunto no sean la misma cosa. Averigüé hace poco la diferencia y me hizo mucha gracia. No he logrado averiguar qué fue antes, si lo primero o lo segundo, pero estoy en ello y pronto podré darles noticias.
El caso es que asistí hace poco a un cóctel de gente muy condecorada y de súbito vi a todos los que me rodeaban y a mí mismo como a un conjunto de animales adiestrados para imitar a los seres humanos. El ser humano es el que mejor se imita a sí mismo. Ofrece la mano mejor que el más hábil de los perros y se coloca la servilleta en el cuello con más gracia que un chimpancé de circo. No digo nada de la habilidad de recorrer el salón de un extremo a otro con una copa de la que no se derrama ni una gota. Me resultó asombrosa, una vez sentados a la mesa, la maestría con la que manejábamos la pala de pescado y el cuchillo de la carne. El ruido de los cubiertos sobre los platos de porcelana producía una música digna de nosotros mismos.
Tras el café, me levanté para acudir al baño y oriné junto a otro primate muy erguido. Creo que a los dos nos resultaba humillante no ya evacuar, sino tener que sujetarnos el pene para evitar desviaciones. Resultó una experiencia alucinante, como si me hubiera tomado un ácido. Al salir a la calle y ver a la gente en vaqueros y camiseta, pero sobre todo al llegar a casa y cambiarme de ropa, regresé a mi condición de hombre como el que regresa a la realidad tras un mal sueño.

Pisar la calle

23.10.2017 | 05:30
El sintagma «riesgo de pobreza» es un eufemismo. Cuando uno está en riesgo de pobreza, es pobre. A los países pobres, de un tiempo a esta parte, se les denomina 'emergentes'. Así andamos, dándole vueltas a las palabras no para modificar la realidad, que es muy tozuda, sino para cambiar nuestra relación con ella.
Un país emergente no produce tanta lástima, ni tanta culpa, como un país pobre. Es más, lo envidiamos por esa capacidad para brotar en un mundo que mayormente se hunde. En España, el 28% de sus habitantes está en «riesgo de pobreza». Más de la cuarta parte, y eso en un momento en el que la economía, si el Gobierno no miente, va viento en popa, a toda vela. Trece millones de personas con nombres y apellidos, y con sus dos pulmones, y con sus dedos de las manos y los pies, y con su lengua, y su faringe, quizá hasta con su dentadura completa, trece millones, decíamos, sudan tinta china para llegar desde el martes al miércoles y desde el miércoles al jueves.
Muchas de estas personas, entre las que abundan mujeres, niños y jóvenes de ambos sexos, dependen de un hilo a punto de romperse: el de la pensión del abuelo. Cuando la pensión del abuelo falla, el tejado se viene abajo, de modo que al llamado eufemísticamente «riesgo de pobreza» le sigue la pobreza severa con toda su cadena de efectos secundarios: bronquitis mal curadas, tiña, enfermedades digestivas, hambre, frío, pánico y exclusión social. La exclusión social significa que dejas de formar parte del paisaje, pese a que duermas en la puerta de un establecimiento de la Gran Vía de tu ciudad.
Cuando voy a la radio a primera hora de la mañana del domingo, veo cantidades notables de excluidos sociales cubiertos con cartones de embalar. Están ahí, en el centro de la ciudad, pero fuera de ella a la vez. Resultan simultáneamente visibles e invisibles.
Tú mismo haces por no verlos recordando la máxima de que no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Pero un día llega el Eurostat, que es la Oficina Europea de Estadística, y te proporciona las cifras macro de la pobreza (el 28%). En porcentajes duele menos y produce menos vergüenza. Lo malo es cuando pisas la calle y ves a los pobres uno a uno.

Estamos jodidos

21.10.2017 | 00:08
La verdad, no sé qué es el dióxido de nitrógeno, tampoco el dióxido de azufre, pero por la radio no dejan de referirse a ambos. Por lo visto, flotan en la atmósfera de Madrid como una basura espacial que cuando estás dentro de ella no la ves porque ella está dentro de ti. Has de alejarte un poco de la ciudad y subirte a una colina para apreciar la llamada 'boina' de contaminación. Y en verdad se trata de una boina negra, negra como los pulmones de la ciudadanía y el alma de nuestros dirigentes. Un verdadero chapapote gaseoso que se adhiere a nuestras vías respiratorias como el alquitrán a las rocas marinas. Supongo que no es un problema exclusivo de Madrid, pero en esta ciudad la mierda alcanza concentraciones de terror. Las autoridades, en casos de extrema gravedad, prohíben circular a más de 70 por hora y aparcar en la almendra central. Lo cierto es que estos remedios funcionan mejor para atenuar la culpa que para aliviar la bronquitis crónica: como el que pasa de fumar dos paquetes diarios a uno. Aquí tenemos niños que, sin haber encendido nunca un cigarrillo, tosen ya como viejos asmáticos. Y todo eso, como se apuntaba más arriba, sin saber qué rayos es el dióxido de nitrógeno. Ni el dióxido de azufre. El día que entremos para averiguarlo en la Wikipedia, nos morimos de asco.
Y todavía, como suele decirse, no se han encendido las calefacciones. Al parecer, los residuos de los combustibles fósiles lo empeoran todo. Hemos conseguido tener los pies calientes a cambio de abrasarnos las vías respiratorias. Lo de los combustibles fósiles se sabe desde años, pero no hay talento para promocionar las energías renovables. A veces, incluso, las despromocionamos. De hecho, este Gobierno ha arruinado a cientos o a miles de ingenuos que en su día invirtieron en estas formas racionales de alimentar nuestras calderas y de poner en marcha nuestras máquinas. No nos acordamos si fue antes o después de que Rajoy preguntara a su primo por el cambio climático, pero lo cierto es que este otoño nos ha pillado con la guardia baja y los incendios campeando a su antojo por Galicia y Asturias, dos de las regiones más húmedas de la península.

¿Qué va a ser de nosotros?

16.10.2017 | 05:30
Me pregunto si el viaje hacia Internet es comparable al avance hacia el viejo Oeste. También si la conquista de nuevos territorios digitales implica la pérdida de los analógicos. ¿Quién será el primero en escribir un relato fronterizo sobre la epopeya que implica atravesar los límites del átomo para alcanzar las orillas del bit? O del Bit, con mayúsculas. Me vienen a la memoria las crónicas de Indias, donde los descubridores de América nos contaban el significado de vivir con un pie en un mundo familiar y con el otro en Marte, porque América era más o menos Marte. No nos pongamos grandilocuentes: pensemos en el descubrimiento de algo tan insignificante como la patata. Imaginemos a uno de aquellos hombres barbados sosteniendo entre sus manos una pieza de ese bulbo que convertiríamos en un quita-hambres. Lo más difícil de enfrentarse a un mundo nuevo es contarlo con un lenguaje viejo. Esa falta de correspondencia entre el discurso y la realidad alumbró relatos que aún hoy leemos con asombro.

Cuando el técnico de mantenimiento viene a casa para revisar mi ordenador, utiliza un lenguaje analógico para hacerse entender. Ayer me dijo que había encontrado cuatro «bichos» en mi máquina. Quería decir virus, otro término proveniente del viejo mundo. Le pedí que me explicara en términos informáticos lo que era un virus y no lo entendí, pero me gustó la nomenclatura. Sonaba a poema. Por un momento, sentí que me había trasladado al universo digital. Volví al analógico de golpe, cuando me pasó la factura. Un visionario me aseguró hace poco que las facturas tienen los días contados porque habrá una cámara de compensación mundial, que tendrá los datos de todos los habitantes del Planeta, donde se efectuarán las transacciones de dinero al modo de las transferencias actuales entre banco y banco, en las que no se mueve pasta, solo datos.
El caso es que en esta nueva conquista del Oeste, los descubridores caen como moscas. Me cuentan que la juguetera Toys 'r-Us está al borde de la quiebra porque no ha comprendido el significado de Internet. Si esto le pasa a los grandes, ¿qué va a ser de usted o de mí?

Mala política

10.10.2017 | 05:30
Los días políticamente convulsos se caracterizan porque en algún momento alguien tiene que ir a comprar el pan. Quien dice comprar el pan dice hacer la cama o cambiar el agua al canario. Creo que cambiar el agua al canario tiene un doble sentido, pero ahora solo me viene el de cambiarle el agua al canario. Tuve hace años uno al que no le gustaba abandonar la jaula, aunque le dejaras la puerta abierta. A veces él mismo la cerraba con el pico. La realidad, sin los límites de los barrotes, le daba vértigo. Cantaba cuando yo abría el grifo de la cocina para fregar los cacharros. Pero volvamos a lo que íbamos: a la difícil combinación entre la vida cotidiana y la política cuando la política adquiere unas dimensiones exageradas. La realidad política de estos días lo impregna todo, pero si el niño se despierta con fiebre, hay que llamar al médico. Si con fiebre y diarrea, los padres se angustian. De momento, no se le puede llevar al cole. ¿A quién se lo dejamos?
A tus padres, que no trabajan -dice ella.
Pero están muy mayores y se cansan –dice él.
Pues a ver qué hacemos, yo ya llegado tarde al despacho un par de veces este mes.
A lo mejor, en ese mismo instante, Puigdemont está haciendo unas declaraciones importantísimas, que enseguida formarán parte de la maquinaria de la realidad. Pero las ruedas dentadas de la realidad, tan grandes, no siempre coinciden con los diminutos engranajes de la vida doméstica. Mientras alguien coloca una bandera en su balcón, otro alguien está decidiendo la calidad de la madera del ataúd en el que va a incinerar a su padre.
Este está bien. Total, lo vamos a quemar –dice él.
Pero con mi padre dentro –dice ella.
La política debería servir para hacernos más fácil la vida cotidiana. En otras palabras, para que, cuando vamos al supermercado, en las estanterías del aceite esté el aceite y, en las de las legumbres, las legumbres. Si no podemos llevarnos a casa las lentejas, mal asunto. Mucha gente, en Cataluña, ha hecho acopio estos días de aceite y legumbres. Por miedo al desabastecimiento. Mala política, la que produce ese miedo.

Alguien ha jugado

09.10.2017 | 05:30
Tuve de niño un profesor que hablaba todo el rato de lo difícil que es meter la pasta de dientes en el tubo una vez que se encuentra fuera de él. El hombre vivía obsesionado con el asunto, que sacaba a relucir cada dos por tres para advertirnos de que algunas decisiones no tenían marcha atrás. La imagen era muy potente. En el cuarto de baño de mi casa, con el pestillo puesto, llevé a cabo con la pasta dentífrica diferentes experimentos que le daba la razón y que me costaron más de un disgusto familiar. A partir de ahí, y por no salir del ámbito alicatado hasta el techo, probé también a devolver a sus posiciones originales un rollo de papel higiénico desenrollado. No resultaba tan arduo como lo de la pasta, pero el rollo jamás quedaba igual. Retroceder, en fin, era muy difícil en cualquier aspecto. Por eso resultaban tan fascinantes aquellas experiencias cinematográficas en las que se proyectaba una cinta hacia atrás. Veíamos caer y romperse una taza contra el suelo y a continuación asistíamos al proceso contrario: los pedazos ascendían hacia la mesa y se unían como por arte de magia hasta devolver las cosas a su posición original.
¡Qué bueno!
Introducir la pasta en el tubo es tan difícil como meter el miércoles en el martes. El miércoles, una vez que ha sucedido el martes, es inevitable. Por más que lo empujes hacia atrás, él continúa dirigiéndose implacablemente hacia el jueves. Si el martes has cometido un crimen, el miércoles empezarás a pagar por él. Una vez que el pollo ha salido del cascarón no hay forma de devolverlo a su interior. Solo el cine posee esa capacidad para volver atrás.

En la vida no hay rebobinado, los actos y las palabras tienen consecuencias, etc. Esto deberían saberlo, antes que nadie, los gobernantes. Nosotros, los ciudadanos de a pie, somos gente ingenua. Desconocemos los hilos por los que unas regiones están cosidas a otras. Ignoramos cómo se cortan y si alguno de ellos, al manipularlo, puede provocar una explosión de gran alcance. Sabemos poco de economía y de política, pero el olfato nos dice que aquí se han dicho y se han hecho cosas a las que resulta muy difícil dar marcha atrás. Alguien ha jugado en el cuarto de baño con el tubo de la pasta de dientes y lo ha puesto todo perdido.